Es tan triste esta vida
sin amigos, sin latidos reales,
dedicado a ser sacerdote.
Solo tengo a vos, versos,
fieles en mi confesión
para lanzar este grito.

Hoy no me iré a la Iglesia,
allí, no tardaré en dormirme.
Sabrán que he amado en vano
a un color que me ensució:
con su mirada me abrió el paraíso
y con otra el infierno.

Tan triste es, os digo, ser sabio,
y vivir como un hombre de guerra
preparado a beber del cáliz del honor,
y a afrontar al enemigo con tirachinas.

Odio ese color de blancas tinieblas,
y no tan blancas así, de ilusiones, sí.
Usé su cerradura para abrir su puerta,
y cambiar mi ventana en cuadro.

Y el niño llora poco, a veces mucho,
por esos gritos tan pequeños.
Y se ríe, se enfada y se aleja,
y resiste y se afirma.

Joël Keffa

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