Por José Eugenio Nsue

«Nuestro bien y nuestro mal no existen más que en nuestra voluntad«(Epicteto Frigia).

Los males no vienen solos. En todas partes del mundo mundial el fenómeno de la violencia juvenil está en auge, sobre todo en los países en los países tercermundistas. América Latina (Venezuela, Colombia, Argentina, Ecuador, Paraguay, Uruguay, Haití, República Dominicana, etc) está llena de esa plaga donde los chavales, chamacos, son reclutados como sicarios, o donde ellos mismos se organizan formando bandas delincuenciales, roban, trapichean con drogas, etc; Asia está igual en bastantes países como Filipinas, Indonesia, Afganistán, Camboya, Bangladesh, Pakistán…; muchos jóvenes, por falta de oportunidades laborales, educativas, son explotados y donde hay explotación siempre hay violencia de todas las índoles la explotación sexual incluida; África, ya ni hablar; allá donde se vaya lo primero que se te choca es la presencia de los guajes (Asturias), renacuajos, impúberes deambulando por las calles de las grandes ciudades, haciendo labores propias de los adultos en sociedades civilizadas y estructuradas: cargar con bultos que pesan más que ellos, transportar mercancías de acá para allá y de allá para acá; otros hacen en sus casas labores domésticas si no asistenciales todo para mantener a sus familiares, otros son tratados como verdaderos esclavos por sus propios parientes y así son vejados, abusados sexualmente y sometidos; esta situación de desamparo y de sobreexplotación infantil les causa a muchos niños traumas irreversibles, lo que seguramente les incita a la violencia y a la criminalidad. Basta con pasar por Lagos (Nigeria), Yaunde (Camerún), Abidjan (Costa de Marfil), El Cairo ( Egipto), Luanda ( Angola), Cotonu (Benin), Rabato por Adís Abeba (Etiopía), etc; los jóvenes viven en las calles literalmente y desde ahí empiezan emplear la violencia como mecanismo de autodefensa. Pero, tampoco se libra de esta lacra el primer mundo aunque no con la misma intensidad.

En Francia, EEUU o España por ejemplo, también se habla de bandas de delincuentes juveniles (bandas latinas perfectamente organizadas, o los MENAS: Menores Extranjeros No Acompañados en el caso de España, es decir, aquellos menores de 16 años que viajan sin parientes supuestamente en busca de una vida mejor a Europa vía España por el mar en pateras o por los bajos de los camiones procedentes de Marruecos y, una vez llegados, los que llegan ya que muchos, al igual que los adultos, mueren en el intento de cruzar el Atlántico; son interceptados, internados y abandonados a su suerte sin un plan de viabilidad y sin ningún proyecto de integración, se dedican a la delincuencia y al uso de la violencia). En los EEUU, vemos con frecuencia a menores con rifles y pistolas de sus progenitores disparando a los compañeros en los colegios e institutos…

En todos esos casos, la violencia juvenil o estudiantil no deja de ser residual, anecdótica ya que en ninguno de esos países el porcentaje de los menores violentos no llega ni mucho menos al 1 % además, el comportamiento delictivo y violento de esos menores es noticia, crea alarma social y es rechazado unánimemente tanto por la sociedad en general, los políticos y las instituciones, como por los medios de comunicación en su totalidad, censuran esas actividades depravadas y salvajes.

En cambio, tratándose de la República de Guinea Ecuatorial parece ser que llueve sobre mojado. Desde la colonia, mucho antes de ella, el uso de la violencia había sido la seña de identidad de las tribus y etnias guineanas. Los conflictos tribales se dirimían con la violencia; el más fuerte siempre tenía razón, la tribu más beligerante hacía lo que quería con sus vecinos cuando esos eran endebles. La colonización vino a someter a las embrutecidas tribus y etnias con la violencia y con el uso de la fuerza aunque se justificaban con que era una fuerza legítima y se usaba para corregir, cristianizar, civilizar y humanizar a los retrógrados y salvajes indígenas…, de ahí la desdichada expresión con la que crecimos según la cual: ‘la letra entra con el palo’, o sea, había que pegar para enseñar; los misioneros tenían la licencia en nombre del Cristo occidentalizado de abofetear hasta a los novios en el altar a punto de casarse si no sabían bien el catecismo, a los niños ser golpeados si se comportaban mal o no sabían igualmente los Mandamientos, el Padrenuestro o el Avemaría…

Esta violencia que nos ha amedrentado y desactivado a los guineanos ha subido de escala de manera exponencial desde que la familia de los NGUEMA gobierna el país. Si la gente con una cierta civilización y humanidad como eran los misioneros y demás colonos europeos habían adoptado como sistema para «educar» el uso de la violencia, ¿ qué podíamos esperar de unos asilvestrados, rudos y catetos procedentes de la selva tropical en cuanto a la utilización de la violencia tanto como mecanismo de la defensa como instrumento para la perpetuación de su poder. Como muy bien lo subraya el inigualable Fernando Abaga Edjang: ‘el monarca de Akoakam (él lo llama Fundador) ha logrado «normalizar la violencia, la tortura, la deshumanización del prójimo»‘. La violencia en el país de la «paz reinante«, «hacer el bien y evitar el mal «‘, se ha convertido en el idioma, el único idioma, oficial que todo el mundo habla. Los actos de barbarie, las humillaciones, las peleas tumultuosas, los linchamientos públicos, las agresiones policiales, las torturas, ya no digamos los insultos y vejaciones son el pan nuestro de cada día; para los habitantes de la Guinea Ecuatorial de los Obiang Nguema ya no les conmueve un acto violento; es más, al no haber salas de cines, de teatros ni librerías en el país, los actos violentos se han convertido al deporte nacional por excelencia.

Cuando los mayores actúan así, ¿ cómo iban a actuar los adolescentes?

Esta semana hemos visto cómo un grupo de moscosas se cebaba con otra mocosa como en una jauría de hienas o una bandada de buitres en plena luz del día y en un lugar concurrido (Paseo marítimo de Bata); mientras los oseznos, los cachorros del régimen de alegre memoria devoraban a la víctima con puñetazos, sacudidas y amago de querer matarla, los espécimens de humanos que les acompañaban paseaban por la zona como si a nadie, se reían y sacaban fotos para inmortalizar el espectáculo sin que a nadie le conmueva lo que estaba sucediendo; en un país donde hay militares, gendarmes y policías armados hasta los dientes y hacen la vida imposible a los taxistas, si no les vuelen las cabezas, curiosamente no había ninguno solo en la zona en la zona para ir al auxilio de la criatura que estaba siendo literalmente pinchada, y aun habiendo en la zona presencia milita, seguramente estarían igualmente filmando la escena porque su misión no es garantizar y proteger a la población aun teniendo que dar sus vidas por ello, sino estorsionarles para sacarles las peras.

Violar a una mujer desde un despacho de uno de los simios en el poder, torturar a uno o una en la Comisaría, decapitar a un ser humano en su casa o en plena calle para sacarle sus órganos genitales, encadenar y desnudar a una persona y arrastrarle por las calles en presencia de todo el mundo, humillar, insultar, abofetear a cualquier ser humano públicamente en la Guinea del rey Obiang Nguema I y sus lacayos, no es un problema ni es noticia; los únicos que merecen seguridad, vida alegre y respeto son ellos, la familia real de Akoakam, hasta aquellos que se creían haber logrado entrar en el Olimpo del dios Obiang (los Ondo Nkumu, Chiqui Enri; ahora hablan de la detención del (in)defensor del pueblo, Marcelino Nguema Onguene…), nadie está a salvo.

Viendo las imágenes de esas muchachas linchando a la otra guineana igual que ellas y aquellos desgraciados que grababan la escena y se jactaban entreteniéndose con el maltrato de un ser humano, indefenso y menor, me acordé de la expresión de mi mejor amigo, hermano y compañero del alma, el claretiano Pedro Ondo Obono, asesinado en Santuario Claret de Malabo, cuando veía a los adolescentes desmadrándose: ‘el fracaso ya ha mordido su raíz».

Lo que más duele y da rabia es que mientras todo eso está ocurriendo a la vista de todos, algunos desalmados pederastas y arribistas siguen justificando y afirmando que Guinea Ecuatorial y ellos son el paraíso de África y del mundo, que aquí no pasa nada, que todo lo hacen bien y son los únicos ¡¡¡elegidos!!! para vivir como viven y hacer lo que hacen. Ellos pueden edulcorar la verdad, maquillarla y construir basílicas e Iglesias y cantar tantas misas que quieran en ese infierno de país, lo cierto es que el fracaso ya lo ha mordido.

Ya son más de cinco generaciones que nacieron con la violencia, se han criado desde la violencia y viven con la violencia. Los niños cogen los hábitos de sus padres generalmente, copian lo que ven y viven. En un país donde los referentes, los modelos a imitar son los delincuentes, torturadores, asesinos y analfabetos, ¿ qué pensáis van a ser los adolescentes? En Guinea Ecuatorial los que debían salir a la tele, hablar en público y ejercer lo que saben para servir de ejemplo para los jóvenes, son ninguneados, marginados, humillados; en cambio salen todos los días en la tele, pasean por las calles de todos el territorio nacional y vociferan en las cuatro esquinas son la escoria humana.

Las personas no lo somos por nuestro aspecto, lo somos por nuestras obras y nuestra forma de ser. A ver si os enteráis. Alguien dijo que: «l’homme c’est un animal de moeurs» (dl hombre es un animal de costumbres). Nuestra costumbre es el salvajismo y ahí nos sentimos identificados, desgraciadamente.

Así lo pienso y así lo digo; ¿ qué os parece?

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