Gritan, abuchean, alzan los brazos. Casi dos centenares de niños se afanan por conseguir su plato de pasta, a unos cientos de metros del campamento militar cuyos arsenales explotaron el 7 de marzo, matando a 107 personas y devastando Bata, la capital económica de Guinea Ecuatorial.
Hacinados bajo una tienda de campaña en medio de un calor sofocante, algunos niños lloran, otros se pelean en medio de una gran algarabía. Alguno cuida de su hermano pequeño, otro lleva a los bebés en brazos, y hay quien se deja llevar tranquilamente por la corriente, con el objetivo de llegar ante la exigua barrera de madera y, por fin, coger lo que espera con ansia: la comida diaria que le entregan los voluntarios de la ONG española Remar.
Desde las fortísimas explosiones que, según un informe oficial, causaron 107 muertos y 615 heridos, esta asociación española ha estado ayudando a la población local, proporcionando cada día a las víctimas más de 500 comidas calientes.
La sede de esta asociación cristiana, situada a casi 300 metros del campamento militar arrasado por las explosiones, no salió indemne de las explosiones. Las chapas del techo se derrumbaron y las ventanas han saltado por los aires. Por ello, la distribución se realiza debajo de unas carpas en el patio del establecimiento.
– «No tenemos nada» –
«Vengo porque tengo hambre» dice Justo Ela, de dos años, que ha llegado con varios de sus hermanos. Los niños están en primera línea. Un poco más allá, los adultos, principalmente mujeres y algunos ancianos, esperan pacientemente su turno.
«Remar nos salva del hambre, no tenemos nada y nos dan comida«, agradece Blandina Eva, una chica de 16 años.
En Bata viven unos 800.000 de los 1,4 millones de habitantes de este pequeño país centroafricano rico en petróleo y gas, pero donde la gran mayoría de la población vive por debajo del umbral de la pobreza.
A muchos de los afectados no les queda nada. Y abandonaron rápidamente los refugios temporales, principalmente escuelas y colegios, abiertos por el clero inmediatamente después de la tragedia, donde todo era insuficiente según los testigos, para alojar a sus familiares o regresar al pueblo.
Los beneficiarios de la ONG Remar, creada en 1982 para ayudar a los más vulnerables, ya vivían en condiciones precarias antes del desastre. Perdieron lo poco que tenían en la explosión.
«No hemos recibido ninguna ayuda desde las explosiones. Por suerte Remar nos distribuye alimentos porque no nos queda nada en nuestras casas«, dijo Felicidad Obono, de 46 años.
– Gran precariedad –
«Intentamos ayudar, distribuimos todos los días a mediodía entre quinientas y seiscientas comidas a la gente, que viene cada vez más«, explica a la AFP Rufino Dyombe, voluntario de la asociación.
El gobierno dijo que había liberado 10.000 millones de francos CFA, unos 15 millones de euros, para las víctimas, pero los damnificados que acuden a Remar en busca de alimentos dicen que no han recibido nada.
En la calle, las casas están destruidas, muchos habitantes de Bata han abandonado la ciudad. Los que se han quedado intentan reanudar su vida anterior, pero a menudo no pueden volver a sus casas cuyos muros amenazan con derrumbarse, cuando no están ya en el suelo. Las obras son demasiado cara para los hogares modestos.
A unos 300 metros, un retén policial controla la entrada y la salida del recinto militar, que fue literalmente arrasado por la explosión. Las palas siguen retirando los escombros.
El presidente Teodoro Obiang Nguema, que gobierna Guinea Ecuatorial con mano de hierro desde hace casi 42 años, había puesto en marcha una investigación, alegando que el incendio fue provocado por un fuego mal controlado por un agricultor cercano a los depósitos de explosivos y municiones.
También acusó a los militares a cargo del campo de «negligencia» por almacenar tantos explosivos en medio de zonas residenciales sin protección ni vigilancia.
Agence France Presse