Por Edjanga Divendu Jones Ndjoli

Hace unos días que sucedió el incidente de Bata y sigo sin poder creérmelo. Continuo sin ser capaz de asumir las imágenes que he visto y creo que he tardado en reaccionar, en coger el teléfono móvil y preguntar a los familiares y amigos si se encontraban bien.

Tengo mucho cariño a Guinea Ecuatorial, sin embargo, vivo con cierta distancia las cosas que suceden allí como parte de una realidad paralela a la mía. Donde los hechos parecen de un rango inferior; un país del que España no se haría eco de ninguna de sus noticias, a menos que no fuera para recordar la presencia del eterno dictador o las extravagancias de su hijo.

Creo que eso se debe a la relación íntima y personal con la que crecemos aquellos que llevamos Guinea en el corazón. Una comunidad tan pequeña en España como ignorada. Entonces las anécdotas y los hechos son cosas que solo saben unos pocos, aquellos que conocemos el lugar o que lo hemos visitado de forma asidua.

Guinea es un imaginario personal del que a veces soy muy celoso, y del que me siento gratamente enorgullecido de poder hablar con cierta autoridad sabiendo que otros no saben nada.

Pero esa esquina de la realidad en la que he asumida que se encuentra Guinea se ha roto. Se ha desintegrado al ver las imágenes duras, violentas e inimaginables de la muerte y del sufrimiento de personas que para mí son desconocidas, pero también cercanas de alguna forma.

El horror de la televisión juega siempre en un lugar lejano en mi posición: guerras en el Congo, matanzas en México, desastres naturales en el Caribe…

Recuerdo que al ver los atentados el 11 de septiembre fue algo parecido a estar observando una película. El terror de la pantalla no nos amilana, nos hace más fríos, incluso cuando conoces los escenarios de lugares tan emblemáticos como Nueva York, Londres y Paris. Las bombas en aquellos los lugares juegan una esencia estética de grandiosidad o miseria que esta en las entrañas de su narrativa: en la lucha de las guerras mundiales o de tantos propósitos en contra o favor de la libertad. Por ello tal vez no me sorprenda tanto ver a Europa en llamas.

Pero las terribles noticias de Guinea en esta semana me han llevado a ver que Guinea forma parte de este mundo. Y los aviones de ayuda humanitaria, las noticias de la BBC y las imágenes de niños desprotegidos no son los de Caracas, Brazil o México.

Y por primera y desgraciadamente los protagonistas son la gente común de mi país en los noticiarios de muchas partes del planeta. Formar parte del mundo significa estar presente para lo bueno y para lo malo. Porque el progreso no es una camiseta que puedas vender con un eslogan diciendo libertad paz y justicia. Ni repetir mentiras hasta la saciedad secundadas bajo la coacción o el miedo.

La Guinea de hoy bajo el discurso de Teodoro Obiang, presumía de ser un ejemplo del avance y de la paz. El Horizonte 2020 iba a ser agua para todos, luz para todos, trabajo para todos…

Cuesta creer que en su comparecencia sobre lo ocurrido Obiang hable de guerra y de imprudencia, que mezcle ambas cosas con tanta tranquilidad y a la vez sin sentido y siempre con la subyacente idea de una mano negra que amenaza el orden de la sociedad.

El discurso político de Guinea se ha acostumbrado demasiado a tener la figura de un enemigo, alguien a quien a acusar o vigilar. Se necesita la idea del enemigo para que las personas que tienen la responsabilidad de responder ante la población no tengan que asumir sus negligencia o crímenes.

¿Quién es responsable de que armamento militar de esas características este cerca de en una zona residencial?

La vigilancia y desconfianza sobre el ciudadano común es la seña de identidad de un régimen que presume de paz, y de tener a un pueblo adormecido al que es fácil contentar con muy poco. Esa vigilancia espuria y paternalista nunca ha sido en beneficio del pueblo de Guinea Ecuatorial. Y al igual que el franquismo se proclamaba el centinela de Europa, Guinea proclama su vigilancia férrea, ¿pero hacia quién?

El 2020 se ha presentado como un mazo para gran parte de los países en el mundo y como un golpe de realidad sobre aquellos países que creían tener una gestión eficiente y sana del país. Guinea no es menos, y la gestión de la pandemia se ha envuelto de cierto oscurantismo, nadie sabe muy bien que es lo que se esta haciendo y como se esta solventado la situación.

Tengo al sensación de que cualquier hecho traumático de esta negada excolonia española tiende a guardarse en el olvido, y solo hablarse en pequeños corrillos, aquellos que fueron testigos y que pasan de boca en boca su experiencia.

Pero lo sucedido en estos días no es algo que se pueda esconder como están acostumbrados las autoridades de Guinea. El mundo entero ha visto que nuestro país forma parte de los desastres que suceden en otros lugares, tal como fue la explosión en puerto de Beirut en el Líbano hace unos meses.

Y ponen de relieve la decadencia y sin razón, no hay enemigos, simplemente personas decadentes que miran hacia otro lado, que construyen grandes mansiones con muros interminables con concertinas y que no ve más allá de sus palacios porque decidieron que no hay nada que puedan hacer mas que lucrarse en medio del caos.

La imagen de las explosiones es el reflejo de la decadencia.

Me pregunto si esos lo pases militares del doce de octubre o del golpe de la libertad se contarán a las miles de víctimas como héroes caídos; si sabrán cuales son sus nombres; si contaran con algún lugar donde ser enterrados, o si serán simplemente llevados a una fosa para ser olvidados y hacer como si no pasara nada.

Tal vez algunos esperaban que el progreso era una gran fiesta con un confeti que nunca se acaba. Y por ello nunca miraron a aquellos países que con sus manos y con sus menos gestionan momentos de zozobra con crisis económicas, posibles brotes de virus, desastres naturales o accidentes de toda índole. El progreso es un gran peligro si está rodeado de irresponsabilidad.

¿Quién olvidará esto?

Tal vez el enemigo sea la población de Guinea para el Gobierno, a los que hay que castigar, vigilar y controlar. Después de décadas de explotación de petróleo lo más evidente y palpable de esta sociedad guineana es su completa desprotección a merced de cualquier tipo de atropello y negligencia. Y el enemigo que tanto se alude, solo existe para aquellos que no piensan en su pueblo como prioridad.

https://edjanga.medium.com

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