Por Francisco Javier Elá Abeme

Que la Guinea de Obiang y el mismo Obiang, como no podía ser de otra manera, pierdan el pleito que llevaron ante el Tribunal Internacional, uno podría decir me alegro, si no fuera tan infantil la alegría. Porque, al final, ¿quién es el último damnificado?, Guinea Ecuatorial. Es decir, nuestro Pueblo.

Tanto el dinero malversado para adquirir el palacete como el utilizado para abonar los honorarios de los «asesores» y las costas procesales, por no señalar el buen nombre del país al que se le ha dado el revolcón procesal, es todo guineano.

Estamos hablando de un país en el que los niños a penas pueden estudiar, por carecer de material escolar y de escuelas, mientras los cabestros van por el mundo gastando el dinero del Pueblo a manos llenas.

Los que tenemos años jamás hablaremos de mala suerte, al referirnos a la situación de nuestro pequeño país. Tampoco diremos que tenemos lo que nos merecemos, porque ningún pueblo se merece lo que tiene ahora Guinea Ecuatorial. Un país diseñado por caballeros, pero ahora en manos de una familia de empedernidos rufianes, que no sólo son conscientes de que hacen mal, causan daño, sino hasta disfrutan haciéndolo. «No voy a cambiar».

El mal, nuestro mal, nació de una opción. Inmaduro, fruto de la carencia de información, pero opción, al fin y al cabo.

Un atajo de insolentes analfabetos, pese a las advertencias, tomaron la decisión de entregar el poder a Macías, con la convicción de que, además de evitar la victoria electoral de los otros, el daño posterior sólo se causaría a los «enemigos».

Macías, claro, cómo buen advenedizo y arribista, no sólo cogió la mano sino el hombro, y arrasó con todo. Macías se convirtió así en el gobernante que, convencido de su ineptitud, optó por odiar a su pueblo. Igual que está haciendo su alumno.

Los méritos contraídos por nuestro Pueblo, para estar donde está y cómo está hoy, no son otros que haber confiado en un rufián.

Por eso le cuesta a nuestro Pueblo dar el paso siguiente: acabar con la mafia en el poder. Hay una especie de pudor en nuestro Pueblo, a la hora de rechazar el actual poder, aunque fuera impuesto por engaño. Esto le llevó a Macías a la convicción de que no sólo era el primer presidente sino el único. Lo mismo le pasa a Obiang, por eso agoniza de pie.

Así que, una vez más, Guinea ha terminado perdiendo. Ahora bien, que Francia tenga presente que los bienes que hoy pierde Guinea, por culpa de los mafiosos, son bienes que pertenecen al Pueblo guineano, y que, cuando éste recobre sus instituciones democráticas, removerá cielos y tierra para recuperarlos. Una cosa es atrapar a los mafiosos y otra, muy distinta, expoliar a un pueblo soberano.

Y, con esto, por hoy,

¡He dicho!

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