Nkia ( Nki )

Por Francisco Javier Elá Abeme

La suegra. La buena tradición fang dice que ha de tener la cara como el callo de la madera. Para entendernos, como un toro de Miura. En el protocolo fang, llamar suegra a una mujer, es el tratamiento más respetuoso que se le puede dar. Cuando un fang se dirige a una mujer que no conoce, pero que ya tiene edad como para tener una hija, le tratará de “suegra”. Por eso, en el castellano guineano, se traduce como “prohibida”. Porque nunca hay que pronunciar su nombre, el nombre de la suegra, por respeto.

Nunca se le saludará dándole la mano. Es decir, al estilo de los monos. Para saludarla, ya lo expliqué aquí una vez, hay que esperar a que se siente. Cuando ya esté sentada, abre las piernas entre las que tú, yerno, entras de perfil, te sientas sobre su muslo izquierdo, y le pasas tu brazo derecho sobre sus hombros, al tiempo que pronuncias, como si fuera un suspiro, la exclamación… “Saaaaaa”. Así manda la tradición fang-beti.

De la suegra se decía que, si le caías en gracia, ya tenías la esposa asegurada. Era, de la familia de la novia, la persona que había que ganar a toda costa. Y a la que había que observar con toda atención, para que te fueras haciendo a la idea de lo que te espera. La suegra que traigo en mis aburridos circuitos, en esta soleada tarde otoñal, era distinta. Porque, aunque su cara y su mirada no tenían nada de que envidiar a un morlaco de Miura, su corazón era más grande que su cuerpo y rebosaba generosidad.

Tal era así que, el día que se fue de este mundo, los que más la lloraron eran sus yernos. Uno de ellos recordaba el “quité” que le hizo el día que tenía que entregar la dote al suegro, ante la tribu congregada. El suegro le había pedido por su hija diez mil pesetas de entonces. El pobre hombre no había podido reunir sino cinco mil pesetas. Minutos antes de ir a la casa de palabra, “abaha“, la suegra le llamó aparte, detrás de la cocina. Y le dijo: “Me consta que no traes todo el dinero que te han pedido. Toma, le metió cinco mil pesetas en la mano, un yerno mío no va a pasar por el bochorno de no poder poner diez mil pesetas de dote en el suelo“.

La dote había que ponerla, depositarla en el suelo del salón, de dónde la novia enamorada la cogía y la entregaba a su padre o tutor. En la Guinea del sainete, en la que se escribe todos los días la tragicomedia de la tiranía, conocemos otro espécimen de suegra, la de Obiang.

Los que mueven los tizones de la hoguera dicen que, por conocer, como gran bruja, los entresijos del régimen, es la que más manda en Guinea. Es el penacho de nipa de Obiang. Mientras no arda, nadie le tocará el pelo a Obiang.

Que quede, pues, claro que, si a la tiranía no la atacamos de raíz, los retoños seguirán brotando, con ganas de medrar. Ya han tenido tiempo de aprender a vivir del cuento, a costa del Pueblo.

Y con esto, por hoy,

¡He dicho!

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