Una jornada con el famoso Donato Ndongo-Bidyogo, historiador, escritor y periodista

Notas:  Leer o estudiar una obra literaria de buena factura, conlleva generalmente alguna voluntad de conocer al escritor.  La belleza de la escritura textual, el desenlace del relato, la intriga, la sensibilidad narrativa, la visión e ideología del escritor son, entre otros, los preciosos ingredientes que no dejan al lector indiferente en el momento de su lectura. Así, movido por esta curiosidad de entender mejor las obras de Donato Ndongo-Bidyogo Makina, ya conocido por la constancia y fuerza de sus ideas, hemos decidido presentarle un cuestionario, cuyo objetivo es recoger de él una serie de respuestas asignadas a sus obras.

¿Porqué y para qué el título metafórico: Las tinieblas de tu memoria negra?  

Primero, agradezco sus elogiosas palabras sobre mi trayectoria y mi obra. Estimula percibir el interés que suscitan en lectores de diversos ámbitos culturales, y más si, como en su caso, se trata de africanos. Respondiendo a su pregunta, el título sugiere -no pretende explicar- al lector el contenido de la novela: un ejercicio de interiorización para bucear en el espíritu del pueblo guineoecuatoriano y encontrar respuestas a preguntas básicas: ¿qué nos pasó? ¿Por qué somos así y no de otra manera?

¿La ilustración de la portada de Las tinieblas de tu memoria negra (1987) tiene alguna peculiar simbología?  ¿Cuál podría ser la interpretación de su significado?

Esa novela tiene ahora mismo cuatro ediciones en español, una en francés y otra en inglés, y se están preparando las traducciones al portugués y al alemán. Cada una de esas ediciones tiene una portada diferente. Desconozco si es así con todos los escritores, pero, en mi caso, son los editores quienes diseñan los libros y escogen la portada; algunos, a lo sumo, me envían las pruebas -incluida la ilustración de la portada- antes de la impresión. En el caso de la primera edición de Las tinieblas de tu memoria negra, ni escogí ni influí en ello. De modo que desconozco los criterios de selección y, por consiguiente, no puedo explicar ni la posible simbología ni interpretar su significado. Cada lector puede imaginarla según su propio criterio.

El niño protagonista anónimo de Las tinieblas de tu memoria negra aboga a fin de cuentas por la reconstrucción de su país. ¿Piensa que podría ser posible como sujeto híbrido?

Si se entiende como sujeto híbrido la asunción mimética de dos culturas sin pertenecer a ninguna, es claro que ese niño no propone eso, sino una síntesis que transforme de manera armoniosa ambas herencias culturales en una sola, en la cual basar su propia personalidad. No hace mucho, el profesor Stefano Santasilla, de la Universidad italiana de Calabria, escribió que, ante la variedad cultural de nuestro mundo, la interculturalidad ya no puede entenderse como una mera posibilidad de convivencia; debemos avanzar y buscar un punto de encuentro, el plano común en que convergen todas, esos momentos, ideas y sentimientos compartidos que fundamentan el logos, en sus acepciones de discurso, elección, sentido de la existencia. El individuo, como sujeto, no puede desprenderse de su dimensión cultural, cuya expresión máxima es la comunidad; por lo cual está obligado a buscar y encontrar su propia identidad, que le libere de los fantasmas del pasado y de los miedos de la inseguridad. Crear esa comunidad nacional trasciende lo material. Es forjar un logos propio con los elementos que se poseen: Historia, tradiciones, raza, lenguas, etc., y adecuarlos al momento en que se vive. Ni vivir el presente en pasado, ni renunciar a nada esencial.

¿Qué opina de la hibridez del sujeto cultural colonial guineoecuatoriano en un mundo en que el discurso dominante es el de la Modernidad?

Siguiendo el razonamiento anterior, hibridez sugiere la posibilidad de no completa pertenencia a ninguna de las dimensiones culturales, en nuestro caso la afro-bantú y la hispánica, a la vez que se dan las condiciones que permiten remitir a las dos. No es ésa mi propuesta: la asunción de una personalidad propia, guineoecuatoriana, implica necesariamente la criba de ambas, al encarnar una nueva realidad no preexistente. Propongo, en definitiva -como he dicho en muy numerosas ocasiones- superar esa falaz dicotomía entre Tradición y Modernidad, fundiendo ambos conceptos en una síntesis armoniosa que nos permita vivir en el mundo actual, y en el mundo futuro, sin complejos de ningún tipo, simplemente como seres humanos, habitantes de este Planeta plural. El colonialismo es Historia, por mucho que aún nos condicione en determinados aspectos. En eso tampoco somos ni únicos ni diferentes de otros pueblos de la Tierra, pues no existe ningún Estadopuro, ningún pueblo ni agrupación cultural que no hayan sufrido invasiones e influencias externas que obligan a modificar costumbres, perspectivas y hasta objetivos. Debimos iniciar la construcción de nuestro país -de nuestra sociedad, de nuestra identidad, de nuestra propia personalidad- el 12 de octubre de 1968; en lugar de ello, nos dedicamos a autodestruirnos con saña. Por eso nos cuesta tanto encontrar las soluciones. Arrastramos más de medio siglo de retraso en muchísimos aspectos, incluso en el contexto africano.

El tío Abeso como protagonista caracterizado por la Tradición Fang en Las tinieblas de tu memoria negra: ¿Piensa que la tradición tiene voto en el desarrollo de una nación?

Se deduce de mi respuesta anterior: la tradición es uno de los elementos esenciales que poseemos para la construcción de nuestra personalidad, de nuestra identidad nacional. Pero no es el único. Comprenderlo es importante, porque lo contrario nos ha llevado al anquilosamiento actual. También tengo dicho y escrito que toda tradición que no se renueva lleva en sí misma el germen de su autodestrucción. Y ejemplos tenemos: mis compatriotas repiten y reproducen cada día “costumbres tradicionales”, pero sólo como mitificación de lo ancestral; porque muy pocos son capaces de explicar el sentido y la utilidad de cuanto invocan o hacen por puro mimetismo.

¿Cuál es la importancia de la “memoria” como receptáculo de recuerdos para plasmar la escritura literaria?

Pienso que la memoria lo es todo. Sin ella es imposible recordar, saber qué ocurrió, acumular experiencia, construir la vida propia y la vida colectiva, fijar, conservar y transmitir los hechos importantes para el individuo y para la sociedad. El ser humano, cuando es joven, tiende a creer que el mundo y cuanto en él ve, nacieron con él o existieron siempre. Sin embargo, es necesario hacerle ver que si hoy viaja en avión es porque desde tiempos prehistóricos el ser humano observó a moscas, pájaros, murciélagos y otras especies voladoras, y también quiso trasladarse en el aire. Lo intentó durante milenios y muchísimas personas pusieron en ello esfuerzo, inteligencia, tiempo y recursos. Otros muchos sufrieron burlas o fueron tomados por locos, e incluso murieron en el intento, pero continuó el empeño, sin desmayo, desafiando supersticiones, incomprensiones y todas las leyes de la Naturaleza. Pero hoy volamos con rapidez y seguridad. Y así con todo. Por ello es útil conocer la Historia, en sus aspectos culturales y sociales, además de los políticos. Y poseemos ahora los africanos un instrumento -la escritura- que nos faltó durante tiempo, imprescindible para recordar y poner en valor nuestras aportaciones pasadas, presentes y futuras. Es una de las razones por las que escribo. Pero no es cuestión lamentar siempre; a fin de cuentas, aunque hoy parezca mentira y no nos lo digan, la escritura no nació en Europa; de hecho, los pueblos “más cultos” en la actualidad -germánicos, galos, eslavos e ibéricos- no la conocieron, en su forma actual, hasta su romanización, y muchos de sus conocimientos y tradiciones anteriores se perdieron para siempre. Lo mismo con la Ciencia: gracias a los números arábigos pudo desarrollarse el cálculo, y con él las Matemáticas y demás ciencias conexas. En realidad, la Europa Occidental sólo perfeccionó, adaptó e industrializó ideas y conocimientos procedentes de otras culturas, y ello a partir del Renacimiento, cuando las riquezas de África (el oro del Imperio Malí, por ejemplo) y de América tras el primer viaje transoceánico de Cristóbal Colón, les proporcionaron la riqueza que aseguraba su tranquilidad espiritual. Todo ello muy similar al proceso de los pueblos negroafricanos ante la expansión del Islam y la invasión imperialista europea. Es lo natural en el avatar del devenir del ser humano sobre la Tierra, y no hay razón para avergonzarse por ello.

Las tinieblas de tu memoria negra es una portentosa obra que ha sido escrita en la época poscolonial: ¿para qué un relato en un contexto colonial?

Le agradezco el elogio.  Si se tienen en cuenta las ideas precedentes, la respuesta es obvia:  en este constante empeño en búsqueda de la propia identidad, era necesario, imprescindible, cribar ambas culturas: la heredada de nuestras tradiciones autóctonas y la adquirida a través de la colonización. ¿Qué distingue a Guinea Ecuatorial de Camerún, Gabón y Sao Tomé-Príncipe, si son Estados fronterizos, tienen la misma raíz afro-bantú y las mismas etnias, ¿divididas y quebradas tras el arbitrario reparto consagrado en Berlín en 1885? Cuando viajo a esos países -conozco los tres- no me siento tan extranjero como en Polonia o Estados Unidos; pese a lo cual, mi sentido de pertenencia (o de empatía, si se prefiere) me aproxima más a México o Argentina, donde también he estado. ¿Por qué? Es sencillo de explicar: aun hablando en fang con un gabonés o un camerunés, percibo con nitidez que nos separan ciertos registros o referencias culturales, poco perceptibles, no relacionados con las respectivas lenguas oficiales heredadas de la colonización, que se pueden aprender. Es algo más sutil, a menudo inconsciente: ellos tienen en su imaginario a los galos y a los francos, a Carlomagno y Napoleón, y yo a iberos, celtas y celtíberos, El Cid Campeador y Hernán Cortés; sus referentes son Molière, Racine, Víctor Hugo, Paul Valéry, Verlaine, Baudelaire, Proust, Balzac, André Breton, Sartre o Albert Camus; los míos, Fernando de Rojas, Cervantes, Quevedo, Calderón, Lope de Vega, Unamuno, Baroja, Valle-Inclán, Rubén Darío, Jorge Guillén, Machado, Camilo J. Cela, Borges, Cortázar, Alejo Carpentier u Octavio Paz. Si un plutócrata de Yaúnde o Libreville enferma, sube al avión y viaja a París, un santomense va a Lisboa, y la primera opción de un gerifalte de Malabo es Madrid. Cuando un francófono evoca el colonialismo, aparecen en su subconsciente sus explotadores aquitanos, normandos o borgoñeses, no los catalanes, andaluces o castellanos. Se puede extrapolar al ámbito académico, al pensamiento y las ideas, a las artes plásticas, cine, música, gastronomía, a la política… ¿no? Fenómenos en cierto modo perversos, que requerían una propuesta de reflexión, al ser rasgos consustanciales de nuestro psiquismo, puesto que, por epidérmica que fuese, la interacción colonial dejó una impronta en nuestro espíritu, inoculó una cosmovisión. La tarea actual debiera ser cómo digerirlos, de qué modo armonizarlos en nuestra realidad presente como sujetos de soberanía, para afirmar nuestra independencia, que no puede limitarse a los símbolos epidérmicos.

¿Qué piensa de los escritores guineoecuatorianos como la difunta María Nsue Angüe y Joaquín Mbomío Bacheng?

Cuando el editor -el mismo que había sacado en 2000 la segunda Antología, cuya coautoría brindé a Mbaré Ngom- me planteó recopilar la tercera, me negué; entre otras razones, porque considero que había cumplido mi papel y otros debían continuar la tarea; deseaba, además, dedicarme a mi propia obra. Esa decisión implicaba un compromiso, al que me atengo desde entonces: no opinar sobre los escritores de mi país. Sembré la semilla, y veo con satisfacción que cayó en terreno fértil. A partir de ahí, cada libro debe ser capaz de sostenerse por sí mismo, y cada escritor es responsable de su obra. Recuperé así mi libertad de leer lo que quiero leer, lo que me interese leer, sean escritores guineoecuatorianos o de cualquier otro lugar y época. De modo que no tengo por qué estar al tanto de cuanto escriben todos mis compatriotas, por lo cual mi opinión no tendría sentido. No obstante, sobre los dos autores que me plantea, puedo decirle que publiqué a ambos en la revista África 2000, que fundé y dirigí durante mi etapa como director adjunto del Centro Cultural Hispano-Guineano de Malabo. Es más: leí el manuscrito de la primera novela de Joaquín Mbomío y decidí su publicación, aunque salió cuando había cesado mi labor en aquel Centro, al pasar a ocuparme de la Delegación de la Agencia de noticias EFE para África central. En cuanto a María Nsue, le remito al artículo que escribí con ocasión de su fallecimiento, publicado en el blog “África Vive”, de Casa África.

¿Ha leído Ekomo y El párroco de Niefang? ¿Qué piensa de estas obras que desarrollan la misma conturbación psicológica relacionada con la identidad africana bajo el peso de la cultura occidental?

He leído ambas novelas. Le ruego que me disculpe, pero le remito a mi respuesta anterior.

¿Cuál es el problema de la identidad Africana, en definitiva: la Colonización o la Modernidad?

De lo dicho hasta ahora puede usted mismo sacar la conclusión. Avanzando un poco más, pienso que el africano -y los negros dispersos por el mundo por la esclavización y las distorsiones introducidas por las prácticas neocoloniales- hemos caído en la trampa que nos tendieron racistas e imperialistas: asumimos e interiorizamos, sin análisis ni reflexión crítica, sus postulados. En nuestrapsique, consideramos nuestros rasgos raciales, nuestras culturas y creencias inferiores a las de los demás. Seguimos aprendiendo y dando por válidas teorías perniciosas y acientíficas como las de Hegel, cuya Filosofía de la Historia estableció que fuera de Europa no hay Historia. De ahí la extendida noción de “pueblos primitivos”, de “salvajismo”, de “incultura”, de lenguas reducidas a “dialectos groseros” y todas esas lindezas que oímos a diario, inspiradas por Hegel y esparcidas por sus numerosos epígonos. Y como de ellas derivaron todas las concepciones políticas y doctrinas sociales actuales, desde las más conservadoras hasta las reputadas como “progresistas”, asumimos de hecho la supuesta superioridad de los europeos sobre el resto de la Humanidad, el eurocentrismo y sus consecuencias. Luego nos extrañamos de que un presidente “socialista” francés cree el caos en Ruanda o mande asesinar a presidentes africanos que no le reverenciaban… Pero es culpa nuestra. Porque si alguien, en este siglo, tras los avances logrados en Prehistoria, Antropología, Biología o Psicología, niega o pone en duda que yo soy tan humano como él, considero que el problema está en él, no en mí. Pero hay africanos -y dirigentes africanos- que están más atentos a lo que diga un blanco que a las opiniones, percepciones y sentimientos de sus compatriotas. Por ello necesitamos con urgencia recuperar nuestra identidad y deshacernos de los estereotipos inoculados. En las Universidades africanas se presta mayor atención a los filósofos y moralistas europeos -griegos, romanos y todos los demás- y no se profundiza en la línea de pensamiento introducida por africanos como el ruandés Alexis Kagame, el senegalés Cheik Anta Diop, el camerunés Engelbert Mveng o mi compatriota Eugenio Nkogo Ondo, por citar alguno. En definitiva, el problema de la identidad lo debemos resolver nosotros mismos, en la esfera individual y en la colectiva, y no esperar -como sucede tras más de medio siglo de independencias- que sean otros quienes nos vengan a decir quiénes somos y cómo hacer las cosas… en su propio beneficio.

¿Cuál es su punto de vista sobre conceptos como “interculturalidad”, “globalización”, “multiculturalismo”, “sincretismo religioso”, “capitalismo” y africanidad”?

Son muchas cuestiones en una sola pregunta, que intentaré responder con brevedad. Se oculta, o lo olvidamos, pero cuando se desbroza la Historia reciente con objetividad, sin prejuicios, aparece nítido que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 es el compendio de las reivindicaciones de libertad y dignidad formuladas por el V Congreso Panafricano, convocado en Mánchester (Reino Unido) en octubre de 1945, cuyas conclusiones permitieron extender los derechos a la libertad, dignidad y autodeterminación a todos los pueblos y naciones de la Tierra. En aquel encuentro participaron, entre otros, el estadounidense W.E.B. Du Bois, el jamaicano Georges Padmore y los africanos Kwame Nkrumah (Ghana), Nnamdi Azikwe (Nigeria), Jomo Kenyatta (Kenia) y Julius Nyerere (Tanzania). Esa Declaración Universal, invocada y reivindicada hoy por todos, consagró los principios de libertad e igualdad de todas las personas y culturas, así como sus derechos políticos, económicos y sociales, permitiendo el florecimiento de ideas, actitudes y comportamientos, como respeto y tolerancia, que propiciaron que durante los últimos 75 años el ser humano desarrollase sus capacidades y conviviera con sus semejantes en mayor armonía que en épocas precedentes. Claro que surgieron conflictos y distorsiones, pues no todos se rindieron a la evidencia; pero al menos quedaron silenciadas y condenadas como inhumanas las actitudes intolerantes, y surgió una nueva forma de relación y de interacción entre personas, pueblos, naciones, religiones y culturas.  Sin embargo hoy -con las migraciones como pretexto- vivimos el rebrote del fanatismo, los intentos de revisión de una doctrina que situó al ser humano por encima de cualquier otro interés material. Si triunfan de nuevo los liberticidas, el mundo se aboca a inevitables confrontaciones, que pueden resultar aún más graves y perniciosas para el conjunto que los sufrimientos y atrocidades padecidos antes y durante la II Guerra Mundial. Por eso estamos obligados a hacer frente a las ideas totalitarias y deshumanizadoras desde cualquier lugar del Planeta, con todos los medios posibles, pues nos concierne a todo el género humano. Y los africanos debemos situarnos en la vanguardia de esa oposición, de esa resistencia activa, porque tenemos mucho más que perder.

Por otro lado, el Congreso Internacional de Escritores y Artistas Negros reunió en París, en septiembre de 1956, a destacados escritores y pensadores africanos y afroamericanos: Aimé Césaire, Léopold Sédar Senghor, Cheik Anta Diop, Jacques Rabemananjara, Jean Price-Mars, Richard Wright, Mercer Cook, John Davis… Imposible negar que las ideas expuestas por ellos rigen desde entonces las relaciones políticas y culturales. Conceptos y expresiones como diversidad, diálogo de  Civilizaciones, multiculturalismo e interculturalidad se formularon y pronunciaron entonces por primera vez, marcando de modo fructífero la interacción, la forma de percibir al otro, armonizando la convivencia entre los diferentes credos y culturas. Según vemos, hoy se pretende retroceder a los nacionalismos excluyentes, a la idea de una única civilización, a la exaltación de la ética y la estética europeas, o blancas, como únicos valores humanos. Para los nuevos apóstoles del pensamiento único, los demás pueblos de la Tierra jamás hicimos nada, somos meros parásitos, y debiéramos conformarnos con ser auxiliares o servidores suyos. Y eso es fascismo puro, la negación del Humanismo. Hablan, desde hace un tiempo, de “Estados fallidos”, de “recolonizar África”, cuando es claro que no han fallado ni nuestros Estados ni los pueblos africanos, sino el método impuesto desde la descolonización: sustituir a los gobernadores europeos por “nativos” que cuidasen sus intereses; quien no estuviese de acuerdo, aquellos que procuraban el progreso de sus sociedades, eran derrocados o asesinados. ¿Por qué es tan ardua la construcción del Estado africano? ¿Por qué tantas guerras e inestabilidad? ¿Por qué el africano no es libre y próspero en su tierra tras decenios de supuesto autogobierno? ¿Acaso no cuentan nuestros esfuerzos, los millones de cadáveres que cimentan la prosperidad de los países industrializados, desde el genocidio perpetrado por Leopoldo II de Bélgica en Congo, el millón de personas sacrificadas en Biafra (la mayoría niños y ancianos), las innumerables víctimas de los conflictos de depredación de materias primas, como los “diamantes de sangre” procedentes de la Sudáfrica del apartheid, de Sierra Leona, Angola, Liberia y República Centroafricana? ¿Son irrelevantes los muertos causados por el control de los yacimientos de coltán y otros minerales en la Región de los Grandes Lagos? ¿No merecen nuestro recuerdo y gratitud los millones de muertos sacrificados por la causa de la libertad antes y después de 1960, por ejemplo en los campos de batalla europeos en las dos Guerras Mundiales? ¿Acaso debemos olvidar a los millones de personas asesinadas, a los millones de presos torturados en campos de exterminio como los de Guinea-Conakry, Etiopía, Zaire, Nigeria, Ruanda, Uganda, Zimbabue o Guinea Ecuatorial? ¿Consideramos inexistentes, como hechos jamás ocurridos, los millones de niños hambrientos, las madres famélicas, los padres desesperados por ver morir a sus hijos por falta de asistencia sanitaria en el Sahel y otros lugares? ¿Damos por buenos los campos de refugiados de tantas guerras llamadas “tribales”, olvidaremos los cadáveres de nuestros compatriotas que aparecen en selvas, ríos, lagos, desiertos, pueblos y ciudades, porque perecieron a manos de opresores africanos impuestos y protegidos desde fuera? ¿Por qué siempre nos exigen el olvido a nosotros? Cuando se responda con veracidad y claridad a estas preguntas básicas encontraremos entre todos la solución.

Por suerte, ya no son percepciones y sentimientos exclusivamente africanos; ya no hablamos desde el vacío, porque algunos de ellos aportan los datos que explican nuestras miserias: léanse libros como L’assassinat de Lumumba, del sociólogo belga Ludo de Witte; La Françafrique, Noir silence y Noir procès, del economista francés François-Xavier Verschave, así como las memorias del eterno “Monsieur Afrique” Jacques Foccart, Foccart parle. Tras abandonar el Palacio de El Elíseo, los ex presidentes Jacques Chirac y Nicolas Sarcozy reconocieron con claridad, en entrevistas televisivas, que su país no sería lo que es sin las riquezas que saca de África. Si lo dicen ellos mismos, ¿por qué ocultarlo nosotros? ¿Y por qué no extraer de ello las conclusiones pertinentes? Desde mi punto de vista, y ante evidencias tan abrumadoras, esa anhelada respuesta puede resumirse en que nuestras independencias son ficticias, al no estar dotadas de soberanía. Son numerosos y concluyentes las pruebas, en cada uno de nuestros países y en el conjunto del Continente. Y la experiencia lo demuestra: imposible regenerar África sin el concurso de los pueblos africanos, porque los dictadores son parte del problema y no pueden ser parte de la solución.

Me pregunta sobre capitalismo y globalización. En los últimos 60 años, se experimentaron en África diversos modelos: totalitarismos de derecha y de izquierda, tiranías en nombre de la liberación de los pueblos, todo eso tan archiconocido. Sólo uno no ha sido ensayado: la democracia. Ante ello, la conclusión a la que se puede llegar desde la racionalización del problema es que el capitalismo, que conlleva en su núcleo el germen del liberalismo y de la prosperidad, es el sistema menos malo de cuantos se han ideado hasta ahora. Pero un capitalismo que sirva a los intereses de la gente, sin demagogias ni políticas económicas proteccionistas. Que se puedan desarrollar las capacidades en libertad, bajo el imperio de una Ley igualitaria para todos. El problema es que no se cumplen estas premisas, porque, en África, no existen ni libre comercio ni libertad de mercado, como se vio con claridad bajo regímenes como los de William Tolbert en Liberia, Mobutu Sese Seko en la R. D. de Congo (Zaire bajo su mandato), Sani Abacha en Nigeria y demás… En el espectro contrario, Sékou Touré (Guinea-Conakry), Mengistu Haile Mariam (Etiopía) o Francisco Macías (Guinea Ecuatorial) se consideraban a sí mismos comunistas y recibieron apoyo de las “democracias populares”; llenaron la cabeza de sus conciudadanos con consignas supuestamente liberadoras -recuperación de la africanidad, construcción de la Nación, lucha contra el imperialismo y el colonialismo, etc.- cuando, como bien saben las poblaciones respectivas, su retórica sólo fue el envoltorio que camuflaba su insaciable megalomanía. Instalaron regímenes oprobiosos que llevaron a una muerte espantosa a miles, quizá millones de compatriotas.

Lejos de dignificar al africano, en lugar de utilizar las inmensas riquezas de sus Estados para mejorar las condiciones de vida, su crueldad y cleptomanía parecieron dar razón a quienes pronosticaron el fracaso de las independencias porque “los negros no están preparados y son incapaces de gobernarse por sí mismos”. En vez de liberar al negro de las cadenas y estigmas de la esclavización y la opresión extranjera, nos hundieron aún más en la indignidad. Por eso ninguno de ellos puede ser modelo para el futuro, del mismo modo que la monarquía absolutista, el nazismo o el estalinismo no pueden ser los ideales de convivencia para el europeo actual. ¿Qué hacer entonces? En mi opinión, seguir explorando los mecanismos que traigan libertad, desarrollo y dignidad. Por eso apelo a la democracia, como modelo participativo. No pienso en la importación mimética de fórmulas externas, ajenas a nuestras culturas, ya que, a fin de cuentas, son diversas y diferentes las formas de ejercer la democracia en cada país, aunque el sistema tenga un denominador común: garantizar las libertades. Los africanos podemos encontrar nuestras propias formas de democracia, basadas en nuestras tradiciones y en la dolorosa experiencia adquirida tras la descolonización. Si no se conculcan libertades y derechos fundamentales, se garantiza la alternancia y se promueve el desarrollo, base del bienestar, serían tan homologables como cualquier otra.

La globalización surgió precisamente del colapso del modelo totalitario soviético, y al principio, como enunciado, ejerció una cierta atracción. Pero enseguida aparecieron sus grietas, contradicciones que algunos advertimos y expusimos, pero fuimos estigmatizados. ¿Es racional, eficaz, posible y deseable la libre circulación de capitales, mercancías y materias primas mientras se construyen muros que impiden el libre movimiento de personas, y se crean barreras que limitan la expansión de las ideas en esta tan ponderada “aldea global”? Parece absurda esa pretensión de poner puertas al campo, al mar y a los bosques. Ya son visibles las grietas de tal formulación: regreso al pensamiento único, restricción de las libertades, economías que sólo benefician a una minoría cada vez más exigua. Fenómenos ante los cuales los africanos debemos posicionarnos y reaccionar, pues podemos y debemos aportar ideas útiles para nosotros mismos y para los demás.

Si africanidad es la afirmación de los valores culturales propios, según la definieron los movimientos nacionalistas preindependentistas, nada que objetar. Porque esa corriente de pensamiento impulsó de modo decisivo y definitivo la lucha anticolonial, no sólo en África, sino en diferentes lugares poblados de afrodescendientes, como el Caribe, e inspiró la lucha por la libertad de otros muchos. Además, la noción de africanidad fue el motor para una verdadera integración continental. Por desgracia, se desvirtuó cuando se coló en la mente de demagogos, alguno de los cuales mencioné antes. ¿Es creíble hablar de africanidad cuando matan a miles, millones de compatriotas? ¿De qué integración se trata si blindan las fronteras, son incapaces de establecer la libre circulación o crear una moneda común, y realizar las demás aspiraciones recogidas en la Carta de la Unidad Africana de 1963? No puede reducirse la africanidad a mero folclore, a pura retórica sin contenido real. La africanidad tampoco se limita a la invocación supersticiosa de los modos del pasado, sin adecuarlos a las necesidades y retos del presente. ¿Por qué desaparecen cada año varias lenguas africanas, como documenta la UNESCO? ¿Qué hacen de verdad nuestros dirigentes por la construcción y desarrollo de nuestras culturas? ¿Por qué los escritores, pensadores e intelectuales más valiosos de África son arrojados a la emigración o al exilio, para buscar acomodo en Europa y América del Norte? ¿Por qué la pavorosa carencia de medios de las Universidades africanas, cuando las oligarquías mantienen suculentas cuentas bancarias e inversiones multimillonarias en Europa, Asia y paraísos fiscales…?

Me permitirá que no opine sobre el sincretismo religioso. La religión, como expresión de fe, es un sentimiento tan personal e íntimo que toda intromisión, o intento de dirigismo, suena a coacción, a imposición. Y como sostengo aquí y siempre, debe primar el libre albedrío, la libertad. Siempre que no perjudique a otras personas o al conjunto, la decisión de creer o no, de escoger el culto y la devoción, debe adoptarla cada uno y ser consecuente con ella. Los padres tienen el derecho de transmitir su fe y creencias a sus hijos y educarles en ellas, pues se supone que buscan lo mejor para ellos; cuando sean mayores de edad, y en uso de su derecho, tienen la opción de escoger. Que yo sepa, ninguna de las religiones más conocidas y practicadas -incluidos los cultos tradicionales precoloniales- atenta contra esa libertad ni es contraria a la moral o al Derecho Natural. El conflicto, como siempre, surge de la imposición, de la intolerancia, de dogmatismos y fundamentalismos.

La literatura, de modo general, y específicamente la novela guineoecuatoriana, ¿tiene algún papel en el proceso de democratización de Guinea Ecuatorial? ¿En qué sentido?

Algunos compatriotas, compatriotas muy poderosos, dicen -lo oímos a menudo- que los intelectuales son “teóricos”, unos “inútiles”, “perezosos” y “pretenciosos” que no aportan nada práctico, sólo “palabrería”, dando al primero de estos vocablos una connotación peyorativa. En boca de Macías y sus seguidores -no pocos de ellos siguen en el poder en mi país- “intelectual” o “sabio” fueron, y son, palabras insultantes, destinadas a zaherir y señalar negativamente a los supuestos “cómplices del colonialismo” y, por tanto, “enemigos del pueblo africano”. Lo vengo señalando en numerosos artículos y conferencias a lo largo de los años, y está descrito en mi último libro, la segunda edición de Historia y tragedia de Guinea Ecuatorial. Así se llegó a la absoluta desculturización del país y, con ella, a la exaltación de la ignorancia. Según quienes gobiernan en Malabo desde hace más de medio siglo, los libros no sirven para nada, y escribir es “cosa de blancos”. Es ésa su idea del “nacionalismo”: rechazar las experiencias y saberes universales sin que sean capaces de sustituirlos, pues ni conocen los fundamentos de la cultura tradicional que invocan, reducida por ellos a clichés estáticos. El resultado es la nada. No exagero ni invento: lo saben todos los guineoecuatorianos. Y nadie en su sano juicio osa contradecirles, porque se convierte en “traidor”, en “enemigo a abatir”. No nos permiten explicarles que todo avance empieza con la concepción de una idea, que se formula teóricamente, antes de saber si puede llevarse a la práctica, si puede ser útil. De ahí que me sume a Wole Soyinka cuando propone al africano actual la “lucha real contra una existencia vegetativa”. En un verso de “Fondos y Frisos” (Poemas desde la prisión) escribe: “algún día le enseñaremos a leer a la soldadesca”.

Como escritores, nuestra primera tarea es combatir con rigor ese discurso falaz. ¿Cómo podemos pretender revitalizar nuestro país y situarlo en el momento actual, en paridad con otros pueblos, desde la presente languidez intelectual? Privados de asideros espirituales antaño proporcionados por las culturas primigenias, íntimamente insatisfechos por una modernidad a menudo asfixiante, nos han convertido en simples caricaturas de otros. Carentes de infraestructuras culturales que contrarresten los perniciosos efectos del discurso único, las ilusiones se marchitan ante la certeza de que toda resistencia es inútil frente a los eternos poderes -visibles o invisibles- que dominan nuestras vidas. Aplastada toda propuesta de regeneración, ridiculizados y castigados por ello, nuestro pensamiento parece inexistente. Para nuestros dirigentes, la incultura, al igual que la miseria generalizada, son mecanismos de opresión, tan eficaces como la tortura física. Así se mantienen en el poder que usurparon al día siguiente del 12 de octubre de 1968. Decidí fomentar la creación literaria para contrarrestar deriva tan perversa, creando un espacio de libertad; y compruebo con satisfacción y sano orgullo, años después, que aquel empeño, incomprendido por los españoles y ciertos compatriotas en los inicios, no fue inútil y hoy da frutos. Aunque, como es natural, hay de todo, pienso en una literatura honesta, creíble, perdurable: que produzca obras de calidad, en el fondo y en la forma, desprovistas de demagogia y ensueños adormecedores, capaces de horadar las mentes hasta lograr subvertirlas; una obra fiel a los anhelos del conjunto de nuestra sociedad, orientada a la causa de la recuperación de la justicia, la libertad y la dignidad; en suma, un instrumento de liberación y de proyección hacia la universalidad, que acerque a cualquier lector a nuestra mirada, que empecemos a ofrecer en vez de mendigar y recibir. A partir de ahí, que cada cual escriba según le permitan sus capacidades. ¿Cuál es la tarea del escritor africano actual? En mi opinión, hurgar en nuestras almas para exteriorizar nuestras necesidades, para hacer explícitas tanto las carencias como los anhelos, y proponer, como vehículos del cambio, las transformaciones necesarias para la evolución, e incluso para la supervivencia. Y como herederos naturales de los narradores de la tradición oral, estamos obligados a aportar al resto del mundo nuestras concepciones negro-africanas, una de las cuales es la ausencia de la noción del “arte por el arte”. Para nuestros antepasados, el arte era utilitarista, un objeto cualquiera debía ser bello y armonioso a la par que útil. La literatura es arte y, como tal, debe ser bella; pero añado que también útil, que exprese las necesidades de nuestros pueblos, pues luchamos al mismo tiempo por la construcción moral, cultural y material de nuestras sociedades, contra toda forma de manipulación, contra las tiranías que nos sojuzgan, contra el subdesarrollo y la miseria, contra el racismo y el tribalismo, contra todas las formas de mixtificación de la realidad.

Cuando me preguntan por la utilidad de la literatura en sociedades “incultas”, pienso que tal planteamiento rezuma apriorismos rebosantes de prejuicios; porque la poesía, el teatro, el ensayo o la narrativa no son “lujos” únicamente destinados al deleite de los vientres bien nutridos del mundo desarrollado. Reivindico la grandeza de la literatura, su dimensión de anticipación, de ensoñación, de revolver en la ominosa realidad con el propósito de alterarla. A este respecto, resulta incuestionable la influencia decisiva de las escritoras para propiciar la nueva mentalidad que desemboca en la igualdad de ambos géneros de la especie humana; tampoco se puede ignorar que Las uvas de la ira, de John Steinbeck, concienció a la sociedad estadounidense hasta modificar las condiciones de vida y trabajo de los jornaleros de California; que la actividad de novelistas, poetas y dramaturgos afroamericanos como James Baldwin, Ralph Ellison, Richard Wrigth o Le-Roi Jones activó de manera determinante la lucha por los derechos civiles. Lo mismo en Sudáfrica y en el conjunto del Continente: sin los escritores y los movimientos literarios, difícil entender la toma de conciencia contra el ominoso sistema del apartheid, ni el rápido y exitoso proceso que condujo a la descolonización. Como depositaria de la memoria colectiva, es claro que a través de la obra de escritores como Benito Pérez Galdós conocemos mejor la España de la Restauración que cualquier tomo de Historia social y política; que Stendhal transmite con nitidez el impacto de las guerras napoleónicas sobre la sociedad; que Victor Hugo, Zola, Flaubert, Dickens, Dostoievski y Máximo Gorki retratan como una fotografía la Francia, Inglaterra y Rusia de su época. Entonces, como cualquier otro escritor habido, el guineoecuatoriano cumple un cometido básico: dar testimonio de nuestro tiempo. Si sólo pensásemos en los escasos lectores que nos leerán (debido a los pavorosos niveles de analfabetismo y la pobreza general, que impiden el ocio y restringen el acceso al libro), muy pocos escribirían. Porque ¿cuántos coetáneos leyeron a los autores del Renacimiento y del Siglo de Oro español, a las Generaciones del 98 y del 27, o a Rabelais, La Rochefoucauld, Alphonse Daudet, Alfred de Musset o a los enciclopedistas, y así un largo etcétera, si sus sociedades eran abrumadoramente iletradas y estaban sumidas en la opresión? ¿Ello invalida su obra? Por eso la literatura es necesaria y útil en todas las épocas y culturas. Y al contrario de lo que esparcen algunos, puede determinar los cambios sociales.

Desde Las tinieblas de tu memoria negra, Los poderes de la tempestad, El Metro, Olvidos, hasta El sueño y otros relatos. ¿De dónde proviene su prolija inspiración no es indiscreción?

No hay ningún misterio. De niño, mi abuelo materno -magnífico narrador oral- me inculcó la necesidad de recordar. A él debo, creo, esta cualidad. Mi padre me estimuló a no perder nunca el tiempo, y a procurar siempre hacer las cosas bien. De esa conjunción surge esta vocación: observar, analizar, retener, proponer soluciones. La literatura no es sólo imaginación; si fuera así, nos bastaría Julio Verne. ¿Qué podemos hacer para liberarnos de la angustia, resultado de toda una vida en el exilio, sin haber cometido jamás un delito, sin haber insultado nunca a nadie? Esa observación permanente del género humano y del acontecer cotidiano lleva a intuir, a sacar conclusiones. Y como el Periodismo es tan efímero y la Historia un coto para especialistas, la literatura se presentó en algún momento como el vehículo adecuado para transmitir. Mi obra no es hedonista, sino áspera y contundente, como la vida que veo y me tocó vivir. Nace de la necesidad, vuelta exigencia, de superar estas distorsiones que cercenaron ilusiones y utopías. No hay más secreto. Me sorprende la amplitud de su difusión, su trascendencia, que interese a mucha gente, como compruebo cada día más. Y estoy agradecido por ello.

¿Piensa que se podría hablar de la Historia de la Literatura de Guinea Ecuatorial si usted no hubiera pensado en concebir la primera Antología de la Literatura Guineana (1984)?

No lo digo yo… Es un hecho reconocido universalmente. Antes de mi primera Antología no existía ni el concepto. Nadie recordaba Cuando los combes luchaban (1953), de Leoncio Evita, ni Una lanza por el boabí (1962), de Daniel Jones Mathama, los dos únicos guineoecuatorianos que publicaron sus creaciones literarias en tiempo de colonización española. Quienes habían forjado el surgimiento de nuestra literatura escrita mediante la traducción al español del riquísimo acervo -leyendas, mitos, epopeyas, sentencias, refranes y cuentos- de las culturas autóctonas de los pueblos fang, ndowé, bisió, bubi, annobonés y fernandino habían perecido en el olvido, tras la desaparición de La Guinea Española, revista misional que acogió sus contribuciones. En el momento de la independencia afloraba un plantel de jóvenes poetas, narradores y dramaturgos, estimulados por los certámenes literarios y “Juegos Florales” que patrocinaban Colegios, Institutos de Enseñanza Secundaria e instituciones políticas como Ayuntamientos y Diputaciones Provinciales, que luego insertaban en sus páginas periódicos como Ébano y Poto-Poto. El único filólogo del país, el annobonés Manuel Castillo Barril, había publicado La Influencia de las lenguas nativas en el español de la Guinea Ecuatorial (1966), e iniciaba investigaciones como “Síntesis valorativa de las culturas autóctonas de la Guinea Ecuatorial”, presentada como conferencia en el Ateneo de Madrid. Todas esas ilusiones puestas en la construcción cultural de nuestro país, que auguraban un futuro brillante, fueron cercenadas por la oligarquía primitivista instalada en el poder, cuya pesadilla todavía padecemos: apenas cinco meses después de izada nuestra bandera por primera vez, Francisco Macías Nguema, presidente elegido democráticamente, abolió los partidos políticos, inició la persecución  de  sus  oponentes e impuso  una de las tiranías más espeluznantes del S. XX, similar, en nuestro contexto africano, a las de Jean-Bédel Bokassa en República Centroafricana (1966-1979),  Idi Amín Dadá en Uganda (1971-1979)  y  Mengistu Haile Mariam en Etiopía  (1987-1991).

Es el período que novelé en Los poderes de la tempestad, y está suficientemente documentado en mis libros de Historia. Muchísimas personas murieron por escribir un poema o una carta; poseer papel o máquina de escribir condujo a numerosos compatriotas a las cárceles, de las cuales bastantes nunca regresaron. Derrocado en 1979 por un Consejo Militar, “gesta” que se atribuye en exclusiva su sobrino y mano derecha, el actual presidente Teodoro Obiang Nguema -quien eliminó o expulsó del poder a los verdaderos artífices del cambio para instalar su propia autocracia-, la realidad es que, pese al descubrimiento de importantes riquezas, como petróleo y gas, Guinea Ecuatorial sigue sumido en una miseria absoluta, en todos los órdenes. Cuarenta y dos años después del fusilamiento de Macías, no existe en el país ni Prensa escrita ni una sola librería; las únicas bibliotecas son las proporcionadas por los Centros Culturales españoles y franceses. Detallar la realidad ocuparía muchos folios… Panorama ante el cual era urgente y necesario idear alguna manera de liberar las energías creativas, dotar de asideros a la sociedad, crear espacios de libertad que encauzaran los anhelos y dieran una cierta esperanza. Pero sistema tan perverso lo acapara todo. En junio de 1984 tuvo lugar en Bata el Congreso Internacional Hispánico-Africano de Cultura, convocado por el notable escultor Leandro Mbomío, nombrado ministro de Cultura poco después de regresar del exilio, del que fui ponente y relator. El objetivo era definir nuestra identidad cultural, cimiento sobre el cual basaríamos la revitalización moral y cultural de un país devastado y postrado. Una de mis propuestas, aceptada por el plenario y recogida en las Actas, fue la constitución de una Academia Correspondiente de la Lengua Española, instrumento que consideraba eficaz para la consolidación de nuestra identidad y de nuestra personalidad, al ser el nuestro el único país Hispánico que carecía de ella. La reacción del presidente fue meter al país en la Francofonía y después en el área lusófona, decisiones que acentúan el confusionismo y la inseguridad. Hoy, nuestros jóvenes no dominan ni el español, ni el francés, ni el portugués, ni ninguna de las lenguas autóctonas. Da verdadera pena escuchar su jerga. Ejemplo paradigmático es su hijo primogénito, designado vicepresidente, incapaz de pronunciar correctamente tres palabras seguidas en ningún idioma. Para colmo, autorizó la creación de la Academia Correspondiente por megalomanía: él mismo, y su primera esposa, son “académicos” … Como tanta sinrazón amenaza la pervivencia de Guinea Ecuatorial como Estado, y si pretendemos tener un país digno de ese nombre, y no una esperpéntica caricatura, pienso que nos asiste el derecho -y el deber- de oponernos al discurso oscurantista, que ha demostrado carecer de norte y de objetivos.

La transgresión de las formas textuales por la introducción de “africanismos” ¿es acaso un aporte al estilo convencional de la escritura, o una forma de reivindicación identitaria?

Intento optimizar al máximo los recursos estilísticos y rítmicos a mi alcance, explorando formas de expresión que me permitan identificarme como guineoecuatoriano dentro del riquísimo horizonte que me brinda la lengua española, sin por ello alterarla de forma grosera, para conseguir efectos estéticos propios, característicos de mi forma de narrar. Lo cual nada tiene que ver con la incorrección en el uso del lenguaje. Es más: considero imprescindible conocer la estructura gramatical de la lengua para poder adaptarla al propio lenguaje literario; lo demás es elevar la ignorancia a categoría. De ahí mi recelo ante la exaltación de lo que algunos denominan “español guineano”, cuando a menudo se trata de incorrecciones morfológicas, sintácticas, etc. Siendo la literatura también un vehículo de comunicación, la claridad es necesaria para hacerse comprender. Y como arte, la literatura debe expresarse con belleza, de forma armoniosa. Dicho esto, la lengua “europea” en que escribo es, para mí, primero, un canal de comunicación de nuestras emociones y sentimientos africanos, no un registro rígido, encorsetado, academicista. Es obvio que no me llamo Miguel Delibes, ni nací en Valladolid como aquel portentoso y admirado narrador; siendo como soy un negro procedente de la selva ecuatorial africana, de etnia fang, sería ridículo pretender expresarme igual que un señor de Castilla.

 Nuestro deber es aportar al español nuestras propias formas narrativas, nuestros giros, nuestro léxico y expresiones locales, porque escribimos en español, no en castellano, y porque escribimos para nuestros compatriotas en primer lugar, aunque no sea el destinatario exclusivo de nuestra obra. Comprender esa diferencia -que se les escapa a los propios españoles- me parece fundamental. A fin de cuentas, ni García Márquez, ni Roa Bastos, ni Nicolás Guillén, ni Zapata Olivella, ni siquiera J. J. Armas Marcelo y Jorge Rodríguez Padrón, que son canarios, escriben como los peninsulares. En segundo lugar, debe asumirse la amplitud de la geografía de la lengua española, pues abarca también Filipinas, Sáhara Occidental, el norte de Marruecos y Guinea Ecuatorial. Sucede lo mismo en nuestro entorno africano: ni el francés de Sony Labou-Tansi, Ahmadou Kourouma o Ken Bugul es el hablado en París; ni el inglés de Chinua Achebe, Soyinka o Yvonne Vera es el de Cambridge; ni Luandino Vieira, Paulina Chiziane o Germano Almeida copian el portugués de Eça de Queirós. Son nuestras lenguas, que transformamos y vivificamos para que dejen de ser instrumentos de opresión y sirvan a nuestros intereses. Razón de que nunca entre en esa polémica, artificial en mi opinión, sobre las “lenguas enemigas”, “prestadas” o “robadas” en que supuestamente escribimos los africanos. Ni he robado nada ni tengo enemigos culturales. Son temas distintos la oposición al colonialismo y el rechazo de lenguas y otras aportaciones que, entre sus ventajas, nos permiten trascender nuestra aldea para transportarnos a la universalidad, y vivir sin complejos en el mundo actual. Lo terrible es que esos demagogos, predicadores de la “autenticidad”, viajan en automóvil y avión, acuden a clínicas especializadas, y no desdeñan lujos y comodidades aportadas igualmente por el “enemigo” …

¿Por qué el niño protagonista de Las tinieblas de tu memoria no tiene nombre y los demás personajes sí? ¿Intencional o subjetivo?

Como bien dedujo al principio, esa novela es pura metáfora, por lo cual su protagonista carece de nombre; tampoco se le ubica en un lugar concreto. Propongo al lector que se sitúe en un contexto, por lo cual el niño puede ser cualquier guineoecuatoriano de aquella generación. De haber sido creíble, ni tendría adscripción étnica. La claridad del relato imponía poner nombre al resto de los personajes.

¿Cuál es la relación entre Historia, Memoria/olvido y Cultura en sus novelas?

Como dije, mi abuelo Pascual Nguema Anseme me inculcó el sentido de la memoria, me conminó a no olvidar jamás. Y si no la hubiese cultivado, no me dedicaría a esta tarea. Memoria para retener, recordar, conservar y transmitir. Sin esa cadena, sería imposible la evolución humana, porque estaríamos dando vueltas alrededor de un círculo, sin avanzar. Y eso ocurre cuando se rompe esa cadena, cuando las generaciones precedentes son incapaces de legar su experiencia a las siguientes. Quiebra que se inició con la esclavitud, acentuó el colonialismo y ahondan las actuales dictaduras: por la represión política, por el abandono o dispersión del núcleo familiar, por las onerosas exigencias de ciertos hábitos introducidos, por la emigración de los jóvenes a las ciudades o al exterior, por el deterioro de la calidad y de la esperanza de vida, que nos privan de nuestros ancianos, depositarios de los saberes acumulados por nuestras sociedades desde siglos… Por todas estas razones y circunstancias se pierden nuestras lenguas y nuestros usos, costumbres y tradiciones; y con ellos la esencia de nuestra personalidad, de nuestro propio ser. Por eso hablo a veces de la despersonificación del africano. ¿Qué es un ser humano sin raíces ni asideros? Obviamente, Historia es memoria: el recuerdo de cuanto pasó. Y como sabemos desde Heródoto de Halicarnaso -aunque mis mayores me decían lo mismo y no oyeron nunca ese nombre- debemos fijar “los hechos de los hombres”, no solo “los mitos de los dioses y héroes”. Entre otras muchas razones, para saber quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos y hasta dónde podemos llegar. Y, subsidiariamente, para que no repitamos los errores que cometieron las generaciones anteriores y sepamos buscar los caminos que nos conduzcan a la armonía interior y a la seguridad, aspiraciones genéricas de toda persona, no importa dónde o en qué época viva. De ahí que considere la Cultura como instrumento fundamental -diría imprescindible- en esa búsqueda permanente de bienestar y seguridad.  Por eso son propuestas esenciales en mi obra literaria, en mi pensamiento, en mi propia vida.         

¿El oficio de escritor es rentable? ¿Escribe por pasión o causa colectiva de su pueblo? ¿Qué tipo de escritor piensa que es?

Le contestaré con una cita del maestro Mariano José de Larra, periodista, crítico literario y político, figura eminente del “Romanticismo democrático” español, que firmaba sus artículos como “Fígaro” y “El Pobrecito Hablador”. Dejó escrito, tras un viaje a París: “Escribir (…) en el centro de la civilización y de la publicidad es escribir”. No se refería a los anuncios, sino a la repercusión pública de los escritores y los sabios de su época. En París -dice- escribir es “escribir para la humanidad”, pero “escribir como escribimos en Madrid es tomar una apuntación, es escribir en un libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta”. Se suicidó poco después, a los veintisiete años, en 1837. Palabras que suscribo íntegras. Algún crítico ha dicho que si yo fuese francófono o anglófono, estaría en la Real Academia Española, lleno de premios y honores. Pero quienes me conocen saben también de mi pobreza… Las circunstancias son diversas entre su lamento y el mío, aunque el resultado sea el mismo. Pero no me suicidaré, como él, porque, en rigor, no se quitó la vida porque le ignorasen o no le pagaran su trabajo, sino por cuestiones de amor. Y porque no creo ser un escritor romántico, sino realista, también en la vida. No escogí este oficio porque fuera rentable -lo es para algunos, ciertamente- sino por vocación o, si lo prefiere, por pasión. Pasión por mi país, que no sabe encontrar todavía la forma de convivir en paz y armonía; pasión por nuestra África irredenta, donde ambiciosos y manipuladores se posesionaron de nuestros espíritus; pasión ante los más de 500 años de vejaciones que gravitan sobre mi piel negra, como diría su compatriota Bernard, B. Dadié…

Aborda en El Metro (2014) el tema de la emigración como núcleo central de la obra a través de la mirada de Obama Ondo. ¿Porqué la historia del amor imposible? ¿Acaso la metáfora de El Metro es la del sujeto cultural sin hogar ni país, un exiliado en suma?

Pienso que al contrario. Obama Ondo tiene hogar y país, y una cultura que le acompaña y le ayuda a resolver los retos cotidianos de una existencia anodina. Una lectura profunda y desapasionada conduciría a preguntarnos por qué tiene que abandonar la seguridad de su aldea, el amparo que cabría esperar de su país, para iniciar un periplo espantoso por tierras extrañas sin ninguna garantía de triunfar. Aunque no es una persona real, sino personaje de fricción, pienso que la peripecia de Obama Ondo refleja con nitidez las íntimas motivaciones de nuestros jóvenes para emigrar, impulsados por factores ambientales externos a ellos que distorsionan y condicionan sus vidas.  Entre ellos, la pervivencia de tradiciones obsoletas, como su “amor imposible”.

¿Para qué la mención del Cristianismo en Las tinieblas de tu memoria negra? ¿Acaso apunte a evidenciar sus efectos tanto negativos como positivos en Guinea Ecuatorial?

Me interesa precisar que Las tinieblas de tu memoria negra no es un alegato contra nadie, ni menos contra el cristianismo. Soy católico, hecho que ni niego ni rechazo. Pero los fundamentalismos siempre me parecieron perjudiciales, por irracionales y contraproducentes. De ahí mi permanente lucha contra toda imposición, religiosa o ideológica. El respeto y la libertad deben ser la norma en las relaciones humanas. Como dije, mi principal intención al concebir esa novela era bucear en el alma de nuestro pueblo, intentando descubrir las razones por las que nuestra sociedad se deshumanizó hasta niveles increíbles, bajo la tiranía de nuestro primer presidente. Tenga en cuenta que la escribí en 1980 (aunque se publicó siete años después), tras regresar a Guinea Ecuatorial después del derrocamiento de aquel tirano; encontré un país devastado material y, sobre todo, espiritualmente. Esos once años traumáticos -que luego novelé en Los poderes de la tempestad- no se explican solo desde el reduccionismo que atribuye tal caos a la “locura” de Macías. Debemos trascender las explicaciones simplistas y adentrarnos en la profundidad de nuestras mentes cuando tratamos de averiguar la raíz de nuestros males. Me pregunté -sigo preguntándome- si aquel período de horror fue posible por la naturaleza intrínseca de nuestras culturas precoloniales (Macías ensalzaba el primitivismo), por la imposición de modos exógenos ajenos a nuestras concepciones, convicciones y necesidades, o a la mezcolanza indigesta de ambas.

Tengamos presente que Guinea Ecuatorial accedió a la independencia desde una colonización fascista, dominada por un discurso totalitario, uno de cuyos pilares era el catolicismo ortodoxo, inspirado en la doctrina marcada por el Concilio de Trento (1545 y 1563), convocado para responder a la Reforma protestante y afirmar la ortodoxia católica. Durante el régimen del general Francisco Franco -bajo cuyo gobierno se produjo la descolonización- la España oficial nunca asumió los valores renovadores introducidos por el Concilio Vaticano II. Al ser ésas nuestras realidades, las preguntas parecían naturales y lógicas, y había que contraponer todo ello en una especie de espejo que reflejase nuestro ser. Es la esencia de esa novela, escrita sin ánimo de ensalzar o denigrar la fe o las creencias de nadie. El escritor plantea cuestiones que cree importantes para la sociedad, con la esperanza de que el lector sea capaz de reflexionar y sacar sus propias conclusiones.  

¿Son sus novelas autobiográficas?

Aunque ciertos “críticos” se empeñen en afirmar lo contrario, ninguna de mis novelas es autobiográfica. Aparte de afirmarlo, lo corrobora la realidad: ningún hecho narrado me ha sucedido a mí. A partir de ahí, cualquiera puede creer lo que quiera. Me limito a observar las reacciones, pues -como también he declarado en múltiples ocasiones- mi función no es criticar a los críticos. Esas opiniones me informan sobre la capacidad y capacitación de quienes las exponen. Y a veces queda la impresión de que algún “estudioso” no investigó antes de emitir determinados juicios o, simplemente, solo ojeó la solapa del libro, o que se copian unos a otros… Indudablemente, pueden hallarse similitudes entre escenarios, situaciones y nombres ficcionados y mi entorno. Pero los estudios literarios distinguen con claridad realidad y ficción, o el grado en que influyen en la obra las experiencias, percepciones e ideas de su autor. También le revelaré un “secreto”: muchos de mis personajes llevan nombres de familiares, amigos o conocidos. Y lo hago para perpetuar su memoria, como hacemos los africanos con nuestros hijos, porque, en rigor, esos personajes son mis “hijos”. A fin de cuentas, ¿quién me asegura que Victor Hugo y Fíodor Dostoievski no conocieron nunca a nadie que se llamase Jean Valjean y Rodión Románovich Raskólnikov, o cualquiera de sus amigos o familiares tuviese ciertos caracteres o rasgos físicos o psicológicos plasmados en los personajes principales de Los miserables y Crimen y castigo?

En tanto como digno defensor y gran estudioso de Guinea Ecuatorial, ¿qué tipo de consejos podría destinarnos, los discentes apasionados de Literatura africana y, por extensión, de la incipiente Literatura guineoecuatoriana, rica culturalmente hablando y que va saliendo a flote en el conjunto de lo que es Literatura universal?

Estando en mi país, en cierta ocasión oí comentar que me querían nombrar consejero de alguien… Mi reacción fue declarar públicamente que no suelo dar consejos, excepto a mis hijos cuando aún son niños. Pienso que, una vez es mayor de edad, un ser racional debe guiarse por su propio criterio, sabiendo lo que quiere y asumiendo la responsabilidad de lo que hace. Es mi carácter: siempre defendí la libertad individual y las libertades colectivas, lo cual me impide imponer mi criterio a los demás. Tengo otros motivos: aconsejar compromete doblemente; si el aconsejado hace caso del consejero, deja de actuar por su voluntad; si ignora los consejos, ¿para qué necesita consejeros? Supongo que usted comprende cuanto quiero decir.  Por eso creo que es mejor dejar a las personas que ejerzan su libertad: así todos saben cómo somos. Pero a quien interesara mi experiencia, le daría mis claves: curiosidad, esfuerzo, constancia y perseverancia, pilares de toda obra digna. Si nos conformamos con las apariencias y no indagamos cuanto se esconde detrás del horizonte, nuestra vida será más banal que la de una hormiga. Que cada cual escoja su camino y procure emular cuanto en él encuentre positivo y le sirva para construir su vida.

Lo malo es que nosotros aquí en Costa de Marfil, carecemos mucho de novelas, tanto críticas, analíticas cómo literarias para ir enriqueciendo nuestra mente sobre las realidades de Guinea y, por tanto, nuestros estudios…

Es competencia de quienes deben difundir los bienes culturales. Se supone que existen Ministerios de Cultura, agregados culturales en las Embajadas, convenios de intercambio cultural, organismos internacionales especializados… Si cada uno hiciera su trabajo honesta y adecuadamente, esas carencias se mitigarían. El escritor es sólo un eslabón en la larguísima cadena que conduce a la lectura de un texto; su oficio es escribir. El resto queda fuera de su alcance, aunque sufra las consecuencias en más de un sentido. Y no deberíamos resignarnos, sino expresar nuestro malestar, protestar contra esas otras formas de injusticia. 

La voz narradora en sus novelas desempeña dos papeles: el “yo” y el “tú”. ¿A qué fin responde este ritmo narrativo?

Es un recurso narrativo para penetrar mejor, incidir más, en la mente del lector, hacerle cómplice del relato. He dicho a veces que la misión del escritor africano (y, obviamente, de todo escritor de cualquier época y lugar) es “obligar” a que se vea el mundo desde nuestra perspectiva. Y para ello debemos explorar nuevas técnicas narrativas que superen los caminos trillados -por ejemplo el narrador omnisciente- para ofrecer obras maduras en que basar nuestra singularidad. Ya dije que no puedo escribir como un burgalés o un argentino, aunque emplee la misma herramienta, el español. Por eso me esfuerzo en trasladar a mi lengua literaria los recursos narrativos de mi tradición fang. Cuando era niño, quedaba embebido, fascinado, con las formas empleadas por mis mayores para captar y mantener mi atención cuando nos contaban las historias; mecanismo que trato de incorporar al instrumento que utilizo, pues la literatura es, ante todo, una narración escrita destinada a alguien que la leerá en soledad.

¿Qué piensa de esta nueva dictadura guineoecuatoriana y de la forma de gobernar de Teodoro Obiang? ¿Nacerá una obra para delatar las vejaciones bajo el actual poder, como hizo con el de Macías Nguema en Los poderes de la tempestad ?

He escrito numerosos artículos sobre la etapa actual, fáciles de encontrar si se rastrea mi nombre en internet. Por cierto, ello me trae muchos problemas, de todo tipo, como puede suponer. Los poderes absolutos no perdonan la heterodoxia, por bienintencionada que sea la crítica. Por todo ello tuve que huir de mi país en octubre de 1994, porque, después de años sufriendo acoso y presiones, supe que habían decidido mi encarcelamiento. Pude quedarme y morir, pero pensé -no sé si correctamente- que uno sirve mejor a su patria y a los suyos cuando vive, no cuando está muerto; que es más útil a la sociedad vivir por la patria que morir por ella si no es en caso de guerras. Pensé en los miles de muertos de la era de Macías, en su mayoría jóvenes llenos de ilusiones que pudieron haber cimentado las ansias de libertad y prosperidad por las cuales se exigió y se obtuvo la independencia. No tenían -no tienen- ni un sepulcro para su recuerdo. Pensé -no sé si con acierto- en los numerosísimos compatriotas que, tras esforzarnos en el duro exilio por prepararnos para ofrecer nuestros conocimientos y experiencia al servicio de nuestro país, murieron o languidecían porque los dueños del poder despreciaban su aportación y se aferraban a los puestos heredados de la tiranía por ambición, envidia y maldad, pues ellos mismos conocían su incapacidad para ejercerlos. Obiang me ofreció cargos y dinero: pude ser ministro en varias ocasiones, y embajador en España. Pero veía con claridad que no me los proponía para servir al Estado, sino para que formara parte de la cohorte de aduladores que vivían gracias a su dedo portentoso.

Porque en mi país ni los ministros tienen poder para organizar el trabajo encomendado; carecen de iniciativa, siempre pendientes de las “instrucciones de la superioridad”. Por eso, entre otros factores, nada funciona en Guinea Ecuatorial. Me ofrecieron dinero –“la cantidad que quieras”- si denunciaba a gente, sobre todo a mis amigos, “ésos que venís de España”. Cosas así… De modo que, ante mis reiteradas negativas, siempre corteses y razonadas, junto a mi trabajo como periodista y al hecho de que vivía con ciertas comodidades sin depender del dedo portentoso, dedujeron que era “l’homme à abattre», según me confió un estrecho colaborador suyo. Se les agotó la paciencia y decretaron mi apresamiento. Dudo que hubiese salido vivo, por las “ganas” que tenían de “bajarme las ínfulas de sabio” y otras expresiones que oía… Malabo es una ciudad pequeña, de ambiente asfixiante, y no resulta demasiado difícil saber cuanto se dice o se trama. Por todas estas razones, que resumo, preferí regresar a un exilio que, diez años antes, creí haber dejado atrás. ¿Si habrá una novela sobre la dictadura de Obiang Nguema? Hace muchos años, al poco de retomar la vida en el exilio, anuncié a una profesora de California que pensaba en una trilogía… Y sigo pensando en ella. Debido a las circunstancias en que vivo, y la intromisión de otros trabajos -El Metro, por ejemplo, o la revisión y ampliación de Historia y tragedia de Guinea Ecuatorial, publicada recientemente-, no he encontrado ni el tiempo ni el momento espiritual propicios para abordar el tercer volumen. Alguno me ha preguntado si espero al desenlace de la actual situación para novelar esta etapa. La respuesta es no: tengo en cuenta que puedo desaparecer yo antes… Sólo busco el momento íntimo adecuado.  

¿Qué tipo de obras suele leer? ¿Tendrá alguna influencia de algún escritor en particular?

Habrá observado, por lo dicho hasta aquí, que leo cuanto puedo, sobre todo Literatura e Historia, y algún ensayo político, para situarme con una cierta solidez en el mundo en que vivo. Empecé a leer con asiduidad a los 10 años, tebeos, vidas de santos, lo que estaba a mi alcance en la Guinea Ecuatorial colonial. Encontré una mina en la biblioteca de mi Colegio en España, a los 14 años.  Después leí en bibliotecas públicas, libros que me prestaban o intercambiaba con amigos, hasta que empecé a comprar. Así acumulé los que ha visto en mi casa, y muchos más que tengo, almacenados en el sótano, porque, ante necesidades más urgentes, no puedo organizarlos en la buhardilla que me sirve de estudio, que conoce. Para mí todo libro vale, hay que leer de todo, pues de todo se aprende. Aunque confieso que cada vez soy más selectivo, quizá porque ya no leo en bibliotecas públicas y carezco de medios para adquirir cuanto puede interesarme. ¿Influencias? No sé. Yo creo que ninguna, pues procuro explorar mi propia forma de expresión, y cada tema requiere, a menudo, un planteamiento estético diferente. Pero ustedes son los especialistas, y me dirán si mi escritura está influenciada por alguna corriente, escuela o autor determinados.

Tengo la ambición de ser un especialista de Donato Ndongo-Bidyogo, de todas sus obras. ¿Qué me puede aconsejar?

Le agradezco de verdad su intención, ese propósito. Es un verdadero halago, un honor. Siguiendo un razonamiento precedente, sólo puedo decirle que procure acceder a toda mi producción: centenares de artículos periodísticos dispersos por muy diversos medios, pequeños ensayos en libros colectivos, trabajos sobre Historia, entrevistas y, claro está, la obra propiamente literaria. Pienso que así comprenderá mejor, y de manera global, mi labor, a qué me he dedicado a lo largo de mi vida, para qué tantas renuncias, sacrificios e ilusiones, en general frustradas. No lo lamento, sin embargo: mi vida no es demasiado diferente a la de cualquier otro africano que prefiriese la honestidad al boato, que no sucumbas ante los engañosos cantos de sirena. Leyendo lo indicado, irá descubriendo las pistas que le conducirán a las fuentes. En la medida de lo posible, le orientaré para que pueda acceder a ellas.

¿Piensa que África tendrá la posibilidad de desarrollarse si no puede asumir las bases de su propia educación?

Creo haber respondido, a lo largo de este cuestionario, a esta pregunta. Y no es una opinión personal, sino un hecho comprobable y comprobado: sobre todo en nuestros días, y más si miramos hacia el futuro, ninguna sociedad avanza sin afianzar la educación de sus niños y jóvenes. Pero educar no es sólo acumular conocimientos académicos, sino afianzar valores, formar personas capaces y capacitadas, honestas íntegras, con un profundo sentido de lo correcto y de lo incorrecto. Personas humanas que respeten la vida, los derechos y la dignidad de sus semejantes. Estando de acuerdo en que existen valores básicos, universales, cada cultura posee los suyos, específicos, en que basa la seguridad espiritual de sus componentes, las propias señas de identidad. África está obligada a recuperar y preservar los suyos si no quiere seguir siendo el eterno campo de experimentación que es desde el S. XV, lo cual subraya nuestra postración ante el mundo. Los asiáticos, tan colonizados como nosotros, resurgen con ímpetu porque conservaron sus valores tradicionales más positivos. ¿Nos conformaremos con nuestro papel de eternos imitadores, de seres sin criterio ni personalidad propia? He ahí el reto.

Realizado por KEFFA Droh Joël Arnauld
Doctorando en Literatura Hispano-africana
Universidad Félix Houphouët Boigny
jojokeffa@gmail.com

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          Gracias a la amabilidad y cooperación del Historiador, Escritor y Periodista Donato Ndongo- Bidyogo Makina, hemos podido presentarle un cuestionario acerca de algunas de nuestras preocupaciones relativas a sus obras. Además, tuvimos la oportunidad de conocerle personalmente en Murcia, el jueves 17 de octubre de 2019, durante nuestra estancia de investigación como estudiante Doctorando Erasmus en la Universidad de Granada.

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