Por José Eugenio Nsue

Ernesto Samper Pizano, ex presidente de Colombia y ex Secretario General de UNASUR (Unión de Naciones Suramericanos), hablando de América latina en una entrevista que le hicieron en la Agencia EFE el 30 de mayo de 2016 dijo que el ‘gran síndrome‘ que la región debía superar era el del presidencialismo que, según él, se había quedado con lo peor del presidencialismo norteamericano y del monarquismo español y sin ninguno de sus beneficios, es decir sin un Estado federal que sirva de contrapeso o sin una separación de funciones que matice el ejercicio absolutista del poder (fin de cita).

Ese mismo argumento cabe para describir a los dirigentes africanos en general. Tras la fiebre independentista del continente africano en la década de los 50 en la que los países del África subsahariana se dieron cuenta, por fin, que no se debía seguir viviendo bajo el yugo de la esclavitud impuesto por los colonos europeos en sus propios países, que había que reivindicar más que luchar (muy pocos países africanos accedieron a la independencia por medio de acciones bélicas) nuestras soberanías, gestionar nuestros recursos y vivir libres e independientes según nuestras costumbres y tradiciones, además de modernizar y desarrollar nuestras naciones.

Resulta que de entre los primeros gobernantes de los Estados nacientes, la inmensa mayoría adoptó las formas y prácticas de mandar de los colonos que hacía nada aborrecían; se implantó o se siguió tratando a los ciudadanos como esclavos; el ordeno y mando siguió siendo la única forma de ejercer el poder, y este se confundió con la imposición; en lugar de administrar para todos, los nuevos dirigentes se adueñaron de los recursos del Estado para sus lujos personales mientras que las poblaciones seguían pasándolas canutas, eran reprimidas sin piedad y sin contemplaciones; adoptaron los estilos de vida caciquil propios de los colonos a costa de los ciudadanos. Toda la ilusión de ser libres y de vivir con dignidad en sus propios pueblos se desvaneció en menos de nada; desde entonces hasta ahora nada ha cambiado en África en la forma de gobernar de sus dirigentes. Los que acceden al poder ya sea por unas elecciones más o menos limpias, ya por golpes de Estado tan frecuentes como habituales, no tienen claro lo que quieren hacer con la nación que pretenden dirigir, o bien ocultan sus verdaderas intenciones y aspiraciones hasta que se apoltronan en los sillones presidenciales y una vez en ellos se enquistan y bajo ningún concepto quieren bajarse ni dejarlos. No están para resolver los problemas de las personas, no están para buscar la prosperidad, el bienestar o el desarrollo común sino el de ellos y los suyos; los Estados se convierten en negocios propios, en cotos y propiedades familiares; no garantizan la seguridad ni territorial, ni ciudadana, no promulgan leyes que garanticen los derechos humanos y civiles, tampoco fomentan la unidad nacional de sus Estados; en prácticamente todos los países africanos hay conflictos étnico-tribales, si no latentes.

En todos los continentes, los presidentes se comprometen en buscar para sus ciudadanos mecanismos para que haya empleos dignos para todos, para que haya seguridad para todos, para que los derechos individuales y civiles de todos sean respetados, para que sus países tengan mejores universidades, mejores escuelas, mejor sanidad; para que haya inversiones privadas que crean riqueza en sus países, garantías jurídicas…; en definitiva, buscan le felicidad para todos. Si lo consiguen, pueden solicitar otra vez la confianza de sus ciudadanos según las leyes vigentes y si no son elegidos se van para sus casas, se retiran, algunos vuelven a sus actividades anteriores, otros viven de sus jubilaciones, otros se dedican a las obras benéficas o dar charlas y conferencias sobre la materia de su competencia. En cambio, los gobernantes africanos se aferran en el poder décadas y décadas hasta que se mueren o son defenestrados por sus familiares o estrechos colaboradores. Ahí tenemos al diplodocus rey de Akoakam, Guinea Ecuatorial, más de 41 años en el poder y sigue exterminando a todos los que osan a quitarle; al octogenario Paul Biya, moribundo e incapaz de mantenerse de pie solo, pero sigue postulándose para seguir en el Palacio presidencial de Ngoekele; al tetrapléjico Ali Bongo, hijo del difunto Omar Bongo, Gabón, que murió siendo presidente casi vitalicio. Así podíamos seguir país por país, salvo unas cuántas excepciones. No solo no quieren dejar el poder, han convertido sus gobiernos en unos negocios o empresas familiares, en verdaderas agencias de colocación familiar y enchufismo. Mientras que los gobernantes de los demás continentes procuran dejar una huella, hacer historia con la que recordarlas, en África los presidentes hacen méritos para maldecirles y desearles todo tipo de desgracias por cómo tratan a su pueblo. Vemos cómo día sí, día también el océano atlántico está cobrando vidas humanas de jóvenes africanos que se escapan de la miseria, las violencias, el hambre, las enfermedades y el paro queriendo alcanzar Europa y los que la alcanzan, son tratados como como delincuentes, enfermos y si no, son hacinados en tiendas de campaña como unos apestados; son otros países los que se «preocupan» por la suerte de cientos de miles de africanos que se escapan despavoridos de África, son los que les buscan soluciones a los supervivientes y entierran a los muertos además de rezar por su eterno descanso; ¿qué hacen los dirigentes africanos?: hacer negocios con las vidas de sus conciudadanos, cobrar para que no salgan los jóvenes para luego seguir haciendo lo mismo, que es no hacer nada para el desarrollo de sus naciones.

Hay presidentes africanos que llevan en el poder tanto tiempo como ocho presidentes norteamericanos y durante este largo tiempo, han hecho tan poco por sus países mientras que los más de siete norteamericanos han hecho tanto por su país. Los dirigentes africanos son expertos en sanchear (decir una cosa y hacer exactamente todo lo contrario); tienen sancheados a sus conciudadanos y seguirán sancheando a sus países. África sufre de sanchisis, ¿quién desancheará a la sancheada África? Esta es la cuestión.

Así lo pienso y así lo digo; ¿qué os parece?

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