Ante las atrocidades tenemos que tomar partido. El silencio estimula al verdugo” (Elie Wiesel, escritor nacido en Rumanía, de nacionalidad norteamericana, 1928 – 2016).

Otro de los males pandémicos que ha poseído al género humano a lo largo de la historia y su evolución, es el uso de la violencia entre iguales, entre la especie humana para resolver las diferencias así como para someter a los demás. La violencia, uso de la fuerza para conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponer algo, ha sido la principal, la única forma que los animales habían adoptado como fórmula para imponerse, dominar en las relaciones con los semejantes y con el resto de las especies, ya sea para alimentarse, para mandar o para imponer; es un estímulo instintivo, una reacción espontánea utilizada como mecanismo de autodefensa o de supervivencia para aquellas especies que se mueven más por los instintos que por la lógica e inteligencia.

A medida que las personas humanas empezaron a utilizar algo más de su inteligencia y el raciocinio, sus acciones dejaron de ser sólo instintivas a ser más razonables, el nivel de la violencia en las relaciones humanas también bajó de intensidad hasta llegar a la siguiente ecuación: a más raciocinio, menos agresividad, y a menos raciocinio, más agresividad; es decir, la gente más culta suele ser menos agresiva mientras que la gente más inculta, es la más violenta; las sociedades más culturizadas son menos violentas, y las menos culturizadas suelen ser más violentas.

A pesar de esa evidencia de la importancia de la cultura en las relaciones humanas, cada vez sigue habiendo brotes de violencia de muchas índoles en las sociedades que se creían modernas y culturizadas, tales como la violencia machista o de género donde muchos hombres siguen creyendo que las mujeres son de su propiedad y pueden tratarlas como esclavas, azotarlas, agredirlas y hasta matarlas, y viceversa; la violencia sexual en la que fuerzan al otro a mantener relaciones sexuales sin consentimiento; la violencia juvenil o infantil, la que ejercen contra los menores o entre ellos mismos; la violencia terrorista, aquella que utilizan los grupos terroristas contra los gobiernos o los estados con la finalidad de obtener un beneficio político o económico (derrocar al gobierno, separarse de un país, etc); la violencia religiosa donde un grupo fanatizado utiliza la excusa de la religión para imponer la suya; la violencia tribal o étnica, la que una tribu o etnia emplea para someter a las otras; la violencia dictatorial o las agresiones que los gobiernos dictatoriales acometen y legitiman contra todos aquellos que no se dejan someterse a sus arbitrariedades.

La violencia racista está in crescendo en todas las sociedades tanto las más desarrolladas como las menos. La pasada semana todos pudimos ver en directo cómo un cafre policía blanco norteamericano ejecutaba en plena calle y a plena luz del día a un ciudadano afroamericano, George Floyd, en la ciudad norteamericana de Mineápolis ( Minnesota) en connivencia con los otros dos policías igualmente blancos que asistían impasibles y con cara de regocijo como si se tratara de un juego virtual. Lo que ha vuelto a pasar en los Estados Unidos con un negro a manos de agentes del orden público blancos es un ‘déjà vu’ a lo largo de los tiempos. La esclavitud, las colonizaciones, el apartheid o el antisemitismo son distintas formas racistas que los pueblos vienen practicando sobre los más débiles con un componente común: el uso de la violencia. Algunas razas, grupos étnicos, clases sociales o continentes enteros, se creen superiores con respecto a los otros y justifican el uso de la violencia y la agresividad para someter a los demás cuando no debía ser así porque todos somos humanos; para algunos, creados por Dios como obra suprema y excelente porque nos hizo a su imagen y semejanza; para otros, somos fruto del hazar, de una concatenación de fenómenos fortuitos que provocaría la Gran Explosión, el Big Bang; en todos los casos, todos los seres humanos estamos dotados de un espíritu (alma) y de un cuerpo; todos sentimos, tenemos conciencia y dignidad, y no hay razón de ser creerse superior, maltratar a los semejantes ni a discriminar.

Lo que pasa con los negros especialmente y con los latinos en los Estados Unidos, de alguna forma pasa también en todas partes que presumen de ser sociedades civilizadas. Hasta ahora nos habían dicho que los cuerpos y fuerzas de seguridad estaban al servicio del bienestar de las personas sin excepción; el uso de la fuerza legítima que se les reserva a la policía era precisamente para combatir la delincuencia y el vandalismo, pero aun así, los delincuentes también tienen derechos y su tratamiento debe ir acorde a la normativa y nunca excederse como hacen algunos elementos de las fuerzas del orden público con los más vulnerables, los negros, los latinos, los gitanos o los magrebíes; la fuerza utilizada de un policía en el desempeño de su cometido, debe ser proporcional pero, reducir a una persona indefensa, sin camisa y desarmada, tumbarla al suelo, apretarle el cuello con la rodilla hasta ahogarla sin que pusiera resistencia ninguna, mientras los demás se limitan a presenciar la escena como lo hicieron con George Floyd, simplemente es una salvajada, una animalada. Esto demuestra que hasta en las sociedades civilizadas también hay, camuflados, verdaderos salvajes, asilvestrados, unos odiosos que nunca debían vivir entre los humanos porque son inhumanos.

Antes fueron los israelitas en manos de los egipcios, después las colonias frente a los romanos (el Imperio romano), la trata negra por el Occidente (la esclavitud), los judíos frente a los nazis ( el antisemitismo), los refugiados, los inmigrantes ilegales frente a los países ricos, los pobres frente a los ricos; la discriminación que conlleva a la violencia racial y xenófoba sigue siendo la plaga que asola la humanidad, y su antídoto sigue siendo la educación y la manifestación activa de rechazo así como el combate contra esas actitudes ridículas y retrógradas.

Ante las atrocidades como el asesinato de George Floyd, me viene a la mente el poema atribuido a Bertolt Brecht pero que finalmente fue de un pastor luterano alemán, Martin Niemoller:

Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada
“.

La lucha contra las injusticias debe ser tarea de todas las personas de bien, de todas las personas con conciencia, de personas cabales porque si no, no habrá quien defendernos cuando nos toque. Debemos de luchar sin cuartel por nosotros, por nuestras libertades y dignidades, por nuestros hijos, por los hijos de nuestros hijos; por una humanidad libre de plagas sociales como el racismo, la xenofobia, la violencia de género, las dictaduras, la pederastia, el tribalismo, el etnicismo, la homofobia…

Así lo pienso y así lo digo; ¿ qué os parece?

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