Por Jose Eugenio Nsue

La historia está llena de datos en los que demuestran cómo muchos dirigentes impresentables, emperadores romanos, Adolf Hitler o el generalísimo Francisco Franco, etc, utilizaban los espectáculos, los deportes para entretener a la sufrida población. En Roma, se animaba a la gente con el circo que por otra parte servía de castigo para aquellos que, como los cristianos en la época de Nerón tras acusarles de haber incendiado la ciudad, los echaban ante los leones para ser devorados mientras el emperador tocaba su arpa y recitaba poemas en la grada con el anfiteatro lleno de espectadores disfrutaban; o en las post guerras alemana (Primera Guerra Mundial) y española (Guerra Civil), sus respectivos gobernantes fomentaban los deportes (Juegos Olímpicos y fútbol) para entretener, distraer y elevar los ánimos alicaídos de los hambrientos y desmoralizados ciudadanos haciendo así realidad la expresión latina: ‘panem et circenses’ (pan y circo): una locución latina peyorativa de uso actual que describe la práctica de un gobierno que, para mantener tranquila a la población u ocultar hechos controvertidos, provee a las masas de alimento y entretenimiento de baja calidad…

Después el fútbol, sobre todo, pasó a ser un deporte de masas que entusiasma a tantísimos y exacerba a otros tantos; provoca delirios, adhesiones inquebrantables y pasiones desbordadas comparables a las religiones. Por el fútbol las personas son capaces de matar, agredir, pelearse, dividir a familias, amigos, así como romper matrimonios; por el fútbol mucha gente pierde el norte. Por el fútbol también se forjan verdaderas amistades, surgen parejas increíbles y une a pueblos…

Estos días estamos asistiendo probablemente el fenómeno futbolístico del siglo XXI, la extraña, misteriosa y esperpéntica salida de Lionel Messi del “club de su vida”, el FCB, y su fichaje por el PSG. Para muchos, Messi es o ha sido (según como se mire) el mejor jugador de fútbol que la naturaleza había engendrado; el mejor pelotero de todos los tiempos (argot argentino); había dado tantos momentos, tantas noches de gloria al FCB, club que por parte le dio casi la vida ya que él nació con problemas de salud (crecimiento) que de no haber venido al Barça, solo Dios sabe qué habría pasado con él y su fulgurante carrera; le admitió en la fábrica de talentos del mundo culé, la Masía; le aguantó, le enseñó a ser persona y uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos. Él por su parte correspondió al club haciéndolo aún más grande conquistando en dieciséis años, treinta y cinco títulos. Parecía un amor ideal, un matrimonio idílico, perfecto; el Barça era para los Messi un paraíso y Messi era para el Barça y los culés el Mesías; nada se preveía ni presagiaba que su final iba a ser drástica, dura y dramática ya que cuando dijo el año pasado vía burofax que se iba, el entonces presidente, Josep Bartomeu, le dijo que por encima de su cadáver; ahora que ya no quería irse porque había ganado las elecciones Joan Laporta con el que parecía que había feeling, y este había prometido a los culés que con él, Messi iba a continuar. El final de esta película de ficción es conocido; ficción porque Laporta sabía que las arcas culés estaban más tiesas que la mojama, que era imposible garantizarle ni siquiera la mitad de su sueldo; y Lionel Messi sabía que no podía jugar gratis en el Barça pasando de cobrar más de cien millones de euros ¿brutos? anuales, a jugar por diversión solo por su amor al club de su vida por lo tanto, el final estaba cantado. Con su marcha, los barcelonistas con Messi al frente lloraron como María Magdalena; estaban atónitos, desconcertados y abatidos; asistían el fin de un idilio que duró más de dieciséis años; se iba la razón de ser de todo un club centenario que creía que Messi lo era todo, sin él no había nada. Ahí siguen en un estado de shock.

El adiós de Messi fuel el domingo ocho de este mes, y el martes diez era aclamado en olor de multitudes en París; ya desde su avión privado y junto a su pichurri, por cierto guapísima, se le veía alegre, contento y con cara risueña haciéndose selfie; o sea, el desgarrador disgusto de Messi por dejar el Barça le duró lo que dura el hielo en la copa de whisky (J. Sabina). Ya en París, él era el hombre más feliz del mundo, iba a un club con un potencial y que le iba permitir seguir ganando títulos que es lo suyo; el PSG le pone.

Cuánta razón tenía el inigualable Paco Quevedo: ‘poderoso caballero es don Dinero’; ese vil metal, menudo invento que provoca guerras mundiales, envilece a la gente; separa a hermanos, parejas, amigos y familias enteras, corrompe a todo el mundo hasta el Papa. Estos que no hacía mucho profesaban y confesaban su amor incondicional a sus clubes: Sergio Ramos (jugaría gratis en el Real Madrid porque es el club de mi vida); Lionel Messi (el Barça es el mejor equipo del mundo, es mi casa, mi familia está muy bien acá; no me veo jugando en el otro equipo. Acá soy feliz…); en cuanto el poderoso caballero se asomó y les tocó la puerta, ahí están los dos capitanes de los dos mejores equipos de España en la cola guardando turno para bañarse en la piscina dorada y de euros del jeque; no han tardado nada en faltar a sus palabras (donde dije digo digo Diego); ¿dónde quedó la palabra dada, persona de palabra y el valor de la misma?

Podemos llegar a la conclusión de que los sentimientos, el amor verdadero y eterno, personas con principios, el desapego al materialismo, etc, etc no son más que literatura romántica; a la hora de la verdad lo que importa, lo que vale y lo que mueve este mundo es el dinero, lo demás son cuentos.

¡Cómo no vamos a hablar del fútbol y del dinero que se maneja! Es demagogia apelar a los médicos, científicos, profesores, arquitectos, ingenieros… que tanto hacen por el desarrollo y el progreso humanos pero que malviven prácticamente con sueldos irrisorios en comparación con los megasueldos de los futbolistas, pilotos de la Fórmula 1, baloncestistas o golfistas.

Al final de la película ‘La Misión’ (historia de Rodrigo Mendoza, un extraficante de esclavos, mercenario y asesino que busca su redención tras matar por celos a su hermano, y se convierte en jesuita; él deberá viajar hasta la jungla tropical ubicada encima de las cataratas de Iguazú para cristianizar a los guaraníes mientras que los representantes de las monarquías española y portuguesa los capturaban y les hacían esclavos), el Cardenal Altamirano que fue enviado en la zona a terciar entre los jesuitas y representantes reales por cobardía, obliga a los jesuitas abandonar las misiones y abandonar a su suerte a los guaraníes lo que no aceptaron esos y prefirieron luchar contra los mercenarios padeciendo todos los jesuitas; el Cardenal abatido por la masacre, se le acerca el representante portugués para consolarle y le dice: “Eminencia, el mundo es así, no había otra alternativa”; el Cardenal le contesta que “el mundo no es así, lo hemos hecho así”; entonces, ¿para qué quejarse si no estamos dispuestos a cambiar ni cambiarnos?

Así lo pienso y así lo digo; ¿qué os parece?

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