Por José Eugenio Nsue

Los guineoecuatorianos somos un calco de los españoles, nos parecemos mucho a ellos en su peor versión, nos quedamos con muchos de sus malos hábitos, solo con los malos, como «matar» a nuestros ilustres hijos, denigrar y difamarlos al resaltar sobre todo el lado oscuro que pudieran haber tenido y obviar el bueno; también les hemos copiado en homenajear solo a los muertos, hablar bien de alguien y reconocer su valía, sus virtudes, cuando se ha ido, cuando ya no esté entre nosotros.

El padre Juan, hoy Monseñor; así le llamamos desde que llegó a la parroquia de María Reina de Sevilla de Niefang a principios de 1980 siendo un joven y apuesto sacerdote recién ordenado (1976), cuando a penas había transcurrido cinco meses desde que habían defenestrado al esquizofrénico primer dictador, el tío del actual, Francisco Macías Nguema; el pueblo guineano estaba aún en un estado de shock tras los once años de pesadilla que venía de pasar; once años de tinieblas, muertes por todos los lados, miseria, hambre y enfermedades; aldeas enteras arruinadas y deshidratadas por la estampida de los pocos supervivientes que habían sobrevivido al exterminio practicado por el loco de Macías y sus colaboradores, muchos de ellos siguen en la actual dictadura haciendo exactamente lo mismo o más; los niños, además de desnutridos y enfermizos, andaban errantes, embrutecidos y a analfabetizados ya que desde hacía años, se había dejado de dar las clases, de aprender en todo el país además de la exaltación del régimen revolucionario ‘Victoria o muerte’, y consignas anti capitalistas y contra el neocolonialismo español…; en esas circunstancias llegó el padre Juan Matogo, sacerdote-religioso-claretiano, dispuesto a levantar la moral alicaída de la juventud guineana, formarla y devolverla la dignidad que nos había ultrajado el anterior régimen sanguinario y criminal. El padre Juan, con su ejemplo personal y dedicación exclusiva, puso las manos a la obra; no solo nos instruía con palabras, sino también con hechos.

Desde los internados de los claretianos y las monjas de las MIC (Misioneras de la Inmaculada Concepción), así como en el Instituto de la Enseñanza Media del distrito, se esmeró por inculcarnos la educación cívica y los valores cristianos que nos habían arrebatado; nos decía: ‘el agua que no has de beber, déjala correr’ (no acaparar ni coger lo que no te hace falta); ‘en la mesa y en el juego se conoce al caballero’ (hay que guardar siempre los buenos modales tanto en familia como en público); ‘cuando te invitan a una fiesta o a casa de alguien, vete comido, bebido y aseado para causar buena impresión y hacer acto de presencia ya que lo que cuenta es la intención del que te ha invitado; come y bebe con moderación; no seas un atracón, no muestres que lo pasas mal’; ‘el hábito no hace al monje’ (no ser farsante, narcisista ni presumido). En efecto, él tenía la costumbre de comprar tres o cuatro pantalones iguales, los combinaba y cambiaba cada dos o tres días; la gente pensaba que usaba la misma ropa todos los días, por ejemplo. Él nos enseñó la virtud de la humildad y la sencillez; muchas veces iba a dar clases al instituto a pie con nosotros, y cuando las monjas le invitaban a subir al coche, les decía que prefería ir caminando con nosotros; siempre jugaba al fútbol con nosotros y comía con nosotros. Cuando le tocaba ir a celebrar una fiesta patronal en un pueblo; a diferencia del resto de los curas, él iba, si era posible, él mismo día; terminaba de decir la misa y celebrar los sacramentos, acompañaba a los mayores y al catequista del pueblo en el refrigerio testimonialmente y regresaba a la parroquia. En los más de nueve años que él estuvo destinado en Niefang, nunca tuvo ningún solo problema con nadie fuera de su comunidad, no se le conoció escándalo ninguno, ni un asunto turbio de faldas con mujeres casadas, ni con las solteras. Todos los que hemos pasado por sus manos y le tuvimos como profesor y formador, somos muy, muy afortunados; hemos adquirido todos esos valores y principios que humanizan; otra cosa es lo que cada uno haya podido hacer con su bagaje cultural y moral, pero estoy absolutamente seguro de que le estamos y le estaremos agradecidos por su labor formadora y por su compromiso de hacer de la generación post Macías, una gente cabal e íntegra.

En noviembre de 1991 fue nombrado Obispo por el Papa San Juan Pablo II, contra todos los pronósticos; era tan sencillo, tan humilde y tan discreto que cuando primero fue trasladado como Superior de los claretianos a Malabo, luego nombrado Obispo; muchos guineanos se preguntaban quién era aquel. Fue destinado inicialmente a la Diócesis de Ebebiyín para sustituir al Monseñor Ildefonso Obama Asue, después administrador de la Diócesis de Bata y Centro Sur cuando el Ordinario de esa Diócesis, el Monseñor Anacleto Sima Ngua se enfermó y tuvo que venir a España a curarse, cargo que compaginó con el del titular de la Diócesis de Ebebiyín hasta que definitivamente es nombrado Obispo de Bata en mayo de 2002.

Aunque desde 1990 no he vuelto a pasar dos meses seguidos en el país y por lo tanto no he podido seguir la actividad pastoral del ‘padre Juan’ en sus distintos destinos, pero me acuerdo lo contentos que nos pusimos y cómo celebramos, los seminaristas claretianos que nos encontrábamos entonces en Yaounde (Nkolbison – Camerún) estudiando por su nombramiento porque los que le conocíamos y habíamos crecido bajo su tutela, nos hicimos la idea de que si tanto hizo por lis jóvenes en Niefang, qué no haría al frente de toda una Diócesis; lamentablemente, hay que reconocer que nos quedamos con las ganas; hubo un antes y un después del nombramiento en el comportamiento del Monseñor Juan Matogo; probablemente siguió con la idea de que todo el mundo era bueno, que los problemas se resolvían por sí solos; todos los curas de su jurisdicción iban a comportarse como tales, de la noche a la mañana; que el régimen dictatorial y criminal del rey Obiang sin la presión por parte de la cúpula de la Iglesia y sin ningún reproche ni llamamiento a la cordura, como por arte de magia, iba a cambiar a bien; en cambio, todo ha ido a peor. Él ha caído en el mismo mutismo, la displicencia y la connivencia con el régimen característicos de la cúpula de la Iglesia guineana. Pasó mucho tiempo sin que hubiera una Conferencia Episcopal en Guinea en parte porque no se entendían los tres Obispos (Ildefonso Obama, un místico; Anacleto Sima, un tradicionalista y popular; y el mismo Juan Matogo, indiferente y precavido), a penas hablaban entre ellos; en parte porque no habría cuorum en una hipotética toma de decisiones durante las Sesiones. Cuando fue nombrado administrador de la Diócesis de Bata encontró que esta llevaba muchos años ingobernable; los curas díscolos de toda la vida, aprovechando la debilidad física y psíquica del Monseñor Anacleto Sima en sus últimos años antes de presentar la renuncia, cosa que le costó muchísimo, se habían hecho con la Diócesis y cada uno hacía lo que quiso, hasta meter mano en las arcas (cuentas) del Obispado falsificando firmas. Aquello se convirtió en la casa de tócame, Roque. Cuando le nombran oficialmente Ordinario de Bata, le tembló la mano y no fue capaz de cercenar y extirpar el cáncer que se había hecho metástasis en dicha Diócesis; claro, de aquellos polvos, estos lodos; la Diócesis está hecha unos zorros, no hay por dónde cogerlo, y él, al igual que su antecesor, se ha caído enfermo; ¿fruto de los quebraderos de cabeza que le causan los mismos incombustibles, insaciables y arribistas vestidos de curas?

Seguramente muchos guineanos cercanos o no de la Iglesia están preguntando si el Monseñor Juan Matogo Oyana, para nosotros sus educandos ‘padre Juan’, es un héroe o villano; ¿cómo quiere que se le recuerde cuando no esté?, lo que todos los que han tenido una responsabilidad u ocupado un cargo en este nuestro país deben preguntarse y les deben preocupar. Que cada cual saque su propia conclusión.

Lo que a mí respecta, quiero dejar constancia aquí y ahora mi gratitud al padre Juan que yo conocí por todo lo hizo por mi, por su formación, sus enseñanzas y por las oportunidades que nos dio a todos los huérfanos, hijos de pobres y desamparados que jamás podíamos costear los estudios de todas las partes del territorio nacional y de todas las etnias sin discriminación ni separación; por todo lo que hizo a todos los jóvenes de todo el país que pasaron por mi distrito, Niefang, y por su testimonio personal. Gracias a él aprendí: amar los estudios, darme cuenta de que querer es poder, el éxito comienza con la voluntad, amar sin rencor; los buenos modales te deben acompañar a lo largo de toda la vida, el orgullo y la soberbia son de gente mediocre y acomplejada; mientras que la humildad, la sencillez y la honestidad son para las almas nobles.

Yo no sé qué pasa con las personas cuando pasan a ocupar un cargo o ejercer alguna responsabilidad; parece como si les cambiaran el corazón de carne por uno de piedra. No tengo la más mínima idea de lo que ha podido pasar con nuestro ‘padre Juan’ una vez tocado el poder y la fama; de todas formas, me quedo con el padre Juan que conocí; te seré eternamente agradecido.

Así lo pienso y así lo digo; ¿qué os parece?

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4 comentarios en «El monseñor Juan Matogo Oyana, ¿héroe o villano?»
  1. Matogo es un villano, permitió demasiado a su cuñado, entonces vicario Padre Fernando, pasarse 4 mil pueblos y destruir la diócesis de Bata

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