Por BK
Un vigía del clan suricato, los mejores centinelas de la región, desde la cúspide de la república de su montículo se irguió, lanzó un chirrido de alarma cuyo eco alcanzó los confines de la sabana.
El herpestidae acababa de ver moverse al rey de la sabana en dirección a su parroquia.
Avanzaba la tarde cuando el león salía a dar un paseo mientras el leopardo disfrutaba de una placentera siesta.
Y aunque le llegara la voz de alarma del suricato, vencido por el sopor vespertino tras el almuerzo, el leopardo hizo caso omiso; pues, también se creía estar en la cúspide de la cadena alimenticia de la comarca.
El leopardo siempre creó que el león era su compatriota, que entre ellos había un pacto tácito de no agresión; una guerra fratricida llevaría a la comarca al cataclismo y todos perderían.
El equilibrio de fuerzas establecido hasta aquél fatídico día era la envidia de otras repúblicas.
Había un antro en la comarca que dispensaba cerveza de las destilerías Mara, un antro regentado por el clan hipopótamo y sus socios, la tribu cocodrilo del Nilo.
A la cervecería, quiero decir, el antro de la comarca, acudían todos los colectivos en acuciante necesidad por refrescarse con la cerveza del Mara.
Majestuoso, su reluciente melena deslumbrando a propios y extraños al reflejo de la luz celeste, el rey seguía avanzando con aplomo; el eco de sus pisadas retumbando en toda la sabana hasta los contornos del antro.
Su Majestad caminaba a contra viento, lo que le facilitaba la percepción de aromas y olores del sentido contrario a su marcha.
Alertados por el suricato, todos, casi todos en guardia, en las cercanías a las entradas de sus guaridas o madrigueras.
Noche de plenilunio, enésima advertencia; los picabueyes, desde los contornos del antro, la cervecería de la comarca, lanzaron la última alarma; por esta vez, tampoco se enteró el leopardo que seguía retozando en su jergón después de la merienda de aquella tarde.
Podría decirse que el leopardo se dejó la vida por pereza o vagancia, porque antes de que se diera cuenta de la presencia del rey, su garganta ya estaba entre los colmillos del león.