Por Francisco J. Elá Abeme
No quiero profundizar en el tema, a pesar de su importancia y su preocupante situación. No quiero que alguien me argumente con eso de…» Si no se ocupan de cosas más serias».
Pero tengo interés por saber si nuestras tiranías africanas despliegan algún esfuerzo intelectual y material por estudiar, profundizar, investigar y conservar nuestras culturas tradicionales. Y no como un simple costumbrismo, sino como grandes aportes a la cultura universal.
Me consta que Nigeria, Ghana y Camerún, entre otros, hacían esfuerzos en este sentido. Pero como en África caminamos como los cangrejos, me temo que, en el peor de los casos, no ha habido avances.
No sé si en las universidades africanas hay cátedras o si se fomentan tesis doctoral o masters en el estudio de nuestras culturas, empezando por la pureza de nuestras lenguas, hoy muy amenazadas por esa manía de hablarlas con las muletillas en inglés, en francés, en portugués y, sobre todo, en castellano.Nadie hace el esfuerzo de mantener lo genuino de nuestras lenguas. El «pero», «como», «si», «familia», «es que»…jalonan nuestro hablar coloquial irreflexivo que, al final, se constituyen en un verdadero atentado a nuestras lenguas. Si seguimos así, en definitiva,no hablaremos bien ni las lenguas maternas ni las oficiales.
Siempre he sostenido que, por poner un ejemplo, el castellano, para el Pueblo guineano, debe ser considerado como lengua materna. No es una herencia colonial. Es la lengua que nos une. No debemos hablar el castellano como una lengua que España nos prestó y que algún día le devolveremos. Es nuestra lengua. Tan nuestra como la considera un burgalés.
Cuando a mí me preguntan por cómo sigo hablando bien el fang (esta mezcla de okak-ntumu que hablo) y con profundidad, siempre doy la misma receta: yo siempre pienso en fang, luego me traduzco.
Esto me pasa tanto si se trata de una conversación informal, coloquial, familiar, como cuando estoy sentado en los estrados y tengo que informar a la sala. Me pongo en el papel de mi padre, que se encargaba de la ponencia, en la casa de palabra, cuando explicaba a las partes el fallo del tribunal.No se trataba solo de dictar un fallo. A la hora de explicar el parecer del órgano juzgador, al no existir sino ese tribunal de instancia, había también, y sobre todo, que convencer a las partes sobre el fallo. Era la garantía de la imparcialidad del órgano juzgador.
Pues, bien. Es lo que hago, cuando pído justicia para mis defendidos: pienso en fang, argumento en fang, hago oratoria, buscando giros y expresiones, que luego traduzco, cuestión de agilidad mental, para que me entiendan los presentes, empezando por el juez o tribunal.
Pensando y razonando en fang, terminas hablando y conservando –limpio de impurezas– el fang y hablando un castellano aceptable, como me ocurre a mí.
En definitiva, me preocupa el abandono que sufren nuestras culturas tradicionales de parte de nuestras tiranías. Sobre todo, si tenemos en cuenta que el colonialismo las dejó heridas de muerte.Y, con esto, por hoy,
¡He dicho!