Nota de la Redacción: Aunque muy tardía, traemos aquí la intervención de Donato Ndong Bidyogo en julio de 2018, por su acertado y actual, siempre actual, de su análisis.
50 ANIVERSARIO DE LA INDEPENDENCIA DE DE GUINEA ECUATORIAL (12/10/1968 – 12/10/2018)
Intervención de:
D. DONATO NDONGO-BIDYOGO,
«Guinea Ecuatorial en el cincuentenario de su independencia: ¿Qué independencia?”
Centro de Estudios Afrohispánicos – UNED
Madrid 2 Julio 2018
“… Reconozcámoslo con humildad: en el medio siglo transcurrido, hemos sido incapaces de establecer un espacio de libertad, articular la convivencia, acometer el desarrollo, crear un marco que nos permita vivir en paz y tranquilidad, sin miedos ni riesgos recurrentes e innecesarios, en la Tierra heredada de nuestros padres, respetándonos mutuamente y suscitando la confianza que debiéramos merecer del resto del mundo.
Mi buen amigo Juan Balboa, que en Gloria esté, definió la nuestra como la “Generación perdida”. Siempre discrepé de tal aserto, y me sumé a la ingeniosa respuesta de otro amigo entrañable, Paco Zamora, quien asegura que él no está perdido: estamos y siempre hemos estado aquí, bien visibles y coleando. Distinto es que nos invisibilicen, tanto los poderes infames constituidos en nuestro país como la antigua potencia colonizadora; ningunean nuestra incómoda presencia; desestiman y desprecian nuestras capacidades y nuestros sacrificios, nuestra abnegación y nuestra entrega.
Más que perdidos, podemos considerarnos frustrados. Guinea Ecuatorial aniquiló a toda una generación, la que, en palabras de mi siempre amigo Fernando Morán, debió constituirse en “clase modernizadora”. Frustración que arrostran centenares de miles de compatriotas que, pese a tanto esfuerzo, pese a tantas ilusiones, pese a las inmensas renuncias, pese a la disponibilidad y buena voluntad, murieron soñando con los ideales inmarcesibles, sin haber conseguido realizar sus aspiraciones o, simplemente, su proyecto de vida.
Son demasiados los sepulcros -muchos ni gozan tan siquiera de ese consuelo final- diseminados por toda la geografía patria, pero también fuera del terruño soñado, en España, Estados Unidos, Gabón, Camerún, Nigeria o donde cada cual fuera a parar en nuestra trashumante búsqueda de sosiego y bienestar para nosotros mismos sí y para nuestras familias, expulsados de la Tierra Prometida por la inclemente vorágine de la tempestad desencadenada tras el 12 de Octubre de 1968.
A ellos, en primer lugar, debe dirigirse nuestro pensamiento en esta conmemoración. ¿Y qué decir de los supervivientes de nuestro pavoroso holocausto silenciado, de nuestros espectros deambulantes por Guinea Ecuatorial o por cualquier otro rincón del Planeta, sin horizontes ni esperanzas de ver alguna vez satisfechas las aspiraciones, pero intactos los anhelos? ¿Qué decir de las generaciones nacidas después de 1968, cuya innoble existencia transcurre lánguida, al no conocer más vida que brutalidad, penurias y represión, sin más modelos que los manipuladores y los viciosos que rigen sus destinos, que sólo conocen retazos de su Historia por los rumores susurrados y las tergiversaciones inoculadas por la incuria que nos anega?
¿Qué decir de esa juventud con desbordantes ansias de trabajar y progresar, deseosa de vivir las ventajas de su siglo, cuyas ilusiones se marchitan por abrazar la mentira, denostar la verdad, ensalzar la ignorancia, despreciar el saber, pues crecieron convencidos de que el vicio encumbra, que responsabilidad y rectitud de conciencia son rémoras perniciosas?
¿Qué decir de todo un pueblo al que inocularon el odio y la envidia, abocándole a una vida sin ideales, en la creencia de que la capacidad y el propio esfuerzo no sirven para nada y basta con aplaudir para obtener toda prebenda? ¿Acaso soñaron sus padres y sus abuelos que su vida sería la que hoy padecen medio siglo después de alcanzada la soberanía formal? En mi modesta opinión, son éstas las cuestiones básicas que hoy debiéramos plantear y plantearnos, pues son los fantasmas recurrentes que enturbian nuestro sueño cada una de las noches durante estos cincuenta años de constante pesadilla.
En mi trayectoria personal y profesional, este acto representa el cierre de un círculo. Aquel 12 de Octubre de 1968, como ahora, la vida me deparó un mismo papel: pronunciar el discurso inaugural ante guineoecuatorianos y españoles. Los escasos compatriotas que vivíamos en Valencia celebramos nuestra independencia en el Aula Magna de aquella Universidad; siendo el más joven, aún preuniversitario, me escogieron para hablar en nombre de todos.
No lo digo aquí: el doctor Florentino Adjaba Nve, hoy catedrático emérito de Pedagogía en la Universidad de La Laguna, entonces estudiante de Ciencias de la Educación, me lo recordaba no hace mucho en una reciente conferencia que pronuncié en Tenerife; el abogado Adolfo Ndong Michá Mia, que ejerce en Malabo, lo puede igualmente atestiguar; por desgracia, muchos de los presentes en aquel acto enmudecieron para siempre: pienso en Mauricio Nsue, entonces estudiante de Derecho, o en Estebaban Esono Ndemensogo, a la sazón alumno en la Facultad de Filosofía y Letras, y más nombres que mi memoria no retiene. Tenía 17 años, y acababa de ganar un premio nacional de redacción. Ni recuerdo lo que dije ese día: imposible exhumar un texto perdido; pero supongo que me limité a saludar el nacimiento de nuestra Nación y recoger las ilusionadas aspiraciones que rebosaban nuestros corazones exultantes.
Poco después, en la Semana Santa de 1969, iniciamos nuestro propio Camino del Calvario, y la angustia y la frustración se instalaron en nuestras almas. Hoy, con 67 años, constato con pesar que seguimos en el mismo punto en que nos hallábamos en 1968: buscando la forma de ser independientes, intentando tener un país propio, aspirando a construir un Estado que nos devuelva la dignidad a que tenemos derecho como cualquier otro ser humano. Porque, tanto en las aspiraciones de nuestros mayores que se opusieron al colonialismo, como en las de sus hijos y nietos actuales, la independencia proclamada el 12 de octubre de 1968 no puede convertirse en una grotesca caricatura, o ser sólo un botín para el goce exclusivo de una casta criminal, ni reducirse a unos símbolos patrimonializados por los falsos “nacionalistas” que asaltaron el Estado desde sus recónditos poblados para saquearlo a su antojo.
La soberanía formal alcanzada el 12 de Octubre de 1968 debe incluir a cada uno de los ciudadanos y abarcar al conjunto de nuestra sociedad, lo cual significa que todos debemos gozar de los derechos y cumplir los deberes inherentes, con arreglo a unas leyes justas elaboradas y consensuadas entre todos. ¿Por qué el desbordante orgullo que sentimos en 1968 se trocó en vergonzante oprobio, rabia, impotencia? ¿Por qué ser guineoecuatoriano suscita recelo en el mundo?
Son éstas -y otras muchas- las preguntas que nos hacemos todos los días, cuya respuesta es nítida, aunque muchos prefieran no pensar y recelen de quienes buceamos en ese proceloso mar, conformándose con las apariencias; otros conocen de sobra el papel que juegan o jugaron en este proceso de degradación política, económica, cultural y moral, y su propia vergüenza -o su cobardía- les impulsa a tratar de ocultarse tras la palabrería demagógica; otros prefieren manipular los hechos para acomodarlos a sus intereses espurios; otros, simplemente, no saben y esparcen su ignorancia.
El guineoecuatoriano se encuentra aún pasmado ante la inusitada fiereza de sus gobernantes, una crueldad jamás imaginada; el descubrimiento por la tiranía constituida desde el 12 de octubre de 1968 hasta ahora mismo de que pobreza extrema e ignorancia, sumadas a la represión, constituyen eficacísimos mecanismos de sometimiento; que la violencia es impune si se ejerce bajo la cobertura del Estado; que el poder es una segura fuente de enriquecimiento, y de clientelismo, sobre todo cuando el Estado es la única industria, ese Estado que debió ser la tribu común, el marco en que debían producirse las transformaciones políticas, económicas, sociales, culturales y morales que dinamizaran nuestra sociedad, para permitirnos situarnos adecuadamente en un mundo en continua mutación.
Lacras identificables como los principales obstáculos que nos impiden articular nuestras instituciones, lastres perniciosos para lograr la cohesión y el equilibrio, que impiden realizar la vida del guineoecuatoriano de manera organizada, segura y digna.
No puede extrañar entonces que afrontemos el Cincuentenario del acceso de nuestro país al autogobierno desde sensaciones ambivalentes: se aúnan en nuestro espíritu alegrías y tristezas, fortaleza, impotencia y desilusión; alegría y fortaleza interior por la soberanía obtenida gracias al coraje, al tesón de nuestros mayores -muchos de ellos prendidos, encarcelados, apaleados y asesinados-, que hoy disfrutamos como realidad irreversible. Tristeza, impotencia y desilusión ante la amarga realidad de no haber sido capaces de lograr los fines propuestos al exigir esta independencia, cuyo único objetivo era realizar nuestras vidas en libertad, gozando de la prosperidad otorgada por nuestra Naturaleza generosa y nuestro trabajo, recuperar la dignidad que nos arrebataron durante los 190 años de ocupación, vejaciones y explotación. Esa independencia, arrancada a la potencia colonizadora, España en nuestro caso, ni fue ni es nuestra liberación; la incertidumbre, la zozobra y la miseria siguen siendo nuestras preocupaciones cotidianas, ante una opresión cada vez más nítida, una crueldad más refinada.
Existe una diferencia capital entre el guineoecuatoriano de 1968 y el actual: mientras entonces estábamos anegados por la ilusión y la esperanza, hoy ni se vislumbra el despertar de tan larga y espeluznante pesadilla. Medio siglo de represión y abuso de poder han hecho de Guinea Ecuatorial un país inhabitable, del que huye quien puede; medio siglo de arbitrariedades cotidianas, de esperanzas frustradas, de mentiras disfrazadas, han hecho de la nuestra una sociedad esquizofrénica.
El primer dato a considerar al intentar explicar las causas del desastre es la constatación de que, sin solución de continuidad, transitamos de un colonialismo externo, ejercido por gente llegada de otros mundos, a un colonialismo interior; pasamos de la opresión del blanco sobre el negro a la opresión del negro por el negro; de la intolerancia oscurantista de Francisco Franco a la tiranía sanguinaria de los Nguema. Obviedad imperceptible para los estudiosos y analistas que acercan su mirada a nuestras realidades, cuando la deriva totalitaria del Estado surgido en 1968 no puede desligarse de la metodología política, de la prepotencia y del paternalismo en la concepción de las relaciones sociales, ni del dirigismo cultural o económico implantados por el “Nuevo Estado” franquista en 1936, introductores del ideario y de las prácticas fascistas en Guinea Ecuatorial, ideología que aún impregna la mentalidad de nuestros dirigentes.
Si prescindimos de los tópicos al uso, expandidos por un discurso racista que resurge con “normalidad” en nuestros días, lo acontecido en estos cincuenta años resulta incomprensible si no calibramos, en toda su dimensión, la doble opresión padecida por el pueblo guineoecuatoriano, enunciada y evidenciada en otros trabajos míos: junto a la opresión colonial, compartida por todos los africanos, en Guinea Ecuatorial padecimos de manera simultánea la férula del régimen filonazi español.
Frente a los tópicos tan en boga, sostengo que la ejecutoria política de Francisco Macías Nguema y Teodoro Obiang Nguema no responde al patrón de conducta de los jefes tradicionales en la sociedad precolonial fang, sino que es una clarísima mimetización de cuanto vieron en los agentes, funcionarios, administradores territoriales y gobernadores coloniales. De ahí mi afirmación de que Franco no ha muerto en Guinea.
Considero exigencia imprescindible para regenerar nuestra sociedad restituir el valor y la precisión a las palabras, los conceptos y las ideas, en lucha permanente contra la manipulación, que presenta la miseria material y moral actuales como rasgos atávicos de nuestras culturas autóctonas.
Ante el falaz discurso imperante, yo, fang, afirmo -e invito a cualquiera a debatirlo- que las espeluznantes tiranías generalizadas en África, las dictaduras inmisericordes que padece Guinea Ecuatorial, no son consecuencia natural de nuestras “costumbres atávicas”; egoísmo, crueldad, intolerancia, insolidaridad, corrupción, indolencia e hiperliderazgo no son herencia inevitable de la sociedad ancestral; al contrario, son la burda imitación del modelo impuesto por los modos imperantes durante el colonialismo, reforzados por la estructura dominante posterior, impuesta por el pacto colonial, cuya faz denominamos neocolonialismo.
Por la experiencia de nuestros mayores -tengo edad suficiente para saberlo- nos consta que en las sociedades precoloniales la libertad individual y la propiedad eran sagradas, y combinadas con la solidaridad y lo que el recordado Julius Nyerere, primer presidente de Tanzania, llamó comunocracia, aseguraban una vida armoniosa y digna para todos los miembros de la comunidad.
Exceptuado algún caso, donde la monarquía se constituyó en forma de Estado, en la sociedad tradicional bantú el poder, la jefatura, no era ni vitalicia ni hereditaria, sino electiva, asistida por una asamblea de notables, cuyas decisiones eran vinculantes, compuesta por los mayores más juiciosos; el candidato a la jefatura era escogido porque sus cualidades individuales -valentía, probidad, prudencia, equidad, generosidad- le destacaban como el más apto, el más idóneo, el más capaz de defender los intereses del conjunto y prestigiar al clan ante los otros clanes; de modo que si un jefe dejaba de cumplir esa misión o adoptaba comportamientos egoístas o despóticos, era automáticamente destituido.
Para nuestros antepasados, la libertad era un bien tan esencial que a nadie podía privarse de ella; por eso no había cárceles; al transgresor de las normas de convivencia se le corregía mediante la persuasión o con castigos que redundaban en beneficio de la comunidad; el máximo castigo que podía imponerse a los delincuentes recalcitrantes era el extrañamiento, la expulsión del clan, pues quien con sus reiterados actos antisociales perjudicaba al resto se hacía indigno de convivir en sociedad, y era condenado al ostracismo, a arreglárselas solo; únicamente ante hechos gravísimos -un asesinato alevoso, la traición en caso de guerra- el infractor era condenado a la pena capital: se le ataba a un árbol en el bosque y se le dejaba allí solo. Nadie presenciaba su muerte, que todos reconocían justificada, pues había sido condenado por el pueblo entero en vistas públicas.
Nada que ver con los “juicios sumarísimos” o las espeluznantes ejecuciones masivas que el régimen de los Nguema obligó a contemplar a los ciudadanos durante los crudelísimos once años de “triste memoria”, ni con los fusilamientos clandestinos introducidos en la etapa actual. Recuerdo bien mi infancia: toda muerte era una tragedia colectiva, y nunca nos dejaron ver un cadáver a los niños; hoy, como todos sabemos, se encuentran cuerpos humanos mutilados en cualquier recodo, en los arroyos y en las playas, y ya no asustan a nadie. Se ha instalado en nuestra vida la cultura de la muerte, en lugar de la exaltación y protección de la vida.
Al exigir la independencia, no estaba en la idea de nuestros mayores reproducir el esquema de relaciones sociales introducido por los blancos, sino recuperar el profundo sentido humanístico de nuestros hábitos culturales, convenientemente adaptados a las exigencias del presente. Ellos -lo vi y lo oí con claridad cuando niño- eran conscientes de que, si bien las tradiciones positivas deben mantenerse como inequívocas señas de nuestra identidad, otras pueden ser modificadas para adaptarse al signo de los tiempos, pues ninguna costumbre puede considerarse inmutable; ellos sabían que la tradición es dinámica, no estática. Ideales perdidos tras medio siglo de oscurantismo, tiempo en que el guineoecuatoriano ni ha recuperado el sentido y el significado de sus usos consuetudinarios, ni asume con convicción las ventajas de una modernidad presentada y percibida como imposición foránea, según le repiten machaconamente día tras día.
Los demagogos impusieron su discurso tramposo, destinado a perpetuar los privilegios de la exigua oligarquía tribal encaramada al poder. Y sucede así porque se eliminó de nuestros usos el principal rasgo distintivo de nuestras culturas: el intercambio de ideas, la sana discusión, la persuasión mediante la palabra y el buen ejemplo. Nos han instalado en su engañoso discurso único: sólo hablan ellos, y temen, ante todo, que otros puedan oponer razones y aportar argumentos más sólidos que sus mentiras. Quizás ni se den cuenta, pero presentándonos como son ellos mismos, no hacen sino avalar los más execrables alegatos del racismo, secundan los tópicos colonialistas más denigrantes, mientras se llenan la boca y nos marean la mente con su sedicente verborrea “anticolonialista”. Y, señoras y señores, amigos míos, ni el africano es lo que han hecho de él, ni los guineoecuatorianos somos cuanto nos hacen parecer. Una razón más que justifica todo esfuerzo que tienda a acortar este larguísimo período ominoso.
Entronca con lo anterior la segunda característica de la tiranía guineoecuatoriana: el oscurantismo de sus dirigentes. Lo vengo sosteniendo en escritos e intervenciones públicas porque, aun a riesgo de que me tilden de “soberbio” cuando no lo soy, me parece una evidencia incontestable. Los datos son claros, alguno de ellos recogido en mi ensayo “Guineanos y españoles en la interacción colonial”, publicado en 1998 como parte de España en Guinea. Construcción del desencuentro (1778-1968), libro que firmé junto a los profesores Mariano de Castro y el recordado José Urbano Martínez Carreras. Sin ánimo de ofender personalmente a nadie y sin pretender ser exhaustivo, el hecho histórico es que las Demarcaciones Territoriales (los actuales distritos) de Mongomo y Nsok-Esabekang fueron las últimas en ser colonizadas.
Recordemos que las poblaciones del Litoral de la Región Continental e islas adyacentes venían manteniendo intensos contactos con los europeos desde los inicios del S. XVI, incrementados a partir de mediados del S. XIX; los habitantes de la zona interior aledaña -Niefang, Evinayong y Akurenan, y, por otras circunstancias, Mikomeseng y Ebibeyín- interactuaban con los blancos (a menudo de modo traumático, pero también creando capillas, escuelas y factorías, con la consiguiente e inevitable modificación de ideas, creencias, usos y costumbres) a medida que los españoles completaban la ocupación, relación que se intensificaría tras la firma del Tratado Hispano-francés en 1900 y el trazado definitivo de las actuales fronteras con Gabón al año siguiente.
Sin embargo, el primer español en pisar Mongomo fue el misionero claretiano Acacio Ferraz, en 1927. Hasta 1935 no se construyó la primera capilla en aquella región del país, pues, en palabras del P. Tomás L. Pujadas, cronista de la cristianización, “Mongomo se puso muy difícil”. La primera escuela fue edificada en 1939, con un distrito escolar tan amplio -más de cuarenta poblados y una población en edad escolar estimada en 629 niños de ambos sexos- que resultaba una gota en el mar. Tan sólo se matricularon en aquel primer curso 120 niños y 37 niñas, aunque en 1945 el número de niños asistentes había subido a 267, pero descendido a sólo 35 niñas. A esa primera escuela, situada en el poblado de Ekuak, seguiría la de Alén, inaugurada en 1943, con un censo escolar de 600 alumnos.
La primera escuela de Nsok-Esabekang se erigió en 1944. Teniendo presentes estos datos, y también que logramos la independencia en 1968, es fácil deducir que la actual provincia de Wele-Nzas, particularmente el distrito de Mongomo -del cual proceden los dos únicos presidentes y la gran mayoría de los altos funcionarios- era la más “atrasada” según los parámetros culturales impuestos por el colonizador, lo que conceptuamos como modernidad. Complejo de inferioridad que ellos mismos siempre asumieron, y que, contextualizado, originó determinadas actitudes y decisiones adoptadas en estos cincuenta años. Y resulta muy comprensible que en período tan escaso, sólo 33 años, fuera imposible adquirir el bagaje necesario para regir un Estado moderno.
No extrañe, por tanto, que casi todos los principales jerarcas de la nueva Nación fueran tan analfabetos funcionales como los mismos mandamases. Esa circunstancia explica asimismo la furia de la persecución -que continúa de forma más solapada-, y la inquina y el recelo que muestran hacia cuanto significa o representa conocimiento y méritos académicos, lo que denominan, con sumo desprecio, intelectuales o sabios. No lo digo yo: está en los discursos de Macías y Obiang, y se comprueba dolorosa y cotidianamente en la praxis del Estado; sobre todo si el sabio o intelectual, concebido como mero auxiliar e histrión del poder, tolerado o utilizado únicamente por ser capaz de resolver cuestiones técnicas puntuales, no se pliega o se acomoda, o pretende mantener una cierta amplitud de criterio.
De tan enrevesada personalidad (amalgama de fascinación por los bienes materiales que aporta la modernidad, odio al blanco y a cuantos adquirieron sus habilidades, miedo o desdén ante lo que desconocen y apego a un primitivismo retrógrado, su único horizonte, fuente y asidero de sus convicciones y de su seguridad interior) surgió el caos en que está sumida la realidad política, cultural, social y económica de Guinea Ecuatorial. Por desgracia, accedimos a la soberanía formal de la mano de los individuos menos capaces, de la gente más fanática y vocinglera, de las mentes menos analíticas; las ansias de echar al blanco -consigna de ciertos “nacionalistas”, que la demagogia trocó en “anticolonialismo”- camuflaron la verdadera naturaleza del irredentismo tribalista, vuelto perversa doctrina.
Un único ejemplo: en la cumbre de su poder, Macías prohibió las vacunas y demás fármacos occidentales con el peregrino argumento de que, antes de la irrupción de los blancos en nuestras vidas, los africanos recurríamos a los curanderos y a las plantas del bosque para tratar nuestras dolencias. La evocación romántica de ese pasado intentaba esconder, en realidad, su propia tosquedad; porque, incapaces de evaluar siquiera el significado o la utilidad de determinadas tradiciones, tampoco crearon las condiciones para desarrollar y actualizar esos saberes ancestrales.
No sustituyeron la cultura europea por la cultura africana, sino por la nada; no aportaron una sola idea o un solo logro que fueran tan o más eficaces, o mejorasen las míseras condiciones de vida de la población; sólo nos anegaron de palabrería insulsa, que nadie sensato se atreve a contrarrestar porque se apoderaron de la palabra, impuesta en nombre de la “autenticidad”, pretendida doctrina que ni siquiera habían formulado; se trataba de una “idea importada” de congéneres tan desnortados y criminales como ellos: Mobutu Sese Seko, Ahmed Sékou Touré, Idi Amin Dadá…
Imposible saber cuántas personas -sobre todo mujeres y niños- murieron por falta de medicamentos o asistencia sanitaria en ese obligado regreso a la tribu. Así, han reducido lo que llaman “cultura tradicional” a prácticas esotéricas, algunas especialmente infames, como el resurgir de la brujería y del canibalismo. Convirtieron la pertenencia a la etnia o al clan, factores esenciales de solidaridad y cohesión social en la concepción precolonial, en burdos mecanismos disgregadores que fomentan el odio, el tribalismo y el clientelismo.
Nos encontramos dirigidos por una zafia oligarquía incapaz -por su ignorancia y por su maldad- de pilotar un Estado integrador que serene los espíritus, acometa el desarrollo y guíe a la población por la senda adecuada para colmar las aspiraciones que sustentaron la rebelión anticolonial. La débil impregnación en sus mentes del mensaje encerrado en las enormes aportaciones de otras civilizaciones les priva de la amplitud necesaria para comprender la evolución del mundo.
Ni saben, ni quieren aprender. Amarrados a una escala de valores cuyo basamento se construye sobre ideas y prácticas obsoletas, esparcen por doquier la amarga sensación de no saber ni lo que quieren ni lo que hacen. Soy consciente de suscitar la ira en quienes ven ofensa en las verdades, esos que piden nuestro aplauso hasta para sus crímenes y latrocinios, pero sólo puedo concluir que su comportamiento tiene un nombre: gobernar a golpe de capricho, de ocurrencias, sin rumbo ni objetivos. Y así nos va como nos va, pues bien salta a la vista la ausencia de resultados, o si se prefiere, el fracaso de dirección tan errática. Lo vio hace cinco siglos un escritor sagaz, William Shakespeare, y lo anotó en El rey Lear: “Maldita sea la época en que el rebaño de ciegos es conducido por un puñado de locos”; cita que consideré muy adecuada para el pórtico de mi novela Los poderes de la tempestad.
Sería inexacto, además de injusto, atribuir toda la responsabilidad de lo acontecido a Macías y a cuantos integran el llamado “clan de Mongomo”. Lo dicho hasta explica suficientemente la victoria de quienes no lo merecían. Otras realidades deben ser siquiera enunciadas en esta radiografía apresurada de las causas de nuestro fracaso colectivo. Por ejemplo, la debilidad política e ideológica del nacionalismo, y la ingenuidad de un pueblo que, sin analizar las palabras, actitudes y trayectorias de sus políticos, siguió a un candidato sin ideología ni programa, sólo por ser el más visceral.
En efecto, sorprendió en 1968, y aún asombra hoy, que Macías fuese elegido frente a otros postulantes en apariencia más sólidos. Pero tiene bastante lógica cuando se comprueba que ninguno de aquellos líderes tenía un nivel de formación acorde con las responsabilidades que deseaban asumir; intelectualmente, todos eran una nulidad, pues, a lo sumo, escribían y leían con dificultad, y sólo se manejaban con soltura en las lenguas vernáculas; su comprensión del idioma español -que debía conectarles con el mundo- se reducía al nivel de lo conceptuado por los lingüistas como “español guineano”; lo cual hace improbable que entendieran siquiera las palabras -no ya los conceptos- que pudieran decirles sus interlocutores de Madrid.
Siendo generosos, se podría exceptuar a Atanasio Ndongo Miyón, pues había cursado hasta Humanidades en el seminario de Banapá, del que fue expulsado en 1951 como instigador de una protesta estudiantil que generaría la primera huelga producida en la colonia; ninguno de los aspirantes a presidente en 1968 conocía más mundo que su minúsculo terruño, detalle en apariencia irrelevante, que cobra capital importancia cuando vemos que muy escasos bubis, fernandinos y annoboneses habían pisado la parte continental del país, y, debido a la misma desconexión, la inmensa mayoría fang creía a pies juntillas los tópicos y prejuicios inoculados por el desintegrador discurso colonial; salvo de nuevo Atanasio Ndongo, a quien su paso por Banapá facilitó el trato con compañeros de otras etnias, por ejemplo su condiscípulo Enrique Gori Molubela, y, tras su exclusión del seminario, tuvo que exiliarse en Gabón; de allí pasó sucesivamente por Camerún, Argelia y Estados Unidos, y visitó otros muchos lugares del mundo en su constante resistencia contra el colonialismo, buscando las vías para la emancipación; detalles que, paradojas de la vida, le pasarían factura: muchos de su propia etnia fang le consideraron un tipo desarraigado, y desconfiaron de su equipo de colaboradores y séquito habituales, compuesto en buena parte por compatriotas no fang.
El precario bagaje de Bonifacio Ondo Edu se reducía a su condición de antiguo catequista en la misión de San José de Evinayong, su feudo. Además de ser bubi y principal impulsor del secesionismo, tampoco Edmundo Bosió podía suscitar entusiasmo alguno, al haber llegado a su preeminente posición política y social gracias al padrinazgo de la patronal colonial agrupada en la Cámara Oficial Agrícola de Fernando Poo. En este contexto, Macías logró lo imposible: borrar su pasado.
Consiguió esconder -o minimizar- su importante contribución al mantenimiento y consolidación de la abusiva estructura del poder colonial, pues durante años había sido intérprete y confidente de los administradores territoriales (delegados gubernativos) de su distrito, servicios por los que recibió en premio la alcaldía de Mongomo en las “elecciones” municipales que siguieron a la provincialización, en 1960; puesto desde el cual ascendería a la vicepresidencia del Gobierno autónomo cuatro años después, cargo simultaneado con la consejería de Obras Públicas. Hizo de su discreto comportamiento en esta época, rasgo sobre el cual volveremos, una aureola de seriedad, aunque tenía otra explicación hurtada al público: padecía serios trastornos de personalidad, aspecto poco conocido fuera de su círculo más íntimo.
No extraña que sacara menos votos en Mongomo que en otros distritos, ya que algunas personas sensatas que le conocían, como Mariano Mba Micha, trataron de airearlo, sin éxito; tras su entronización, Mba Micha sería destituido como diputado del MUNGE y asesinado en noviembre de 1968; por eso encabeza la larguísima lista de las víctimas del nuevo presidente. La inestabilidad emocional de Macías, que algunos elevan a la categoría de trastorno mental, parece acreditada, ya que constan sus visitas a la clínica del psiquiatra Juan José López-Ibor. Resulta difícil saber ahora mismo si la mutación de Macías de un colaboracionista más del régimen colonial a líder “nacionalista” fue el resultado de lo que su sobrino Obiang llama “evolución natural”, o fue reacción lógica ante la férula del colonialismo. A la espera de que algún otro interesado ahonde en esta vía de investigación, a mi juicio necesaria, y aporte conclusiones definitivas, sólo puedo esbozar hoy unas cuantas pistas que, en mi modesta opinión, contribuyen a esclarecer comportamientos que nos permiten adentrarnos con cierta seguridad en la génesis de unos hechos inexplicables en apariencia.
Mi inveterado afán de penetrar en las tinieblas, impulsado por la curiosidad de saber y desafiando el espeso manto de ocultación tejido desde Guinea Ecuatorial y desde España, me llevó al análisis de datos fragmentarios, recogidos aquí y allá; y he llegado a la conclusión, aún provisional, de que el radicalismo “antiblanco” de Macías fue no sino un racismo primario basado en sus propios complejos y en reales o supuestas ofensas personales: aseguran que repudió a su primera esposa tras sorprenderla en flagrante adulterio con un colono español; así, los celos y el amor propio herido habrían provocado la reacción de xenofobia, interpretada desde dentro y desde fuera como “anticolonialismo”, incluso como supuesto “progresismo”, según las modas de la época en aquel mundo maniqueo, inmerso en rivalidades ideológicas por el control hegemónico, en lo álgido de la Guerra Fría.
Nuestra convicción de que España pudo y no quiso impedir la victoria de Macías se basa en datos como ése: para anular su candidatura, o al menos mermar sus posibilidades, hubiese bastado filtrar esas visitas a la clínica de López-Ibor; no es creíble que las desconocieran los servicios de Inteligencia de la Presidencia del Gobierno, controlados por el almirante Luis Carrero Blanco.
No solo eso: su misma candidatura era ilegal, pues la Ley Electoral sólo contemplaba las candidaturas inscritas por los partidos políticos, y Macías, apartado del IPGE y del MONALIGE, carecía de adscripción militante; por eso Antonio García-Trevijano se apresuró a montarle el “Secretariado Conjunto” con el que presentarse en 1968, concebido como superación de los partidos existentes, embrión del Partido Único Nacional (PUN), que finalmente crearía en 1970; sus estatutos, y la Constitución de 1972, que abolió la votada en 1968, redactados por García-Trevijano, no solo oficializaron el fin de las libertades, anuladas tras la intentona de marzo de 1969, sino que convirtieron a Macías en tirano, en “hombre providencial” -una del centenar de advocaciones esperpénticas que los ciudadanos estaban obligados a recitar en letanía, a todas horas, para adular a aquel insaciable megalómano-, convertido en dueño absoluto de vidas y haciendas.
Dos años después añadiría una T de “trabajadores” a las siglas de su movimiento, con el fin de darle una pátina “progresista” que no pocos se tragaron. Resulta asimismo incuestionable la ilegalidad del triunfo de Macías, que pudo ser anulado de haber sido atendidas las quejas presentadas; las dos vueltas para la elección presidencial de 1968 fueron un auténtico pucherazo: aunque destruyeron actas y archivos, muchos supervivientes recuerdan con claridad a sus fanatizados secuaces votando con total descaro en dos o más mesas electorales, e incluso se trasladaban de un distrito a otro para introducir la papeleta del “gallo” -el símbolo de Macías- en las urnas con toda desfachatez y sin control alguno; irregularidades conocidas por España: no en vano la Guardia Civil estaba encargada de mantener el orden público y, es un suponer, existían observadores y demás mecanismos para asegurar la limpieza de los comicios, supuestamente garantizada por la potencia colonial; hechos fraudulentos denunciados por otras candidaturas, pero ignorados por la Junta Electoral, presidida por el magistrado Ángel Escudero del Corral.
Así, se instaló desde entonces un modo de hacer las cosas, una cultura política en Guinea Ecuatorial: no ha habido nunca elecciones democráticas, transparentes. Y de este modo, la pretendida neutralidad proclamada por España ante el proceso se convierte en pura desinhibición o desidia; cobra entonces sentido la frase atribuida a Carrero, que resumiría su actitud, según la cual el vicepresidente del Gobierno español, responsable de los temas coloniales, habría dicho que “Guinea no merece un muerto español”; alguna fuente pone en su boca expresión aún más desdeñosa: “¿No querían la independencia…?, pues que se maten entre ellos”.
También resulta obvio que la endeblez doctrinal del nacionalismo contribuyó a su aniquilación en cuanto sopló el primer vendaval. ¿Cuál era la filosofía política, la ideología, de partidos como IPGE, MUNGE o MONALIGE? Además de su rechazo a los fang, ¿qué ideas o modelos de organización política y social sustentaban a Unión Bubi, Unión Ndowé, Unión Democrática Fernandina y Unión Annobonesa? ¿Recuerda alguien los programas electorales de 1968, sus propuestas de regeneración política y reactivación económica, su agenda social, su oferta educativa y sanitaria? ¿Cuál era el proyecto de sociedad propugnado por cada uno de ellos tras recuperar la soberanía? Para mí es claro que no bastaba con “echar al blanco”, tema en que todos coincidían, incluso en el lenguaje utilizado, sobre todo en los mítines y reuniones celebradas en poblados recónditos del interior, sin que les oyeran los españoles. Que se sepa, nadie ideó, formuló o diseñó cuanto se pretendía con la independencia.
Los discursos de todos aquellos líderes únicamente contienen palabras y conceptos grandilocuentes, están plagados de lugares comunes inconcretos, que lo mismo sirven para un roto que para un descosido. La población, levemente adoctrinada en el ideario fascista del Movimiento Nacional de Franco, sin formación ni asideros, compró ingenuamente aquel embuste, en la errónea creencia de que bastaba que los blancos se fuesen para llenarse de felicidad; la independencia, palabra mágica, colmaría sus vidas como por ensalmo. El resultado de tanta ligereza es conocido: bastó que el más bruto gozara de legitimidad y rugiera, para que se derrumbase un edificio construido con materiales tan precarios.
Por eso el huracán no encontró ninguna resistencia. Todo, absolutamente todo, quedó devastado: más de 50.000 asesinatos políticos, incontables fallecimientos por las consecuencias de la miseria, retroceso de la esperanza de vida y cerca de la mitad de la población huida de la quema. Tal fue el terror desencadenado que anuló las voluntades y paralizó los cuerpos. Así transcurre nuestra existencia en estos cincuenta años, contemplando angustiosos el horror y la miseria, esperando al Mesías salvador, lamiéndonos las heridas, creyendo nuestras propias mentiras, rebozados en fantasías, sin análisis ni programas, alimentando ambiciones, engañándonos y engañando con la ilusa formulación de que Obiang es el único obstáculo y su marcha arreglará por sí sola todos los problemas.
Endeblez en las convicciones que provoca inacción, que lleva a esperarlo todo de los demás, de los extranjeros sobre todo, impidiéndonos reaccionar de modo positivo para afrontar nuestro deber colectivo de tomar en nuestras manos las riendas de nuestros propios destinos. La desconfianza, la envidia, la calumnia y la delación destruyen cualquier proyecto o intento regeneracionista. La sociedad diseñada por Macías, que sigue siendo el único modelo, aniquiló el talento, el propio esfuerzo y el mérito individual, hasta el punto de que una de las frases más repetidas en nuestras calles es “tú no eres nadie”.
Medio siglo de opresión ha convertido al guineoecuatoriano en un patético mendigo: malviva dentro o fuera, mendiga qué comer, mendiga libertad, mendiga hasta la dignidad o el simple derecho a existir. De ahí nace mi convicción, percibida hace tiempo, de que somos nosotros mismos los únicos responsables de nuestros males. Se dirá que ni somos los primeros ni los únicos en padecer situación parecida; me recordarán que Franco murió en la cama; esgrimirán las terribles tiranías en Alemania, Italia o Rusia durante el siglo pasado; me dirán que África está plagada de regímenes tan perversos como el nuestro.
Ante todo ello, acudo al refranero: “mal de muchos, consuelo de tontos”. Porque, aunque no se crea, no me regodea precisamente hablar y escribir sobre las dictaduras y sus perniciosos efectos sobre nosotros; no me gustaría tener que hablar y escribir sobre el tercer tirano; la mayor aspiración de este humilde cronista es dejar de oír lamentos estériles y poder narrar algún día nuestro esfuerzo racional. Sólo entonces me convenceré de que somos independientes, porque habremos sido capaces de defender cuanto es nuestro, empezando por nuestras propias vidas, nuestra seguridad y la de nuestros hijos.
Créanme, estimados amigos: no es cómodo, no es agradable, basar tu vida en la buena o mala voluntad de los otros; los negros, los africanos, los guineoecuatorianos, preferirían no tener que pedir favores a nadie; nos sentiríamos mucho mejor si viviésemos de nuestro trabajo en nuestros propios países, sin imponer nuestra presencia a nadie; no es normal vivir en la reivindicación permanente; lo normal sería ser considerado y tratado como personas como las otras, con sus derechos y deberes. Y ello sólo se puede lograr viviendo en nuestro suelo patrio, el derecho más elemental. Por eso la sola existencia nos obliga a combatir a quienes nos condenan a la indignidad. Por eso no pueden satisfacernos apaños como los propuestos desde los países desarrollados -el último anteayer- pues tienden a perpetuar la injusticia que nos obliga a huir.
La solución es que el africano viva en paz y libertad en su país, y Europa debe propiciar los cambios que nos permitan librarnos de los tiranos que nos sojuzgan amparados por esa misma Europa. Si España no quiso impedir la victoria de Macías a sabiendas de lo que vendría, y cuando vino prohibió hablar de ello aquí, en una clara maniobra de protección, ahora España -o al menos determinados pero poderosos españoles- sostienen la segunda tiranía, y tenemos la obligación de decirlo y de combatirles.
El comportamiento de nuestra antigua potencia colonizadora sigue siendo cuestión determinante, ineludible, para completar este compendio apresurado. Se diría que España está supeditada a las directrices de los sátrapas de Malabo. Sensación que me lleva a preguntarme, a veces en voz alta, qué esconden las mullidas alfombras del Palacio de La Moncloa. Quede claro desde el principio que, en mi concepción, y conociendo muy bien este país tras 54 años de residencia, España es una continuidad, del mismo modo como lo es Francia para los francófonos, no importa si gobierna la derecha, el centro, la izquierda o los mediopensionistas.
Por eso no entraré, como jamás hice, en las disquisiciones sobre sus distintos Gobiernos y sus luchas partidistas internas. Intento ser coherente, al no haber tenido nunca su nacionalidad, por decisión personal. Conozco algún detalle de primera mano, soy consciente de muchas cosas, pero, como guineano, mi mirada está obligada a contemplar la actuación de España como un todo, desde Franco hasta ahora mismo. Carezco de la soberbia de quienes se dan una vuelta por mi país, hablan con algún compatriota, leen cuanto nos dejan publicar y se erigen en “expertos” y pontifican sobre nosotros…
Las empresas coloniales, ante el inminente riesgo de perder sus inversiones, rivalizaron en cooptar a secuaces encargados de velar por sus intereses, instaurando la corrupción; esos negros súbitamente encumbrados, despreciados por los blancos según es notorio aún hoy -ellos mismos lo declaran y escriben sin pudor- se vieron ensalzados por una masa a la que a su vez menospreciaban, de lo cual puedo dar testimonio personal. Aquellos altos funcionarios sin función se constituyeron en una minúscula burguesía ociosa, parasitaria, engreída, que vivía del chanchullo; su tarea se reducía a pasar unos minutos al día por la oficina para firmar y cobrar, convertida en burda imitación caricaturesca de los blancos; resultaba más fácil encontrarles en bares y discotecas, rodeados de jovencitas de la edad de sus hijas, que en sus despachos y domicilios.
Quizá las únicas excepciones a esta novedosa conducta escandalosa, que por desgracia caló profundamente en nuestra sociedad, fuesen el vicepresidente Macías y el consejero de Educación, Luis Rondo Maguga. En esos cuatro años de Autonomía asomaron prístinos los signos de cuanto vino después: las Diputaciones Provinciales y otros organismos concedían becas de estudio en España, pero sus principales beneficiarios no eran los estudiantes más aplicados, sino los parientes; o se otorgaban desde criterios étnicos, sin que apenas influyesen los méritos o la capacidad. Todo lo cual era sabido, tolerado y, quizás, estimulado por los únicos que podían evitarlo, las autoridades españolas.
Resume con nitidez cuanto trato de exponer el amargo alegato expresado el 2 de noviembre de 1967 por su presidente, Bonifacio Ondo Edu, durante la sesión constitutiva de la Comisión Política de la Conferencia Constitucional: “El vacilante régimen autónomo, plagado de incertidumbre y sin poderío (…) se estableció con unos amplios márgenes de limitación, sin potestad ni atribuciones suficientes para el mejor desenvolvimiento del gobierno montado”; así, un período que debió ser de “entrenamiento político” -según parecía razonable esperar, y así se concibió desde ciertas instancias españolas- se convirtió, en la práctica, en “un auténtico caos”, en palabras de quien lo encarnaba como figura principal.
Uno de los ejes del “caos” fue la atomización del nacionalismo, iniciado con la división en dos de la “Provincia Ecuatorial”, en 1959. Durante el período autónomo, se crearon agrupaciones políticas de corte tribal; de ahí que la delegación guineana acudiera desunida a la Conferencia Constitucional; el único nexo era la raza, al ser todos negros; la negociación con los españoles sobre la independencia y la redacción de la Constitución se convirtió en un nido de grillos, según reflejan con nitidez las actas; pero, siendo un importantísimo documento, dicha transcripción literal no refleja todo el ambiente, al limitarse a recoger las palabras pronunciadas en la sala de reunión del Palacio de Santa Cruz; la intrahistoria, cuanto ocurría en los pasillos, en los hoteles, bares, restaurantes y discotecas -los ecos que han llegado hasta nosotros- es mucho más sustancioso. Resumido: a las enconadas rivalidades étnicas se sumaron las luchas, intrigas y traiciones para alcanzar el poder que ya palpaban.
Al mismo tiempo, y pese a su aparente monolitismo, afloraban las resquebrajaduras de las familias del franquismo -falangistas, tecnócratas, democristianos, aperturistas, inmovilistas, etc.-; cada una tenía su “idea de Guinea” y hacía lo posible por atraerse adeptos sin menoscabo del recurso a la corrupción. Entre esas rivalidades soterradas, la más notoria es la pugna indisimulada entre los partidarios del almirante Carrero y la facción del ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella.
Además de revelar al nacionalismo guineoecuatoriano la vulnerabilidad de los colonizadores, tal pugna ilustra con precisión la instrumentalización de nuestra descolonización por el tardofranquismo: Castiella era favorable a conceder la independencia porque aspiraba a permutarla por la retrocesión de Gibraltar y, al tiempo, mejorar la imagen internacional del régimen; y no ocultaba su hostilidad hacia los elementos “cerriles” -vocablo oído por mí de su boca durante las dos o tres entrevistas que me concedió en el verano de 1969- que rodeaban al vicepresidente, opuesto a la independencia o, a lo sumo, sólo dispuesto a concederla a la región continental; su tesis se articulaba en mantener a Fernando Poo y Annobón en la órbita española, para lo cual se barajaron diversas fórmulas: prorrogar el statu quo colonial, integración “a la puertorriqueña” o independencia separada.
Ante el fracaso de tales planes, inadmisibles para la mayoría de los delegados por ser contrarias a la doctrina internacional emanada del Comité de Descolonización de Naciones Unidas y a las directrices de la Organización para la Unidad Africana -recordemos que a pocos kilómetros de Fernando Poo se libraba la terrible guerra de Biafra- Carrero se resignó…
A lo largo de 1968, el Gobierno español realizó una campaña absolutamente irreal sobre el nuevo Estado que “surgía de sus entrañas” como “alumbradora de naciones”. Se divulgaron datos inciertos, o difícilmente contrastables, sobre el altísimo grado de civilidad de los “nativos”, sus envidiables niveles de escolarización, desarrollo económico, renta por habitante, sanidad, infraestructuras y, sobre todo, como devotísimos practicantes de la religión católica. “La Suiza de África”, bautizaron a Guinea Ecuatorial los medios de comunicación, dentro y fuera de España.
Por eso la victoria de Macías disgustó en Madrid, al tratarse del peor augurio para los intereses de la metrópolis. El triunfo del candidato menos proclive a entenderse con España activó las maniobras de desestabilización, alentadas por la errónea percepción de Macías como un presidente débil; en sus cálculos, las personalidades fuertes del Gabinete constituido en Santa Isabel eran Edmundo Bosió Dioco, vicepresidente de la República tras el fácil apoyo logrado por Macías de la Unión Bubi; y, sobre todo, Atanasio Ndongo, ministro de Asuntos Exteriores, tras el acuerdo de coalición suscrito con el MONALIGE en vísperas de la segunda vuelta.
Al margen del juicio que merezca la gestión de Macías -infame en mi opinión-, son claros esos signos de hostilidad ya en los primeros meses de independencia: incumplimiento sistemático de los acuerdos de asistencia técnica y cooperación financiera firmados durante el período transitorio; displicencia -a menudo abierto desprecio- por parte de los funcionarios españoles que permanecían en Guinea al amparo de dichos acuerdos, que se negaban a trabajar (o lo hacían a desgana) bajo las órdenes de quienes días antes eran sus subordinados; la prepotencia del primer embajador, Juan Durán-Lóriga… y mucho más.
Todo lo cual desembocaría, apenas cinco meses después de arriada la bandera de España en la Plaza de España (hoy Plaza de la Independencia) de Santa Isabel (ahora Malabo), una crisis que las autoridades españolas fueron incapaces de gestionar, y prefirieron declarar secreto oficial toda información procedente de su excolonia, la famosa materia reservada. Se comprenden sus razones: ¿cómo justificar adecuadamente ante sus propios ciudadanos y ante la opinión internacional que “los negros más civilizados de África” cometieran actos de barbarie tan increíbles pocas semanas después de recuperar su soberanía? ¿Cómo mantener el mito de la “descolonización modélica”, de los “doscientos años de cristianización”, ante los espeluznantes sucesos que tenían lugar en las provincias recién descolonizadas apenas firmada el Acta de Independencia?
Ante la imposibilidad de ocultar tan alarmantes y vergonzantes realidades, debido a la dramática y apresurada repatriación de los miles de españoles que llegaban de Guinea con lo puesto, Franco y Carrero prefirieron meter la cabeza bajo el ala y esparcir la visión racista: “ya se sabe que el negro es y será siempre un negro…”, etc. etc. La consecuencia inmediata de la traumática descolonización fue que España retomó el “abandonismo” en que mantuvo sus colonias africanas tras el “expolio” que, en la opinión de su clase dirigente, supuso el Tratado de París de 1900, que acentuó el “ensimismamiento” denunciado por la Generación del 98 tras la pérdida de las últimas colonias en América y Asia. Actitudes que perduran. Y como Guinea Ecuatorial quedó borrada de la conciencia de los españoles, poco importa ya cuanto ocurra en una más de las infinitas, absurdas e incomprensibles tiranías del África poscolonial.
Todo lo cual indica dos cosas fundamentales: primera, que los españoles nunca han hecho el esfuerzo de conocernos, de lo cual puedo dar testimonio, al haberles observado muy de cerca durante mi estancia en Guinea entre 1985 y 1994. Vi y anoté también entonces que, salvo pocas pero honrosas excepciones, los españoles, por muy progresistas que sean en su país, en África no parecen haber superado el complejo del colonizador, según lo formulara el sociólogo francés Albert Memmi en su libro Retrato del Colonizado. Precedido del retrato del colonizador (1957).
Por ejemplo, continúan dividiendo a los guineoecuatorianos en dos categorías inicuas, proespañol o antiespañol, según se defienda o cuestione la colonización y sus consecuencias, sin que perciban los matices. Se carece de la madurez suficiente para entender que se puede halagar los oídos a los incautos con proclamas retóricas mientras se socavan los verdaderos intereses de España; y, por el contrario, se puede ser proespañol desde el anticolonialismo, del mismo modo que la inmensa mayoría de los francófonos son profranceses, aun cuando vemos y leemos a diario sus diatribas contra los aspectos de la política francesa que consideran les perjudican; en otro ámbito lingüístico-cultural, Samora Machel, Amílcar Cabral y Agostinho Neto lucharon con las armas en la mano contra los portugueses y, tras la descolonización, sus respectivos países colaboran muy estrechamente con su antigua potencia colonial en todos los campos, y nunca han renegado de la lengua y cultura lusas; es más: durante la reciente crisis financiera, Portugal se libró del rescate gracias al petróleo y a los diamantes de Angola.
Termino enunciando la segunda cuestión formulando algunas preguntas. Tras lo expuesto, pálida descripción de los horrores que padecemos desde hace medio siglo, ¿creen que mereció la pena ser independientes? ¿Hubiera sido mejor, según sostienen algunos compatriotas y muchísimos europeos y norteamericanos, que permaneciésemos bajo la tutela de los europeos? En otras palabras, ¿es Guinea Ecuatorial un “Estado fallido”? Mi modesta opinión es que, pese a las amarguras, por mucho que se sufra, no parece ni razonable ni tolerable que otros vengan a imponerte sus normas en tu propia casa, y menos si ni siquiera les has llamado. Si la aspiración de todo reo es salir de la prisión y su primer deber es tratar de escapar, ¿cómo no comprender que quisiésemos ser libres, cuando el colonialismo no fue sino la esclavización del africano en su propia tierra, cuando ya fue innecesaria su deportación? Señoras y señores, amigos todos: Guinea Ecuatorial no es un “Estado fallido”.
Como en el resto de las naciones africanas, se trata de situaciones aparentes, coyunturales, que ni son producto de la fatalidad ni se deben a designios esotéricos, ni a supuestas maldiciones bíblicas. Aunque vivimos con creciente alarma la imperceptible pero inexorable exaltación de aquel período oscuro, de intenso dolor para millones de seres humanos, estamos persuadidos, desde nuestras convicciones, de que el fallo está en el perverso modelo impuesto y, también, en nuestra errónea percepción en 1968. La conclusión resulta entonces obvia: reformulemos el concepto del Nacionalismo y refundemos el Estado.
No me refiero exactamente a que copiemos miméticamente sistemas políticos foráneos; eso nunca funcionará; la democracia puede y debe adaptarse a las características propias de cada país, basadas en la Historia y en la cultura de cada lugar; no existe un modelo estándar, exportable automáticamente. Pero convengamos en que todos los países democráticos, pese a sus diferencias metodológicas, tienen rasgos determinantes comunes: en todos ellos está asegurado el respeto de las libertades individuales y colectivas, todos estimulan la libre iniciativa y consagran la legitimidad de la propiedad honestamente adquirida; son Estados de Derecho en los cuales “la Justicia reconoce lo justo”, según la máxima confuciana.
Y cuando aspiramos a tales objetivos, no es por el simple afán o impulso de imitar cuanto vemos y anhelamos en otras latitudes; no quisiéramos ser meros trasuntos de europeos. El Estado que proponemos se fundamenta en la reafirmación en los valores de libertad y tolerancia que perdimos con la traumática intromisión del colonialismo en nuestras vidas, que borró las estructuras sociales, políticas, culturales y económicas que sustentaron nuestras instituciones, reducidas a simples recuerdos románticos o a grotescas caricaturas. Podemos y debemos adaptarlas a nuestro siglo. En este empeño, y ante la perspectiva de cambios determinantes, considero temerario conformarse con poses y apariencias; el diseño de un país ávido de libertad y desarrollo requiere actores de perfil nítido y trayectoria intachable, personas honestas de acreditados y sólidos principios morales. Existen. Y es preciso encontrarlas, para no tener que lamentar los desmanes de un tercer tirano.
Infinitas gracias por su atención.»