Respuesta de Donato Ndong a las calumnias de Moto

DE LA SABIDURÍA FANG

Cierto pacífico aldeano se bañaba tranquilo en el río. Se acercó sigilosamente el loco del pueblo -cada pueblo tiene su loco- cogió la ropa depositada por el bañista en la orilla y echó a correr. Sin pensar, el aldeano salió raudo tras el loco, reclamando su vestimenta. Llegados ambos al poblado, los lugareños se mofaban del hombre desnudo que corría tras un loco gritando desaforadamente. “¿Cuál de los dos está más loco?”, se preguntaban entre carcajadas.

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En el patio de un poblado, un niño enrabietado, quizá de tres años, arremetía a golpes contra un hombretón fornido. Desde el abaha, la gente contemplaba risueña la escena: las pataditas y puñetazos del chiquillo ni rozaban las rodillas del grandullón. La reacción de éste indignó a todos: con un violento bofetón, tiró al niño al suelo, haciéndole sangrar. La decisión fue unánime: condenaron al extrañamiento al mayor -la pena máxima en la cultura ancestral- porque había acreditado su cariz antisocial: no merecía vivir en comunidad humana.

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¿Esperan los envidiosos la reacción del aldeano, que se emule al loco? ¿O un comportamiento como aquel “mayor”, irresponsable y cruel? No está en nuestra esencia. No mellan rabiosas arremetidas de vagos que, incapaces de construir siquiera su propia vida, se parapetaron tras “la política” (sin saberla tampoco ejercer) para estafar por doquier. Pretenden arrojar sobre cuantos no les bailan el agua la bilis de su inmensa frustración, e inventan calumnias y maledicencias, inverosímiles para conocedores de nuestras realidades y seguidores de la trayectoria de nuestros ciudadanos. Nada, entonces, que justificar: los incautos predispuestos a creer los infundios deben exigir pruebas al acusador, no al acusado. Vivimos en una sociedad libre -que desearíamos extender a la nuestra- en que cualquiera dice lo que le place. ¿Cómo no compartir las palabras del semiólogo Umberto Eco, “las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas“? Ante tanta ingratitud, insidia y mezquindad, viene al caso el adagio: “el mayor desprecio es no hacer aprecio”. Porque el tiempo, juez implacable e inapelable, pondrá a cada cual en el lugar que merezca.

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