Por José Eugenio Nsue
Cervantes decía que ‘de la abundancia del corazón, habla la lengua‘; uno tras tragarse sapos con los despropósitos a diario en el país donde uno nació, llega un momento en que se explota de rabia, tristeza e impotencia.
Llevamos más de cinco décadas muriéndonos y enterrando a los seres queridos por la negligencia y la mala praxis de los que se hacen llamar médicos o facultativos. Para empezar, el sistema sanitario es nulo; desde que se fueron los colonos, en el país no ha vuelto haber un hospital o centro de salud digno de tal nombre cuando tanto en la colonia como en la autonomía, Guinea Ecuatorial era una referencia a nivel sanitario en el África central; los médicos estaban a la altura de las exigencias, daban diagnósticos acertados y curaban todo tipo de dolencias; pero desde que accedimos a la independencia, se fueron los médicos españoles, más bien fueron expulsados, se cerraron los hospitales por falta del personal cualificado, materiales y medicamentos; con el golpe de Estado de 1979, la situación ha ido a peor, los distintos gobiernos de Obiang, a lo largo de sus 43 largos años, no han sido capaces de invertir en sanidad, construir centros médicos en todo el territorio nacional, sobre todo formar y contratar a verdaderos médicos, etc, capaces de ocuparse de la salud de los ciudadanos.
Los médicos de este país de alegre memoria se han convertido en otros tantos hazmereír como todas las profesiones donde se requiere una pericia, una preparación seria y profunda y una dedicación exclusiva; en cambio, nadie sabe de dónde se han formado el 90% de los médicos que ejercen en Guinea Ecuatorial, quiénes les contratan, controlan y coordinan. Día sí día también se ven diagnósticos erróneos, tratamientos descabellados y absurdos, explicaciones kafkianas e informes ridículos; como consecuencia de tales disparates, estamos llorando y enterrando a parientes, amigos y conocidos a diario, otros muchísimos, se han quedado con secuelas permanentes.
De repente, te salen con que uno tiene Tifoidea, Malaria, Hemorroides, VIH, Miomas o Cáncer sin ningún tipo de pruebas diagnósticas, analíticas ni evidencias científicas que lo contrastan, y a lo tonto salen a llenar libretas (cuadernos) enteras con medicamentos variopintos e inconexos que nada tiene que ver ni con la enfermedad supuestamente diagnosticada (¿cuántas veces al llegar a España y demostrar al médico el «informe traído» y la medicación prescrita, ese casi se desmaya de rabia y pregunta si es una broma o un cachondeo), ni su eficacia queda probada.
La consulta médica en la Guinea de la alegre memoria de los Obiang es igual que la de un chaman, donde se encuentra desde la bola mágica hasta las plumas de un faysán, menos lo que hay que tener, y actúan igual que los chamanes: echar a suerte para adivinar la dolencia y saber quién ha sido. Hasta los analfabetos sanitarios como nosotros, sabemos que toda dolencia se cura con un principio activo (el ingrediente principal de un medicamento, responsable del efecto deseado) o genérico (otros medicamentos contienen más de un principio activo que actúa de diferentes maneras en el cuerpo); para proteger el estómago o rebajar los efectos secundarios del medicamento principal, se puede recetar uno o dos antiinflamatorios o protectores (eso me lo enseñó mi querido y llorado hermano facultativo cuando vino a ver morir a nuestro padre en 1983. Extrañado por la praxis generalizada de no auscultar al paciente, si quiera tocarle, con la simple explicación verbal, se dedicaban a llenar la libreta con decenas de medicamentos. Con su sorna característica, me decía: ¿sabe ese individuo lo que está haciendo, si esto es un cóctel molotov para una persona?
Como lo dijimos anteriormente, nos hemos acostumbrado a perder a nuestros seres queridos que, por no haber llegado a tiempo a Europa o por no poder viajar para hacerse curar por los médicos occidentales, seguramente estarían aún con nosotros, en cambio los lloramos sin consuelo.
Algunos llevamos perdiendo desde los hermanitos, sobrinos, primos, tíos o padres desde hace más de cinco décadas sin que se vislumbre una salida a esa calamitosa y dramática situación de Sanidad en el país. Una madre que dice a su hijo desde Europa que le piden 1 millón de francos (1500€) para operarla de la hernia ombilical; se lo mandas, ellos se quedan con el dinero, dicen haber operado, la madre vuelve a casa con lo que tenía y con otra secuela; muchos mueren en el quirófano. Un amigo y compañero que va a una «clínica privada» para que le miren si tiene paludismo porque tiene síntomas, el supuesto doctor le pincha, el amigo se desvanece y el «buen hombre», lejos de aplicarle sus conocimientos médicos o llevarle a un centro médico u hospital si cree que la suya carece de equipamiento, le lleva a los chamanes de Ñubili hasta su fallecimiento. Una sobrina de temprana edad es llevada a la clínica de una familia «amiga» de médicos donde acudían todos los miembros, para que le inyecten algo contra el malestar general y falta de apetito; es introducida en una sala de inyecciones, se le ininyecta Dios sabe qué que no dicen a la madre cuando ve muerta a su hija con la que venía hablando en el coche hacía nada; para el colmo, es amenazada por los asesinos de su hija con las consabidas expresiones: ¿qué vas a hacernos? ¿Sabes quiénes somos aquí en Malabo…?
Acaban de enterrar en Guinea a un amigo y compañero por una dolencia que se podía haber tratado de haberla diagnosticado y detectado a tiempo como así fue cuando llegó a España, pero con las descritas negligencias médicas de ese desastre de país, nos deja a muy temprana edad. No hace cuatro días que enterramos a una tía que tras haber sufrido las estupideces e inoperancia médicas del régimen con falsos diagnósticos, falsas recetas y falsos medicamentos; después del esfuerzo ímprobo de la familia para salvar a su madre y traerla aquí, ha sido demasiado tarde. Nada de lo que decían que tenía ella los videntes e iluminatis médicos del régimen, era lo que realmente tenía…
La pregunta es: ¿quién paga todas esas muertes? ¿Quiénes se responsabilizan de tanta incompetencia e irresponsabilidad?
Hace falta repetir cuantas veces sean necesarias, que todo es culpa de los simios que malgobiernan un pequeño país como el nuestro; para ellos ni hay que invertir en Educación para no crear a mentes pensantes capaces de censurar y criticar las decisiones que toman, ni postularse para ser gestores y administradores de la ‘Res Pública’; ni hay que hacerlo para la Sanidad para que los guineanos no gocen de buena salud. Da envidia sana lo que es ir a urgencias en un hospital insular no capitalina y ver cómo funciona todo el personal, desde el celador hasta el doctor pasando por los auxiliares, camilleros, enfermeros; cómo coordinan, te atienden como un humano con una sonrisa y ganas de hacerlo mejor, sin mirar ni tu identidad, procedencia, ni estatus social con el solo finalidad de curar; cómo todo lo que falta para evaluarte, diagnosticar hasta darse con el problema y darte el remedio, lo tienen a su alcance y no te preguntan si has traído el dinero ni quién, cuándo ni cómo vas a pagar.
Qué diferencia, Madre del Amor hermoso; ¿qué hemos hecho los guineanos para merecer eso?
Así lo pienso y así lo digo; ¿qué os parece?