Los recuerdos del pueblo con mamá de testigo

Por Trifonia Melibea

La lluvia había caído el día anterior a la manera de la naturaleza encolerizada. Recuerdo un ruido fragoso alimentando nuestro tejado cubierto de chapas de cinc y la abuela, con el puño en alto, diciendo, ¡lluvia de piedras, menos mal que tu bisabuelo, nietecita, fue emancipado en la época de los mitangan, los blancos! Qué sordera, la del pueblo, y de las niñas especialmente. La cuarentena sabe de soledad. Bajamos al campo de fútbol desoyendo el griterío adulto fundamentado en el miedo a la lluvia de piedras. Era la costumbre de honrar al dios de la terquedad. Y es que llegar al estadio aldeano, colindante con el río y de pie, caminando, sin un resbalón de cabeza, descalificaba el honor de cualquier niña. ¡Al suelo! En grupo, primero lanzábamos cuesta abajo los cubos de cargar el agua de pulcritud hogareña, para luego, excitarnos con testarudez adolescente, esta que hace sentir la adrenalina en el cerebro. A la una, a las dos, a las tres. ¡Ya! El grito de “niñas a competir” todavía suena en mi cabeza de mujer adulta en una época de adaptación forzosa: por primera vez tengo que encerrarme en una vivienda por temor a la muerte después de haber asimilado en la catequesis de los mitangan y en la tradición fang que Dios y la muerte están en todas partes.

Estoy en casa. Supongo. ¿En qué parte de la casa me encuentro ahora que te hablo, madre? No lo sé. Me encuentro, quizás, en el salón, tirada en el sofá, con el mando del televisor aburrido en mis manos. Son las trece horas. He comido cinco veces, ¿seis? ¿ninguna? Hablamos mañana. Quiero mear. Echo de menos la libertad. Me desnucará la incertidumbre antes que el coronavirus.

No entiendo, mamá, que una persona extrañe el despojo de las libertades siendo guineoecuatoriana cuando nunca la hemos abrazado. Por eso envidio a los militares y policías, los binchuma. Se han amoldado muy bien al cuartelillo impuesto por el COVID-19 y anteriormente por el generalísimo negro. ¿Sabías que el coronavirus se propaga de noche, exclusivamente? Pues sí, madre. Te lo digo porque el confinamiento se impone a partir de las cinco de la tarde en la ciudad de Malabo, perdona, miento, el cierre de las carreteras, el aislamiento no. Te lo cuento porque una norma de y para los pobres está vigente, no está vigente, vete tú a saber. Y sirve para requerir autorización especial de circulación expedido por el Ministerio de Seguridad, ¿Defensa, Presidencia?, a los vehículos privados, en un país especial amable con la paria como Guinea Ecuatorial, y de normas aplicables de manera exclusiva a las personas que no tienen a quién llamar por teléfono, y cuyas lenguas no pueden lanzar “quién intimida a quién”.

A los binchima, madre, sí, los hemos visto sin cuarentena y muchas veces a oscuras en la ciudad del petróleo, Malabo, Elon Mengazing. Malabo es la urbe de farolas liquidadas no en los barrios de residencia burguesa (El Paraíso, Pequeña España, Banapá, Pérez…) y avenidas que le interesan a la ciudad de la Unión Africana. Es la metrópoli de alcantarillado mistificado y olores a cementerio de Elá Nguema, que, en el último mes, congosá, ¡tori!, frecuenta más de lo habitual a personas muertas de enfermedades que largamente venían padeciendo desde que el coronavirus llegara a nuestras vidas sin avisar, igual que el después de la independencia con los nuevos dueños de África amigos políticos de los mitangan y de los negros blanqueados de mente y piel. No digas que te lo he contado yo, madre. Estas cosas se pagan aquí con una acusación de “alta traición a la humilde persona habitada muy en el fondo del generalísimo negro”, como en la época del canto del gallo pegado a la pared, como en el período del silencio alargado desde acá hasta la aldea de mi infancia. Recuerdo mis caídas frecuentes con el cubo de agua en la cabeza, y mi hermana pequeña ataviada en la espalda de niña africana normalizada, más la obediencia obligada a las personas mayores sentadas en la Casa de la Palabra de los Hombres sin otra ocupación salvo el charloteo sobre planes fallidos de poletique y el comer, comer y comer. Yo comía con el silencio. Odio la cuarentena.

A diario, madre, en Malabo, tropezamos con los binchima no acuarentenados, cobrando dinero de vehículos sin autorización de “arriba”; dejando circular los vehículos de “arriba” sin funciones estipuladas en la crisis del COVID-19; llevándose dinero de los taxistas, de varones expulsados del mercado laboral por la crisis del ladrillo y gracias a los recortes capitalistas afectos a la crisis del petróleo. Te cuento, madre, de señores cuyas familias esperan comer al día solo si papá sale ileso de los nambulanos AK-47 Kalashnikov.

No me gusta la sesentena, madre, así define este encierro forzado un buen amigo de las letras. Ya sabes que el mundo del arte está formado por personas que nacen y se conservan libres, y nambula aparte, hacen con sus vidas lo mismo que las niñas de la aldea. Así lo recuerdo cuando era pequeña, sin cuarentena, todas las niñas jugando bajo el sol del ecuador, en medio del polvo y con los cuerpos cubiertos de braguitas atadas con una goma. Fui feliz alguna vez, pero ahora, madre, me he metido en el baño para echarme agua para todos (garantía de una candidiasis vaginal) en el cuerpo. No puedo, un corte de luz. Se produce un bullicio en los hogares del barrio: la infancia se ha quedado sin dibujos animados y series para adolescentes.   Los rostros de mamá y papá se parecen a un enchima en busca de autoridad sin un arma que lo legitime.

Echo de menos el pueblo. No lo sabes tú, madre, porque cuando yo era pequeña, sin cuarentena, en ausencia del mundo adulto tragado por el bosque fang, la Casa de la Palabra de los Hombres y los ríos enormes de puentes construidos por Epang papá Masié y Epang mitangan, además de comer yuca con picante molido, hacer el amor conmigo misma y fumar con hojas de papaya, aprendimos las niñas a competir y ganar jugando al arrastre trasero.

¡Arrastre trasero! Todas sentadas en el pico de la cuesta, al suelo y en fila; los pies rectos, mirada en línea recta según los contrastes del camino hacia la caída; los traseros cubiertos de solo braguitas, en otras ocasiones de pantalones arratonados. ¡Allí va! Bajábamos de remate a un destino que terminaba a veces con los huesos dislocados, tobillos desalmados, la cabeza golpeada en alguna parte, heces fecales de animales salvajes saltadas a los ojos o la boca, oídos cerrados a los chillidos de la naturaleza castigada por los cataclismos. Mamá, cómo estás. Yo no estoy bien. Echo de menos el pepesup malabeño en los fines de semana. Estoy bien, miento. Ya no me visitan familiares a lo guineano, sin cita previa, y a la hora que fuere, obligándome a comprar alcohol y no la comida para ell@s, ahora que Guinea no fabrica medicinas, pero sí cervezas de marca bine caché. Una caja de veinticuatro envases no alcanza los cinco mil francos cefas: la emergencia de nuestra economía es la envidia de las naciones vecinas y de los países de los mitangan, estos neocolonialistas. Ayer lo dijo el generalísimo negro, hablaba como el nkúkúmá, jefe de la tribu.

Extraño el pueblo, el bosque fang, la libertad de bañarme desnuda en el río caudaloso de peces venenosos sin cuarentena. Me acuerdo de las orgías entre adolescentes desvirtuando las normas asignadas por la Casa de la Palabra de los Hombres, una vivienda malherida, de intrigas eternas de poletique a lo guineano sin pozos de agua en la aldea excepto los fabricados con ayuda de los mitangan. Mamá, la ciudad de Malabo en pleno confinamiento o lo que quiera que se haya impuesto acá, se parece a un envuelto de calabazas y cacahuetes enjaulados en el coche de marca Prado propiedad del sacerdote de nuestra comarca, un regalo imprescindible en las fiestas de guardar y también las de no guardar, y condición, explicó el reverendo en una homilía, de acceso a miles de oportunidades que solo el Vaticano sabe imponer acá, tierra que transita como Pedro por su casa. Y condición, especialmente, de que las mujeres adquieran el derecho de alquilar un trozo de terreno en el cielo propiedad de un dios que yo rezaba en la infancia y hoy, madre, en serio, estoy orgullosa de haber robado en la adolescencia precoz y para comprar chicles, caramelos, malamba, banga y topé, el dinero del ofertorio depositado en la escudilla. En cuarentena no puedo robar. No se puede ser guineoecuatoriana y no robar: en breve perderé la nacionalidad.

La cuarentena y mi memoria. Me acuerdo de mí y de amigas adolescentes en medio de la iglesia, escudilla en mano, vestidas de Virgen María. ¡Qué pintas de indigentes!, grita hoy mi mente de una mujer que habla mucho y mal. Entre un asiento y otro, cada fiel extendía la mano, lanzaba una moneda en medio de la escudilla y nosotras, sonrientes con disimulo, elaborábamos planes de poletique con un dinero que al sacerdote no le hacía falta pero que se llevaba en su vehículo de marca Prado.

Las niñas, lo recuerdo muy bien, disfrutábamos los domingos de encanto con la ofrenda de las monedas. Comprábamos buñuelos de vez en cuando y nunca sobornamos a los chicos para que se callaran porque nadie se iba a creer que un grupo de niñas, todas nenazas oficialmente, debiluchas por ser niñas y sin antecedentes de terquedad conocidos, se robarían el dinero que a nuestro pueblo le llevaría al cielo por mediación vaticanista.

El sacerdote del Prado, cómo es que no te acuerdas, madre. Tranquila, la cuarentena trastorna la memoria, tuya, mía y la del mundo. Me refiero al clérigo amigo de los binchima, el que fue amante de la tía Guapa. ¿Sí? Escucha. El hombre que repetía en las homilías que el gobierno es el Dios de la tierra (ngoman éñe ané nzama ye asi, edjue ede ené nzama é si), y que en el río grande de peces venenosos, una vez lavando su ropa, encontramos un AK-47 Kalashnikov envuelto en un vestido blanco y muy largo con el que bailaba buti en los fines de semana y de noche, en compañía del gobernador provincial y de varios ministros que salían de Bata y Elon Mengazing para danzar en lo mismo a fin de garantizarse la permanencia en el gobierno del generalísimo negro. Me refiero al gobierno que antes le perteneció al gallo colgado en la pared, luego a los mitangan, mucho antes de que García Lorca creara Guinea Ecuatorial, muchísimo antes de que brotara la cerveza bine caché como resultado de nuestra economía emergente.

Cosas del sacerdote aparte, madre, recuerdo que la lluvia de piedras había caído el día anterior y mientras el mundo adulto colocaba los bidones para reservar el agua por el bien de los hogares, nosotras, cumplimos el pacto de huida de nombre “lluvia igual a futbol de chicas”. Llegamos al campo de futbol, mandatos de la tradición, jugando al arrastre trasero con mucha suerte, hasta que regresé a casa y perdí la suerte. ¡Papá! Echo de menos el pueblo, madre, a padre, tu marido, no le extraño.

Los melongazos de papá a mi culito de niña desobediente (muan á moló) esperaron el regreso. El castigo para la ocasión, nada que ver con el pasado de manos tendidas en medio del patio, de rodillas, piedras enormes de descanso en las palmas de mis manos. Tampoco tuve ocasión de ser juzgada como la última vez, mi hermana mayor, cuando el gobernador de visita a la aldea, desapareció ella de la cama con ingredientes desobedeciendo lo dicho: el gobierno es el Dios de la tierra. Por eso, la llegada de las autoridades (políticas, religiosas y militares), que, según la abuela de dientes caídos por la edad, los golpes del abuelo y la comida caliente, no se diferenciaban en nada más que en la ropa de marca que cubría sus cuerpos, el pueblo les esperaba con animales domésticos de regalo, alimentos naturales sacrificados, comida recién brotada de la olla, toda la población aldeana cantando y bailando al son de la locura, al menos una mujer (adolescente) esperando en la cama seleccionada por la autoridad de turno después de que el nkúkúmá le presentara todas las ofertas femeninas disponibles en la localidad. Mi hermana huyó al bosque: dos días de humillación patriótica, decretó el gobierno de la provincia.

Los melongazos de papá a mi culito de muan á moló por haberme ido a jugar al fútbol en medio de una lluvia de piedras tomaron otra forma. Echo de menos a tu marido en la cuarentena. Esta vez no circularon los regalos de papá por todo el cuerpo hasta el retablo del maestro: las uñas de mis pies carcomidas por las niguas. Recuerda, madre, que, en el pueblo, el estudiantado sabía de la mano suelta del educador a todas horas, quien llegó, como otros funcionarios, sin conocer nuestros nombres ni su salario. Anda si lo sabes tú, mamá, porque la sesentena se parece al educador, melongo en mano, castigando mis uñas alquiladas por insectos crueles, como si fuera culpa mía y no de los mitangan. En serio, como si fuera culpa del generalísimo negro y no de los mitangan la gestión del COVID-19 realizada a la manera de la patria profunda. Echo de menos la lluvia de piedras.

El agua de lluvia a la familia le ofertaba mi cuerpo con la fiebre alta, escalofríos, y una visita al puesto de salud de la medicina blanca. Mamá había prohibido con un discurso de dos horas diarias que mi organismo se acercara al agua de lluvia. Papá no hablaba, nunca, de hecho, en privado le apodamos enchima, militar, policía, que acá son la misma cosa. Su voz sonaba a luz eléctrica marchada sin avisar, al chillido de un elefante, al golpe tropezado en la cabeza en forma de coscorrón, a las golpizas del melongo cobijado con una tranquilidad preocupante en el cielorraso de la Casa de la Palabra de los Hombres, Abá be Fam.

El día del encierro permanente llegó a Malabo, la cuarentena, y a la aldea en el pasado, qué recuerdos, con el educador de visita para quedarse, las niñas entramos en la sesentena, sin el juego al arrastre trasero. Padre ya no me castigó por muan á moló. No fue culpa mía lo del pueblo, hoy lo sé, entonces no. Y mamá, por favor, no discutas esta versión de la historia porque las niñas dejamos de jugar para asesorar al educador en labores hogareñas. Aquella fue mi primera cuarentena.

Recuerda, sí, madre, que al educador lo adoraba el pueblo como el mes de mayo a la Virgen María entronizada en la sala de clase, en la iglesia del pueblo, en el salón de la casa, en mi habitación, obra tuya. ¡Qué infancia la mía! A partir de entonces, supongo, surgió mi amor a la deshonesta idea de hablar mucho y mal.

El pueblo amó al maestro sin permiso de las niñas encargadas de hacerle la cama, la comida, los suelos, las babas cuando se emborrachaba, etc. La cuarentena se parece al maestro, al sacerdote de ofertorios, a mi padre persiguiendo mi culito de niña muan a moló con el melongo.

Y en los viernes llevábamos a la escuela el mercado, alimentos enviados por las mamás a fin de que no se marchara el pobre hombre que Elon Mengazing le empaquetó a la aldea sin apenas un bolso viejo poblado de calzoncillos.

La Casa de la Palabra de los Hombres murmuró, gritó. Los varones jóvenes construyeron una casa para el maestro, que no tenía; la aldea buscó una novia para él, la soltera más guapa del pueblo, más las niñas que a lo largo de la jornada escolar disfrutaba. La cuarentena se parece al educador de mi pueblo.

El maestro lo tuvo todo, madre. Yo lo perdí todo en la cuarentena. Recuerda que las mujeres hablaban de ello. La cuarentena no tiene nada más que el agobio, el estrés, las ganas de matar a alguien, el desprecio a los planes de poletique sin brujería negra ni blanca, el vació del nkúkúmá tragado por la selva fang.

En la Casa de la Palabra de los Hombres tomó un asiento, inamovible, el maestro. La cuarentena se está cargando nuestro país o lo que quiera que sea eso que se parece a un país.

En la iglesia, el maestro, como la cuarentena, se sentaba a la derecha, con el sacerdote del Prado en el centro, la parte del mundo que, a los hombres, sermones del obispo, les pertenecía, y que las niñas, inconscientes, ocupábamos cargando a alguna hermanita, hasta que la mirada adulta en forma de lluvia de piedras nos conducía a la izquierda, el lugar de la paria.

La cuarentena, el encierro permanente, ha tomado de la mano el canto de los grillos. Se parece al regreso de los búhos a las viviendas, animales de invitación a la brujería. No se parece en nada al bosque fang, a mi infancia de juegos con el mundo adulto. Madre, me gustaría regresar a la aldea hasta que se marche el COVID-19, pero no puedo. Y menos mal que tuve una niñez guerrera con un padre azotador y una madre que le rezaba siempre a un dios que nunca conocí. Y menos mal que el maestro, en la aldea, bautizó mi mente en las golpizas, en el canto al generalísimo negro sin razón aparente y en el silencio. Las niñas con los juegos nos iniciamos en el olor a la muerte porque las muertes, siempre de brujería, se llamaban nadie, los entierros y la pesadilla.

Una infancia de verlo todo ayuda, sabes, mamá, a no morirse en Malabo, la ciudad que culpabiliza a las personas pobres de ser pobres.

Cada mañana y todos los días, juego al arrastre trasero. Las niñas desde lo alto de la montaña nos lanzábamos hasta la caída sin testigos de supervivencia. La vida diaria, acá, madre, vale lo mismo que el olor al cementerio de Elá Nguema. El estado y las vidas humanas funcionan sobre la marcha, la previsión de lo que puede pasar depende de la persona que aguarda el AK-47 Kalashnikov, el bailarín de buti, el clérigo al volante de un Prado.

Mamá, sabes muy bien que la cuarentena no tiene sentido si la muerte convive con la muerte porque antes de que llegara el coronavirus, la muerte vivía aquí. La cuarentena tendría sentido si ayudara a pensar en el cambio, lo que significaría en este país ideado por los mitangan y que los negros tomaron y cuidan como Guinea Ecuatorial la salud humana, pedirle al Dios de los mitangan que exista. Sigo colgada por mis recuerdos del pueblo con mamá de testigo.

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