Por José Eugenio Nsue
«Servirse de un cargo público para enriquecimiento personal resulta no ya inmoral, sino criminal y abominable» (Cicerón, político, jurista, filósofo, escritor y orador romano; 106 – 43 a. C.).
Cuando desde la antigüedad empezaba haber polis (Grecia), urbes (Roma): «Comunidad política que se administraba por sí misma» o «Ciudades«, la idea de los pensadores y filósofos de la época era que para poder ordenar, gobernar y administrar las aglomeraciones de personas de distinta procedencia y distintos orígenes, había que elegir a personas especiales; personas cabales, ilustradas, dinámicas con madera de liderazgo dispuestas a trabajar por el bienestar común, la justicia social, la seguridad territorial y la felicidad colectiva; es decir, gente sabia y con principios. Así se empezó a hablar de la política (asuntos de las ciudades) y de los políticos (personas que se dedican a los asuntos de las ciudades).
La política entonces no se concebía tanto como una profesión, sino como un servicio a la Comunidad. Un político debía ser alguien que se compromete a trabajar exclusivamente para solucionar los asuntos, los problemas de los ciudadanos, garantizar su seguridad y la del territorio nacional. Así lo han entendido los políticos de casi todos los continentes del mundo, no sin mucho sacrificio y muchos psicópatas que habían utilizado la fuerza y la violencia para llegar al poder y en lugar de cuidar a las personas, las maltrataban y las sometían; menos África cuyos gobernantes no se han enterado de que el arte de hacer política es un servicio y no un medio de subsistencia, de enriquecimiento personal y un medio para el mantenimiento de la familia.
Los gobernantes de los continentes hacen caso a sus Constituciones y sus Cartas Magnas, acatan sus leyes y, para ser elegidos o pedir el voto de sus ciudadanos, presentan proyectos o programas que prometen y se comprometen a cumplir. Entre que sus respectivas Constituciones les delimitan los mandatos y el hecho de que todos los que se postulan a ser gobernantes en esos continentes tienen profesiones, carreras o son grandísimos empresarios que venían ejerciendo mucho antes de llegar a la política y en el poder; por otra parte, existe en esos continentes el derecho y la costumbre de la jubilación, el derecho a poder descansar y a gozar de la vida después de la vida laboral y así poder despedirse de este mundo en paz. Ahí vemos a expresidentes de muchísimos países de todos los continentes disfrutando de la vida, de sus familias; algunos trabajando en sus anteriores profesiones, otros dando conferencias, charlas y clases magistrales en los simposios, congresos y universidades, y si no defendiendo causas nobles a nivel mundial. El deseo de todos los gobernantes de todos los continentes es dejar una historia o legado con lo que acordarse de él; procuran y buscan que se acuerden de ellos por una obra construida, alguna reforma acometida o leyes adoptadas que beneficiaron y mejoraron la vida de los ciudadanos durante sus mandatos.
En cambio, ¿qué tenemos en África? África es el continente con el mayor número de presidentes longevos en el poder sin ser monarcas; para ver a un expresidente africano viviendo en su país, con honores, respetado y con dignidad, sigue siendo noticia de alcance mundial; es más fácil encontrarse con un ornitorrinco en la Gran Vía de Madrid antes de ver a un expresidente africano en libertad y feliz. El poder en África está concebido como un medio de vida y no como un servicio para la nación; la inmensa mayoría de los gobernantes africanos, si no todos, cuando llegan al poder lo hacen pobres, sin carreras y sin una profesión digna reconocida; muchos, a lo sumo, fueron guardias coloniales o «militares» a los que, para burlarse de ellos, se les condecoraban con chapas o insignias sin valor y sin mérito; otros se autocondecoraban desde emperadores hasta mariscales pasando por Capitanes Generales sin haber pisado ninguna Academia Militar ni Escuela de Oficiales como nuestro Capitán General de los ejércitos; de esta forma, consideran el poder como una oportunidad para cambiar sus suertes personales, vivir como personas, criar a sus familias amplísimas a costa de los recursos naturales y de los bienes del Estado como si fueran un coto privado o una empresa familiar, o una agencia de colocación para colocar a los suyos para que vivan del cuento; llegan al poder sin programa, sin proyecto nacional; una vez en él no saben qué hacer con él, tampoco están dispuestos a dejarlo bajo nada del mundo. Ahí tenemos a nuestro campeón olímpico, el vetusto rey de Akoakam Obiang Nguema I, 42 años ininterrumpidos de Presidente, enfermo (no puede mantenerse sentado, según los que han ultimado verlo), viejo y falto de ideas, pero sigue postulándose como candidato a las próximas elecciones (claro, es el único hombre del país); Paul Biya, más de 39 años en el poder, viejete, enfermizo y sin fuerzas; el país se ha dividido entre el norte anglófono y el sur francófono; los rebeldes (terroristas) hacen los que les da las ganas con la población y él, aferrado en la poltrona presidencial sin hacer nada; Alí Bongo, otro fantasma; estuvo al lado de su padre Omar Bongo cogobernando y tras la muerte de ese, accede al poder como si fuera una herencia familiar desde el 2009; enfermo de gravedad (sufre de hemiplejia) lo que le impide a seguir ejerciendo como Jefe de Estado, pero ahí le vemos haciendo el ridículo en público al no poder mantenerse ni sentado; tampoco está dispuesto a dejar el poder.
Así podemos seguir con decenas de Presidentes africanos que llevan décadas en el poder y no piensan dejarlo: Denis Sassou Nguesso de Congo Brazaville, más de 37 años; Yoweri Museveni de Uganda, más de 35 años en el poder; Isaías Afwerki de Eritrea, más de 28 años; Ismael Omar Guelleh de Yebuti, más de 22 años; Paul Kagame de Ruanda, más de 21 años, etc.
A pesar de todo ese tiempo, nada cambia en África, no hacen nada para que los africanos no tengamos que vernos obligados a huir de nuestros países, de nuestro continente en busca de una vida mejor. Hasta en nuestro propio continente, hay africanos que maltratan a otros africanos venidos de fuera tal es el caso de Guinea Ecuatorial esos días donde la familia presidencial encabezado por Tontorín Nguema Obiang al que su padre le ha investido Vicepresidente de la familia encargado de la seguridad y defensa, se le ha ocurrido detenerlos, maltratarlos y expulsarlos y se permite hacer un discurso xenófobo, demagógico y estúpido. Decir que los extranjeros que están en el país lo han invadido, son unos invasores cuando él es el encargado es el responsable de la seguridad y la defensa nacionales, son los dueños de todas las administraciones locales del país donde se supone que dan las licencias municipales para realizar cualquier actividad comercial o mercantil; es una prueba de su inutilidad. Claro, ellos, los Obiang, no son responsables de nada pero son los dueños de todo cuanto existe en el país; lo de burlarse de los borregos y corderos guineanos con que no pueden abrir negocios, no es novedoso; a pesar de ello, les van a aplaudir.
Toda esa gente ves tan despiadada, tan miserable y tan absurda que no se quiere ni así misma. ¡Qué bueno es envejecerse en su aldea o mansión rodeado de los seres queridos disfrutando de la vida, viajando, instruyendo a los jóvenes hasta que el ciclo vital se cierra! Como lo hacen los otros expresidentes de otras naciones que pasean, imparten su saber, comparten sus experiencias y disfrutan de sus familias; en cambio, ahí los tenemos a los gobernantes africanos babeando y deambulándose como los zombis del ‘Thriller de Michael Jackson‘. ¿Realmente merece la pena acabar así?
Así lo pienso y así lo digo; ¿qué os parece?
Patético… pic.twitter.com/nFfHvUieuo
— Josimar Oyono Eseng (@OyonoEseng) November 13, 2021