Hoy, 31 de julio, estaba anunciada mi conferencia en el llamado «Centro Cultural Ecuatoguineano». El tema era «África desde Europa»: nada que ver con Guinea Ecuatorial y su Gobierno, no hay una sola mención a esa satrapía en un texto de 18 folios, unos 50 minutos de lectura. Cuando me la propusieron los jóvenes activistas de SOMOS + SOCIEDAD CIVIL cuatro meses atrás, no encontré razón alguna para negarme, porque llevo hablando 40 años en foros e instituciones de medio mundo, excepto en mi propio país. Conociendo el percal, les pregunté si su iniciativa no acarrearía serias consecuencias negativas para ellos; sé, como cualquier compatriota u observador extranjero, que sufren a diario el hostigamiento de un régimen anclado en la Edad Media, incapaz de organizar la convivencia para adecuarse a lo que es normal en el resto del mundo en este S. XXI. Con el coraje que les caracteriza, me dijeron que estaban decididos a llevar a cabo la iniciativa. Llegado el día, cuantos han intentado conectarse, incluido yo mismo, nos hemos encontrado con las comunicaciones bloqueadas. Imposible conectar con Malabo por Zoom y demás medios difundidos. Media hora después de la hora prevista, recibo la primera notificación de la suspensión del acto. Poco después, la nota oficial comunicando que el «Centro Cultural» permanecerá cerrado «para el domingo (30)» y «reabrirá sus puertas el miércoles día 2». Motivo: «obras que se realizarán en esta institución cultural tanto en el tejado y en muchas de las salas, para ofrecer una buena comodidad a los usuarios y turistas que nos visitan a diario». Pero anoche estuve en contacto con los organizadores, que viven en Malabo, y desconocían tal disposición. Todo parecía seguir su curso a lo largo de la mañana de hoy. Pero minutos antes del inicio, habían cerrado las puertas de la «institución cultural» y pegado el referido «comunicado», fechado el… 26 de julio. Al pedir explicaciones sobre tan insólito proceder, la respuesta recibida fue que se les había «olvidado» advertirles. ¿Cabe mayor torpeza? Puestos a censurar y reprimir, cabría esperar una cierta finura, alguna excusa menos burda. Pero no saben hacer ni eso, clara muestra de que su cerebro no da para más.
Al parecer, con rabia comprensible ante tamaño atropello a la libertad de expresión, el ciudadano Joaquín Eló, más conocido como PAYSA ELÓ AYETO, dio un golpe contra la puerta y rompió un cristal. A la hora de publicar este suelto, permanece detenido, primero en dependencias policiales, luego llevado al tétrico penal de «Black Beach», de infausta memoria. Según mis noticias, pretenden evaluar los daños causados y hacérselos pagar. Mientras dure el proceso -el tiempo que quieran sus carceleros- seguirá preso.
¿Qué esperan que digamos ante estos hechos deleznables? Sólo dos cosas: primera, que han perdido una ocasión única de hacer creer al mundo que algo cambia, que avanzan las libertades, que son sensibles al clamor de los ciudadanos y de la comunidad internacional; y segunda, que nos llenan de razones a quienes venimos sosteniendo desde hace años que ninguna presión «diplomática» alterará la naturaleza despótica de un régimen que sólo es continuación del impuesto hace 55 años por la tiranía sanguinaria de Francisco Macías, de la que son herederos genuinos. ¿Alguien nos reprochará que no nos callemos, que nos opongamos con fuerza, la fuerza de la palabra, a su perpetuación, según pretenden? ¿Quién les creerá cuando cometen tropelías y arbitrariedades como la de hoy ante medio mundo, pues iba a conectarse gente de cuatro de los cinco Continentes, según me consta? Ante hechos palmarios como éstos, parece razonable dudar de la capacidad mental de supuestos dirigentes de una Nación que a diario exhiben su incapacidad para dirigir nada.

No lo siento por mí, pues con sus obras refuerzan mi posición. Digámoslo de nuevo con claridad: tenemos razón. Pero me duele Guinea. Y me duelen los guineoecuatorianos condenados a soportar más de medio siglo de represión e ignorancia, obligados a malvivir en esta tristísima época en que un rebaño de ciegos es conducido por un puñado de locos. (La frase no es mía: parafraseo a William Shakespeare, en «El Rey Lear»).
Donato Ndong