Dejaré esta hermosa mar cristalina que brama,
que runrunea, que resuena y grita;
cubierta de joyas, de merluzas.
Dejaré los fuertes vientos venidos del sur,
del norte, del sureste
y estas costas elevadas, pedregosas.
Dejaré estas playas de finas arenas,
golpeadas sin cesar por las gigantescas olas.
Dejaré mi corazón, mi melódica poesía,
a la merced y medida del pasar de los tiempos.
Dejaré esta juventud misógina,
cada vez estremecida, incomprensible;
marchitada por los aduladores.
Dejaré estas tierras, sus tardes color púrpura,
su tenue perfume, cuando se muere el sol.
Oh soledad, soledad… tan trágica y tremenda soledad.
Dejaré mi lecho, mi ciudadela,
mi hogar, mi Annobón.
Francisco Ballovera Estrada.
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