Me había dedicado una sonrisa que, no era muy habitual en él,
fue tan dolorosa…;
igual que los rayos del sol.
Me dolió enormemente el alma;
y mi corazón sangrando y pesado…
No entendía nada.
No pude descifrar el enigma de ése mensaje.
Tan difícil era […]
Que, lastimaron mis preciosos ojos.
Seguí observandole, atentamente,
intentando traducir en cristiano su lenguaje no verbal;
lo intenté…
Prometo que lo hice.
¡Nada!
Me di cuenta que, me hacía falta
un traductor, esos que describen, y traducen, inclusive la melancolía no vista, pero, vista de ver, y no de sentir.
Porque a veces los sentimientos nos juegan una mala pasada.
Me pregunté. ¿Qué quiere decirme?
¿Qué quiere trasmitirme?
Respondí enojada
¡No sé qué es!
Pero, no muy bueno, supongo.
A veces, él, es como un iceberg,
una pregunta en el aire,
sin respuesta ninguna.
Aquella emoción tan indebida, insostenida y consentida, me volvió confusa otra vez,
otra maldita vez.
Sin embargo, ahí estaba yo.
Pintando un mundo de colores alegres;
cuando en verdad, era una muerte lenta, dolorosa y aceptada.
Me dolía profundamente esa muerte que, había llegado sin mi consentimiento; porque en verdad,
no lo había llamado.
¿Por qué a mí?
Me hice ésa pregunta una y mil veces.
las respuestas me venían como misiles destruyendo y sin miramiento,
Aquello que había construido.